SOCIEDAD POLÍTICA

Reflexiones en torno a la partidocracia: Miguel A. Erroz G.

Nuestra partidocracia y su equivalente estadounidense, los political-machine de hace un siglo, son una maravilla de la ingeniería; organizaciones dinámicas y sólidas, desplegadas estratégicamente para controlar los centros de poder Estatal (las cortes, el legislativo, la tesorería y el voto). Sus fraudes son espectaculares en escala y elegantes en estructura (tráfico de influencias, reparto de beneficios e impunidad).

En ciudades estadounidenses como Boston, Chicago, New York y St. Louis en el siglo XIX y comienzos del XX, los jefes políticos reclutaban miembros mediante el uso de incentivos tangibles –contratos, puestos gubernamentales e impunidad–. Estos puestos en el Gobierno se alquilaban, la condición era que fuesen usados para promover los intereses del partido. Esto incluía proveer beneficios ilícitos a los políticos, sus socios, partidarios y sectores de la comunidad que les apoyaban en tiempo de elección. Controlar y administrar –desde arriba– el flujo del clientelismo en los distritos era el principal impulsor para ganar y promover el voto en plancha por el partido.

Ayer allá, como hoy acá, la injusticia y corrupción abundaban; esto limitaba las oportunidades económicas, educativas, de salubridad, dañaba el medioambiente, etc. La maldad generada está dolorosamente descrita en los libros de historia norteamericanos. Con todo y esto, la corrupción nunca llegó a niveles cercanos a los que vivimos, debido a que distintas posiciones de poder, como jueces, fiscales y sheriffs eran de elección popular, lo que abría la posibilidad a que un porcentaje de estos no estuvieran a la venta o estuviese en manos de oponentes políticos. No obstante, el control que los partidos tenían sobre la esfera sociopolítica les facilitaba recompensar o amenazar a familiares y partidarios de cualquier funcionario electo que se eligiera sin la ayuda de una u otra red clientelista, lo que fijaba una relación cariñosa entre supuestos contrapesos y oponentes. En fin, muy similar a la realidad de nuestra partidocracia.

A principios del siglo XX en Norteamérica, el surgimiento de la industria y del sector financiero, más la migración de la población hacia las ciudades, multiplicó las consecuencias nefastas de sus partidocracias. Esto motivó movimientos ciudadanos para acabar con el problema. ¿Cómo lo resolvieron? Sin excepción, a través de cambios constitucionales que le quitaban las herramientas a los políticos para comprar patrocinadores, socios y votos. En general, los cambios lograron que todo empleado público, excepto los ministros, sean designados bajo la dirección de una comisión apolítica; que los jueces sean nombrados inicialmente por un consejo civil y más tarde sometidos a elecciones populares de retención; que los sheriffs, fiscales y contralores sean elegidos por elecciones no-partidistas; más un largo etcétera. Las consecuencias fueron transformadoras en la composición y la actuación de los partidos, políticos y funcionarios.

Pero, ¿cómo lograron estos cambios? Cinco estrategias fueron empleadas, una funcionó. La más popular, a lo largo de las décadas, fue el tratar de elegir a representantes con valores y fuerza de voluntad. Sin embargo, tales individuos estaban en grotesca desventaja táctica y no podían competir contra los recursos clientelistas. Otra estrategia era la de cambiar al sistema entero mediante minirevoluciones, en las que un grupo anteriormente desconocido era apoyado en las urnas. No obstante, esto solo cambiaba los nombres de los que figuraban como líderes políticos, sin variar ninguna otra cosa; peor aún, usualmente estos partidos ganaban debido a sus bases expansivas (populistas), lo que los obligaba a expandir el sistema clientelista y corrupción a niveles anteriormente inimaginables. Una tercera estrategia era el uso de las armas para forzar el cambio, como en los comicios conocidos como 1946 Battle of Athens, EU. Esta estrategia compartía el mismo destino que la anterior. Una cuarta estrategia fue la de impulsar cambios constitucionales para reestructurar todo de raíz. Sin embargo, tan obvio cambio al sistema establecido amenazaba el estilo de vida de todo ciudadano: de lo conocido a lo incierto. La incertidumbre de un sistema sin prebendas motivaba a todo aquel con la más diminuta posibilidad de salir perjudicado a oponerse ferozmente y sin frenos.

La estrategia que funcionó, y repetidamente, fue el empleo de movimientos ciudadanos que abogaban por objetivos limitados, a través de 40 a 60 años, hasta que todas las herramientas del sistema clientelista eran derrocadas. Por ejemplo, primero se concentraban en lograr la asignación de los jueces por un consejo civil, luego se concentraban en lograr elecciones no partidistas para los fiscales, y así progresivamente. Usualmente, para lograr los cambios, hacían uso de las rivalidades entre los partidos. Por ejemplo, si un partido llegaba al poder, pero todos los magistrados eran de la oposición, su interés político a corto plazo de destituir a estos magistrados, era utilizado como palanca por el movimiento ciudadano para impulsar la asignación de nuevos jueces mediante la instauración del sistema de consejo civil. Esta estrategia va en contra de lo ideal: una reforma científica, rápida y sin tener que transar; pero probablemente, como en las ciudades norteamericanas, sea la única ruta eficaz.

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