SANEAR EL SISTEMA DE PARTIDOS

Reformas de cara al ciudadano: Roberto Brenes P.

Como cada cinco años, el Tribunal Electoral (TE) y los partidos políticos se preparan para debatir reformas al Código electoral. En este ejercicio, que solo puede calificarse de incestuoso, se repellan grietas, tapan huecos y aprietan tuercas a la legislación electoral para que encaje siempre con los intereses de la partidocracia, que en este país se aleja cada vez más de la democracia.

Es tiempo de que busquemos reformas electorales de cara al ciudadano, que oxigenen y rescaten nuestro decadente sistema de partidos. Desde siempre, los partidos y TE se han concentrado en aumentar y refinar las barreras de entrada y las mañas y triquiñuelas para elegir casi siempre a los mismos con poca o ninguna porosidad. Ahora, dándole nuevamente la espalda a los hechos y a la historia, los honorables vuelven a discutir temas como si retornan o no al “voto plancha” o ¿cómo hago para acomodarme?

Este ejercicio sectario y cerrado es una violación al principio constitucional (y diría universal) del “derecho a elegir y ser elegido”. Pero todavía más, es una forma segura de ir anquilosando el sistema de selección de aquellos que deben dirigir los destinos del país. Los partidos ya no son ni receptáculo ni correa de trasmisión de los valores ni de los sueños de los panameños. Son maquinarias de poder para beneficio propio.

Y a las pruebas me remito, las pasadas elecciones las salvaron los ciudadanos, a pesar de los partidos. Fueron los independientes los que llevaron a Juan Varela a la silla por encima de las intrigas y mezquindades dentro del arnulfismo. El poderoso CD, de un cacique y mucha plata, promovió un proyecto personal, por eso fracasó estrepitosamente. Las elecciones exacerbaron las ambiciones dentro del PRD, al punto de que en cualquier momento puede desintegrarse. Y el movimiento obrero colapsa en su debut político –porque el que pacta con el diablo, el diablo se lo lleva–. Nada de esto es coincidencia, es simplemente que la partidocracia como la conocemos se ha agotado y añade poco a la vida en democracia. Se requiere su renovación y repotenciación urgente.

Habrá quien diga que el sistema ha evolucionado, que la elección de Ana Matilde Gómez es muestra de apertura. En realidad, ese triunfo es la excepción; una candidata extraordinaria contra un sistema diseñado para engañar y liquidar a los independientes. Además, un sólido sistema político no se construye sobre personas, sino sobre partidos y pluralismo. Y es allí donde debería apuntar una buena reforma electoral. Esta debe comenzar por eliminar las barreras de entrada que tiene el sistema haciendo fácil y accesible la formación de nuevos movimientos políticos que ayuden a rescatar al sistema de la obsolescencia. No se trata solo de bajar el número de adherentes, sino de permitir la formación de partidos a nivel local, municipal o provincial. ¿Por qué un aspirante a alcalde debe encarar la cruel disyuntiva de correr como independiente, con todas las de perder, o de venderse a alguno de los partidos nacionales que ostentan el monopolio de la postulación?

Además de las barreras y obstáculos para la formación de partidos, se deben eliminar las trabas al proceso mismo de postulación y elección, que hacen onerosa, si no impagable, las campañas. Esto pasa por exigir transparencia plena de las contribuciones de campaña y la adopción del voto electrónico que simplifique y desburocratice el sistema. Además, una reforma integral debe hacer realidad las primarias en todos los partidos, y no simulacros disimulados de la voz del dueño.

Vista la debacle y el festín del uso de recursos estatales en las elecciones, el TE debe promover una ley de garantías electorales que congele, meses antes de los comicios, determinadas acciones del gobierno que pudieran influenciar el resultado.

Este escrito es un mensaje a los ciudadanos. Son ellos quienes deben analizar y comprender cuánto les beneficiaría un sistema político competitivo, abierto y transparente. Mientras solo se permita un número cerrado de opciones, perdemos todos, incluso los partidos. Un sistema que promueva nuevas ideas y caras, sin coerción ni mañas, que busque la igualdad de oportunidades políticas, nos pondría a salvo de extremismos y radicalismos y, de ñapa, del “juega vivo” y la mediocridad. Como dicen por ahí, solo el pueblo salva al pueblo.

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