DERECHOS

Reflexión por el día Internacional de la Mujer: Marcela Rojas

La mujer, a juicio de algunos hombres y hasta de otras féminas, es tratada como el sexo débil por razones como su dependencia económica, afinidad con actividades como la reproducción, crianza y educación de los hijos y la labor que ejercen en el mundo doméstico o laboral. Si bien para algunos o algunas esta dependencia del varón no ha variado históricamente, debemos reconocer y aceptar que en la sociedad actual han ocurrido cambios históricos que prueban lo contrario.

Ya dejamos de ser el sexo débil. Un gran número de mujeres han superado ese calificativo ofensivo. Ella, por sí misma y algunas veces sin el apoyo masculino, asume sola la crianza, educación y alimentación de sus hijos; se preocupa de su propia formación y preparación educativa –hasta la de su familia– y hoy día es capaz de exigir el respeto a su dignidad y a sus derechos como ser humano, en el hogar, el trabajo y en cualquier lugar en el que se desenvuelve.

Los movimientos de liberación femenina de las décadas pasadas facilitaron que ellas, cansadas del trato cruel, denigrante y discriminatorio por parte del hombre, se atrevieran a denunciar y exigir el respeto de sus derechos y dignidad como seres humanos. Ese despertar, apoyado por organizaciones internacionales, regionales y locales de mujeres, permitió años después el reconocimiento pleno y efectivo de sus derechos. Pero ese reconocimiento legal es insuficiente, porque se requiere la voluntad y el apoyo de todos para erradicar la desigualdad sexual en aquellos lugares en los que aún es visible; es decir, en el ámbito social, laboral, económico y político de nuestro país.

Debemos reconocer que todavía millares de mujeres en todo el mundo permitimos, pasivamente, a los hombres (en el entorno social, familiar y laboral) que nos desvaloricen o nos maltraten física y verbalmente. Con sus gritos, insultos, golpes, vejaciones, incluso, permitimos que lleguen al femicidio público e inmoral, sin importar el daño psicológico o moral que profundizan en las que lo sufren. Estos actos violentos que atentan contra la vida y la dignidad de la mujer panameña (que los sufre en silencio) son el pan de cada día en miles de hogares. Lo más grave es que algunas, por temor o ignorancia, aceptan pasivamente esa forma de maltrato cruel como parte del diario vivir y olvidan que esa aceptación, callada e indiferente, afecta el futuro de ellas y de sus hijos. No podemos ignorar que la violencia en el hogar, además de la secuela que deja, es un patrón de comportamiento que se copia o transmite de madre a hija o de padre a hijos, que lo aceptan y lo copian como un modo de vida usual o cotidiano en una pareja y lo repiten como adultos.

Ni como mujeres ni como seres humanos podemos ni debemos permitir vejaciones, maltratos o golpes de ninguna naturaleza, así vengan del cónyuge, de los hijos, de los padres, de empleadores o familiares cercanos o lejanos, hay que denunciarlos sin temor; ese es nuestro derecho y debemos exigir castigo para el maltratador. Si como víctimas no tomamos medidas o decisiones para denunciar toda forma de abuso y exigir el cumplimiento de las normas que nos protegen, estas no pasarán de ser un texto más. Debemos tener claro que nuestros derechos solo serán respetados y protegidos en la medida en que todas y todos estemos dispuestos, no solo a exigir su cumplimiento pleno, sino a denunciar sin temor cualquier acto violento que ofenda, discrimine o limite nuestro derecho a una vida sin temor, en cualquier rincón del mundo y venga de quien venga.

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