UNIVERSIDAD DE PANAMÁ

‘Rankings’ universitarios: Dorindo Jayan Cortez

Vivimos grandes cambios, por lo que se requieren nuevas habilidades para fortalecer el proceso enseñanza–aprendizaje. Esto es parte de la mundialización del conocimiento. Pero, sin desconocer que son importantes las evaluaciones y sin minimizar los alcances de los rankings académicos, lo cierto es que las universidades son y representan mucho más que “calificaciones numéricas”. Valdría preguntarse: ¿Cómo lo hacen? ¿Qué califican? ¿Qué toman o dejan de tomar en cuenta? Pero también: ¿Qué nos permiten reconocer?

Si se les asigna importancia a las calificadoras –como QS Rankings University, que en 2014 ubicó a la Universidad de Panamá (UP) en el puesto 116 de 300–, aún reconociéndoles su valor habría que decir que ninguno de sus resultados desmedra el valor institucional ni la calidad de la docencia superior que se imparte. Como bien lo argumenta la investigadora Vielka Escobar, una conocedora de la temática: “La calidad de las universidades no se puede evaluar simplemente empleando números”.

Consideramos que los rankings permiten mirar una parte de la realidad. Nos referimos a los recursos financieros ínfimos que en Panamá se asignan a la educación superior. Se destinan tan solo 2 mil 906 dólares por año por alumno. Esto es mucho menos de lo que invierten los países con “universidades exitosas”. Del total del presupuesto que administramos, entre el 85% y el 90% se destina al pago de planilla, lo que limita otras funciones como la investigación y producción, aspectos ponderados por las calificadoras.

En Panamá no hay correspondencia entre el crecimiento del presupuesto general del Estado y la asignación que reciben las universidades. No tenemos, como en otros países, una norma constitucional que garantice la sostenibilidad presupuestaria para la educación superior, de forma que queda sujeta a la apreciación del poder político. Esta comparación lo delata con claridad: Mientras el presupuesto general de la nación creció en $11 mil millones, entre 2004 y 2014, el de la UP solo aumentó en $80 millones, en ese mismo periodo.

Bajo esta perspectiva, habría que entender el ranking QS-2014 como un mensaje para quienes, al definir las políticas públicas en temas de finanzas lo hacen sin considerar el valor estratégico que tiene la educación superior para la nación. No hay una visión de Estado respecto al financiamiento universitario y esto explica las limitaciones, el deterioro de las infraestructuras y la falta equipos. Son falencias que podrían incidir en las evaluaciones. Por tanto, si de “baja calificación” se trata, al final lo que está de por medio no es el trabajo ni los alcances reales y efectivos de las universidades públicas, sino la naturaleza de las políticas aplicables en materia de docencia superior.

Aún así, debemos constatar que no es posible desconocer el valor que tiene para el país la educación superior, esa que le permite a los ciudadanos de todos los rincones de la geografía (incluso de las comunidades indígenas) hacer realidad sus sueños de alcanzar mejor calidad de vida. Pero, además, el profesionalismo ha sido uno de los valores agregados que contribuye con el desarrollo que hoy ha alcanzado Panamá.

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