EL MALCONTENTO

Realidades paralelas: Paco Gómez Nadal

Lo bueno de extender las campañas electorales durante el máximo tiempo posible –Panamá lleva ya muchos meses en ella– es que hace sombra a la realidad de la ciudadanía y a las trampas de los de siempre.

La pelea de gallos mediática nos entretiene y hace pensar que lo realmente importante para Panamá y su futuro es si Varela se alía o no con Navarro; si Martinelli sigue torciendo el cuello a la institucionalidad o no; si a algún magistrado se le vuelve a notar en qué nómina participa. Esa realidad de ficción, ese juego de anuncios televisivos y promesas vacuas, no es la realidad.

La realidad es que Panamá sigue siendo festín de multimillonarios y clases medias altas que defienden sus prebendas y sus derechos de pernada económica como si de señores feudales se tratara. La realidad es que la desigualdad crece al ritmo del presupuesto de la triste línea del metro y que la violencia social se está arraigando en el país como las señoronas que no quieren pagar impuestos y se agarran al bolso de Hermes.

La realidad, por tanto, es noticia de segunda línea, se olvida rápido y se convierte en quiste social. ¿No les parece bien real la noticia de cómo el Ministerio de Economía y Finanzas ha paralizado el proceso de nuevos avalúos de las propiedades de los ricos y los casi ricos de la capital? A mí me parece uno de esos pedazos de realidad que explica bastante bien porque a las élites económicas del país les interesa el circo político. En un país democrático, con unas élites cultas y conscientes del poder que les da su posición, Martinelli habría tenido que renunciar hace tiempo. Pero, en esta realidad real, Martinelli es perfecto porque en 140 caracteres pone firme a su ministro y lo obliga a renunciar a que los que más tienen paguen impuestos.

El MEF ha renunciado a varios cientos de millones de dólares, que podrían servir para políticas públicas de interés general, para favorecer el interés privado, nunca saciado, siempre dispuesto a exigir más privilegios, a reclamar más de su “seguridad jurídica”, esa que se traduce en más injusticia e inseguridad para los de abajo (la mayoría).

La realidad también es, como bien saben, que Panamá ve aumentar el número de multimillonarios que la desangran sin pudor para mientras hablar de democracia y quejarse de la politiquería (esa que tan bien les viene). Este año se cuentan en 115 los capitales que se reparten 16 mil millones de dólares en sus cuentas corrientes (el equivalente al presupuesto del Gobierno para 2013). Imaginen que viviéramos en una realidad dirigida por personas honestas que crean en el reparto de las cargas fiscales y en la responsabilidad de los que más tienen... y que, por tanto, esas rentas tributaran por norma un 20%: dispondríamos de 3 mil 200 millones de dólares.

No vivimos en ese mundo. El nuestro es el de la falta de derechos. Panamá, país que se ufana irresponsablemente de haber conseguido el pleno empleo, mantiene en la informalidad (es decir, sin derechos laborales) al 40% de las personas que aseguran estar trabajando; reconoce que unos 50 niños y niñas están trabajando cuando deberían estudiar; permite que la brecha salarial entre hombres y mujeres se mantenga sin cambios (los hombres cobran un 32% más que sus compañeras de trabajo); deja que se estanque el abismo de desarrollo entre las comarcas indígenas o las zonas pobladas por afrodescendientes y el resto del país...

La realidad real hace que los reclamos de los grandes propietarios para que les perdonen los impuestos sean obscenos; que las palabras de los candidatos a la Presidencia pequen de huecas; que los exabruptos del presidente se sientan como vómitos injustificados, y que los noticieros parezcan más un parte oficial que una fotografía de la realidad.

La profunda estructura rentista de las élites panameñas y la terrible indolencia de una mayoría formada en la sumisión hacen difícil imaginar cambios rápidos. Pero aceptar que esta es la realidad –y no la de la sonrisa impostada de los candidatos– es un primer paso para transformar este estado de cosas.

En una cosa se parecen la realidad-ficción y la realidad real: los candidatos que prometen la salvación viven todos (excepto el del FAD) en casas que merecerían ver incrementado su avalúo de forma significativa. Nuestros presidentes, casi sin excepción y fuera cual fuera su origen, se convirtieron hace tiempo en representantes de su nueva-vieja clase.

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