PROYECTO DE BARRO BLANCO

Rebelión, ¿hasta cuándo?: Alfredo Arias Grimaldo

Todos los días vemos noticias sobre la suprema intransigencia de parte de los ngäbes. El diálogo no existe, solo la capitulación de lo que ellos llaman adversario de la naturaleza, al Gobierno Nacional.

Esta situación es triste y llena de disgusto y sinsabor los corazones de la mayoría de los panameños. Vociferan que no habrá paz ni sosiego hasta que se cancele el proyecto de Barro Blanco. Ahora quieren que las Naciones Unidas avalen esa posición que va contra todas las leyes que impone un mundo en evolución constante, tanto en los conceptos morales, religioso, culturales, y políticos. Desean agotar por cansancio al gobierno del presidente Varela. Todos los diálogos han terminado en fracaso ante un oponente sordo y pretencioso, que utilizando tácticas demagógicas ante sus compañeros, ha logrado focalizar la atención en torno de ellos, incluso pretenden que nuestra Policía Nacional, garante del libre tránsito de personas en todo el país, se retire para ellos bloquear nuevamente la carretera Interamericana.

A juicio muy personal, creo que el Gobierno ha fallado al nombrar como negociadores a funcionarios públicos, pues los ngäbes percibirán que estas personas siempre estarán de parte de la continuación del proyecto. Si se nombra a personas notables, transparentes y con instrucciones precisas de hasta dónde se puede llegar, creo que a lo mejor las cosas pudieran cambiar. Los pueblos originarios representan el 5% de la población nacional, poseen el 21% del territorio y aún no son autosuficientes, por no contar con las herramientas necesarias. Debemos luchar por dotarlos de mejores condiciones de salud, educación, electrificación y vías de comunicación. Y, que por ley de la República, un porcentaje del presupuesto nacional se dedique a este tipo de respuestas. Luchemos por medidas conciliatorias.

Hay que aceptar que todos los gobiernos anteriores han hecho promesas que se ha llevado el viento. No queremos que emigren, sino que se queden en las comarcas, y mediante su superación personal puedan crear un centro de riquezas en un oasis de pobreza, entonces veremos que nuestros aborígenes no sentirán ese impulso de rebeldía que caracteriza a su raza.

No deben olvidar que los bienes que la naturaleza nos ha dado son para el uso y disfrute de todos los ciudadanos. Panamá es un crisol de razas.

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