Raíces Raíces de nuestra educación

Por un largo tiempo la educación en Panamá era un privilegio

En esta serie de dibujos ejecutados por Carlos Endara, aparecen tres de los varios personajes que a partir del siglo XIX dieron un gran empuje al proceso de la educación sobre todo popular. Siguiendo el orden de su nacimiento, y por no contar con el espacio suficiente, hoy tan sólo nos referiremos a Manuel José Hurtado, cuyas fechas de nacimiento y muerte también se pueden observar. De los señores Pacheco y Bravo también de enorme trascendencia hablaremos con posterioridad. El padre de don Manuel José Hurtado había venido de la muy culta ciudad colombiana de Popayán hasta Panamá. Se casó aquí con una dama panameña. Forma enseguida parte de un club conocido cómo Independentista, dedicado a la “rebelión y a la libertad”. Pero volvamos a su hijo Manuel José. Ocupó importantes posiciones. Hizo alguna fortuna. Es nombrado embajador en Europa. Después estudia en Londres y se gradúa de ingeniero en París. Al regresar a Panamá forma parte de una comisión dedicada a realizar un estudio topográfico en este territorio y de explotar minas en Veraguas y Darién. Regresa a Europa, para casarse con Juana Bautista de Fábrega que estudiaba allá. Vuelve y regresa. Se gana una concejalía en el municipio capitalino, en donde realizó fecunda labor. Para 1866, Pablo Arosemena había también creado una escuela pública del Estado y que estuvo situada en la antigua Avenida Norte, hoy Eloy Alfaro, cerca de la Presidencia. Manuel José Hurtado fue su primer director. Desde allí, Hurtado se propuso darle un vuelco total a la forma como el Estado acostumbraba enseñar, o lo intentaba. A pesar de que la educación se había declarado gratuita y obligatoria, poca fue la respuesta de la población. Hasta de su propio bolsillo Hurtado cargaba con muchos de los gastos. Luego y en 1870, él mismo funda la primera Biblioteca Popular. Justo Arosemena lo ayudó en esa nueva labor. A pesar de tanto esfuerzo tan sólo 193 alumnos llegó a tener el citado colegio. A su muerte hubo, como es costumbre, profusión de homenajes y resoluciones que de seguro él en vida los hubiera cambiado por mayor interés general en la educación. Otro interesado en esos problemas, Buenaventura Correoso, fundó en 1878, la Escuela Normal de Señoritas. No nos olvidemos nunca de estos personajes y de otros que les traeremos después.  En esta serie de dibujos ejecutados por Carlos Endara, aparecen tres de los varios personajes que a partir del siglo XIX dieron un gran empuje al proceso de la educación sobre todo popular. Siguiendo el orden de su nacimiento, y por no contar con el espacio suficiente, hoy tan sólo nos referiremos a Manuel José Hurtado, cuyas fechas de nacimiento y muerte también se pueden observar. De los señores Pacheco y Bravo también de enorme trascendencia hablaremos con posterioridad. El padre de don Manuel José Hurtado había venido de la muy culta ciudad colombiana de Popayán hasta Panamá. Se casó aquí con una dama panameña. Forma enseguida parte de un club conocido cómo Independentista, dedicado a la “rebelión y a la libertad”. Pero volvamos a su hijo Manuel José. Ocupó importantes posiciones. Hizo alguna fortuna. Es nombrado embajador en Europa. Después estudia en Londres y se gradúa de ingeniero en París. Al regresar a Panamá forma parte de una comisión dedicada a realizar un estudio topográfico en este territorio y de explotar minas en Veraguas y Darién. Regresa a Europa, para casarse con Juana Bautista de Fábrega que estudiaba allá. Vuelve y regresa. Se gana una concejalía en el municipio capitalino, en donde realizó fecunda labor. Para 1866, Pablo Arosemena había también creado una escuela pública del Estado y que estuvo situada en la antigua Avenida Norte, hoy Eloy Alfaro, cerca de la Presidencia. Manuel José Hurtado fue su primer director. Desde allí, Hurtado se propuso darle un vuelco total a la forma como el Estado acostumbraba enseñar, o lo intentaba. A pesar de que la educación se había declarado gratuita y obligatoria, poca fue la respuesta de la población. Hasta de su propio bolsillo Hurtado cargaba con muchos de los gastos. Luego y en 1870, él mismo funda la primera Biblioteca Popular. Justo Arosemena lo ayudó en esa nueva labor. A pesar de tanto esfuerzo tan sólo 193 alumnos llegó a tener el citado colegio. A su muerte hubo, como es costumbre, profusión de homenajes y resoluciones que de seguro él en vida los hubiera cambiado por mayor interés general en la educación. Otro interesado en esos problemas, Buenaventura Correoso, fundó en 1878, la Escuela Normal de Señoritas. No nos olvidemos nunca de estos personajes y de otros que les traeremos después.
En esta serie de dibujos ejecutados por Carlos Endara, aparecen tres de los varios personajes que a partir del siglo XIX dieron un gran empuje al proceso de la educación sobre todo popular. Siguiendo el orden de su nacimiento, y por no contar con el espacio suficiente, hoy tan sólo nos referiremos a Manuel José Hurtado, cuyas fechas de nacimiento y muerte también se pueden observar. De los señores Pacheco y Bravo también de enorme trascendencia hablaremos con posterioridad. El padre de don Manuel José Hurtado había venido de la muy culta ciudad colombiana de Popayán hasta Panamá. Se casó aquí con una dama panameña. Forma enseguida parte de un club conocido cómo Independentista, dedicado a la “rebelión y a la libertad”. Pero volvamos a su hijo Manuel José. Ocupó importantes posiciones. Hizo alguna fortuna. Es nombrado embajador en Europa. Después estudia en Londres y se gradúa de ingeniero en París. Al regresar a Panamá forma parte de una comisión dedicada a realizar un estudio topográfico en este territorio y de explotar minas en Veraguas y Darién. Regresa a Europa, para casarse con Juana Bautista de Fábrega que estudiaba allá. Vuelve y regresa. Se gana una concejalía en el municipio capitalino, en donde realizó fecunda labor. Para 1866, Pablo Arosemena había también creado una escuela pública del Estado y que estuvo situada en la antigua Avenida Norte, hoy Eloy Alfaro, cerca de la Presidencia. Manuel José Hurtado fue su primer director. Desde allí, Hurtado se propuso darle un vuelco total a la forma como el Estado acostumbraba enseñar, o lo intentaba. A pesar de que la educación se había declarado gratuita y obligatoria, poca fue la respuesta de la población. Hasta de su propio bolsillo Hurtado cargaba con muchos de los gastos. Luego y en 1870, él mismo funda la primera Biblioteca Popular. Justo Arosemena lo ayudó en esa nueva labor. A pesar de tanto esfuerzo tan sólo 193 alumnos llegó a tener el citado colegio. A su muerte hubo, como es costumbre, profusión de homenajes y resoluciones que de seguro él en vida los hubiera cambiado por mayor interés general en la educación. Otro interesado en esos problemas, Buenaventura Correoso, fundó en 1878, la Escuela Normal de Señoritas. No nos olvidemos nunca de estos personajes y de otros que les traeremos después.

Durante las épocas de nuestra Conquista y de la Colonia fue muy poco lo que se hizo por educar a la escasa población existente en lo que hoy es la República de Panamá.Los intereses de los conquistadores y de los llamados colonizadores estaban bien lejos de educar, ni siquiera a su manera, a la numerosa población indígena que encontraron aquí.

Evangelizar, y a la brava, era el único afán. Escuelas formales nunca existieron. Ni tan siquiera las primarias. Aprender a leer o a escribir era algo desconocido ¿y para qué?

Hubo necesidad de dejar pasar muchos años, 200 quizás, para que llegado el siglo XVIII los jesuitas organizaran algunos colegios más una universidad. Y aún la educación preparatoria para poder ingresar a ella era privilegio de muy escasas personas. Los estudios eran muy teóricos, la inútil memorización era la tónica. Nada era técnico. No existía oportunidad de diferir. Lo del magister dixit, se imponía. Inclusive, la vida se arriesgaba si se intentaba polemizar.

Pero hasta los jesuitas fueron castigados. Se les expulsó y sus instituciones fueron eliminadas. Ser militar o sacerdote para los varones, y tener muchos hijos y obedecer para las mujeres, casi que eran las únicas carreras que se podían desempeñar.

Luego existieron algunas escuelas en la capital y en el interior. Fue necesario que llegase el siglo XIX para que en el año de 1821, los masones introdujeran desde Jamaica, una imprenta en Panamá. Fue un gran elemento para cierta clase de culturización. En 1824, se crea el Colegio del Istmo.

La Sociedad de Amigos del Istmo de Mariano Arosemena luchó por sensibilizar en cierto sentido a la población. Maestros especiales les inculcaban ideas separatistas, educativas y libertarias. Pidieron a Bogotá que aquí se enseñara derecho, medicina y matemáticas. Inútil solicitud.

En Veraguas se estableció una especie de anexo del Colegio del Istmo. Y algunos años más tarde en él ya se enseñó agricultura, ciencias políticas, mecánica, ganadería, farmacia y nociones de medicina.

Para mediados del mismo siglo XIX, el Municipio de Penonomé financió una escuela pública. Hasta entonces las pocas existentes eran pagadas desde Bogotá. Pronto llegan las primeras escuelas dominicales para obreros que hubo en esta nación. Gil Colunje preside la asociación conocida como “Deseosos de Instrucción”.

Pronto, hombres como Manuel José Hurtado, Nicolás Pacheco, Manuel Valentín Bravo, Salomón Ponce Aguilera, Pablo Arosemena, Miguel Chiari, Buenaventura Correoso, y el mismo Colunje se encargan de tratar de incrementar diversas fuentes de aprender.

Se funda la primera escuela normal de varones, el Colegio Balboa. Se legisla en el sentido de que los gobiernos centrales, departamentales y municipales deben encargarse de organizar y financiar la educación. De aquella Escuela Normal de Institutores obtuvieron sus diplomas: Nicolás Victoria Jaén, Sebastián Sucre, Simeón Conte, Melchor Lasso De La Vega, Abelardo Herrera, Nicolás Pacheco y otras figuras más. Puertas se iban abriendo para que todo panameño tuviese derecho a salir de la mediocridad.

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