MADRES

Raíces y alas: Berna Calvit

Empieza el último mes del año 2014. Una mirada retrospectiva a los 11 meses transcurridos muestra la oscuridad y las huellas fétidas de la corrupción, solo a ratos alumbrada con rayos de esperanzas. Lejos de mi país y cercano el día en que a las madres se nos rinde homenaje pienso en aquellas cuyos hijos ese día no podrán llegar a celebrarlo con la frente en alto. Para ellas no será una fecha feliz aunque no haya menguado su amor por el hijo codicioso, cuyo nombre está en boca de todos por haber robado, por haberse enriquecido a costa de las necesidades de otros.

Para los hijos, con algunas modificaciones, este viejo escrito mío aún vigente. “Hijo mío: En el calendario de fiestas el 8 de diciembre rinde homenaje a las madres. Porque en los anuncios de regalos ideales para nosotras no aparecen los que yo quisiera recibir de ti, en esta carta te pido que no me regales camisones, ni ollas ni licuadora ni equipos electrónicos llenos de botones que no voy a usar; que en vez de una tarjeta grandota que dice ´Para mi madre querida´, con mensajes lindos que no escribiste tú, preferiría oírte decir ´te quiero, mamá´, que es música para mis oídos y me amelcocha el corazón; quisiera que ese día en vez de pegarme a la estufa para recibir tu visita te presentaras con una paella o me invitaras a almorzar. Los regalos que quisiera recibir de ti cuestan menos que los que me haces, y sin fecha obligatoria. Todo el año, de vez en cuando, puedes regalarme un abrazo y el placer de que me dejes tomarte de la mano como cuando eras niño y no te incomodaba que lo hiciera. No sabes cuánto disfrutaría que me invitaras al cine y después a un café bien conversado, como dos amigos; por si no te has dado cuenta, me mantengo interesada de lo que ocurre en el mundo. ¿Tienes idea de lo reconfortada que me sentiría si alguna vez me acompañaras al médico? Me gusta y me hace sentir bien ser una madre independiente que comprende tus prioridades como esposo y padre; pero cuánto gusto me daría que a veces me visitaras sin estar mirando el reloj y tecleando el celular, un pie en la puerta a los pocos minutos de haber llegado; por si no lo sabes, tus visitas me dan más alegría que ganarme los cinco pedacitos de lotería con la fecha de tu cumpleaños (y qué bueno que eliminaron el Buko Millonario, mijito)”.

Mira, hijo, a las madres nos pintan como heroínas, fuertes, incansables pero ¿sabes?, nosotras lloramos por ustedes, generalmente a escondidas; nos cansamos; nos preocupamos por ustedes aunque son adultos. Los hijos crecen de prisa pero seguimos pensando que, como cuando niños, necesitan nuestra protección, nuestros consejos. No son chocheras, es que así somos, tiene que ver con quererlos a ustedes más que a nadie, más que a uno mismo. Contigo seguí tantas veces el ejemplo de Job, paciencia para no empacar las maletas y renunciar al privilegio de ser tu madre. El uso del término democracia que a veces torcías a tu conveniencia me hizo temer que te encaminaras hacia la política y si algún día lo haces, no defraudes a tu pueblo. Pareciera que para los jóvenes el tiempo corre más de prisa pero ¿es tu tiempo más valioso que el mío? Te digo algo. A medida que crezco en edad (y disminuyo en tamaño) los días se hacen más largos y más largas las noches; y me toma más tiempo y esfuerzo lo que fácilmente hacía cuando era más joven. A veces me cuesta entender a tus hijos, mis nietos, porque ¡tanto han cambiado las cosas! Colgar en la puerta del cuarto el letrero “Prohibido el paso” es algo que ni en broma le hubiera hecho a mi madre y que, de haberlo colgado, ella hubiera ignorado olímpicamente; que vivan chateando en vez de conversar me preocupa; estoy convencida de que los niños del futuro van a nacer sin huellas dactilares y con el cuello inclinado hacia abajo por culpa de esos aparatitos con pantalla, que son como apéndices en sus manos; pero respeto la “brecha generacional”, la misma que existió entre nosotros y ya ves, logramos superarla con buenos resultados; traté de inculcarte los valores que mi madre me inculcó, la unidad familiar, la amistad, la educación, el trabajo y el respeto. No los olvides porque los tiempos cambian pero los valores no. Creo que al final de esta carta, lo que celebro, como todos los días, no es ser madre sino que seas mi hijo. Me queda poco por decir. Tal vez pedirte que no te dejes seducir por los oropeles de la riqueza que se consigue sin el trabajo honrado; que no cierres el corazón al dolor ajeno y que no te sea indiferente la injusticia. Tú eres el ejemplo que debe guiar a tus hijos, mis nietos.

El periodista estadounidense Hodding Carter dijo: “Hay dos legados perdurables que podemos trasmitir a nuestros hijos: uno, raíces; el otro, alas”. Eso quisiera haberte dado: raíces para afirmar bien tu vida, y alas para que vueles en libertad con tus sueños. Si lo logré, no hay mejor regalo para celebrar el Día de la Madre.

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