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LIMITACIONES

Reglamentación de símbolos patrios: Andrés L. Guillén

El panameño tiene profunda afinidad con la música y ha sabido forjar estrechos lazos en las artes que responden al oído, a los ojos y la palabra, hasta formar una estética compartida, una especie de consciencia artística nacional que se caracteriza como libre, individual y caprichosa.

Esos sentimientos, de libertad y creatividad, forman parte importante de su condición de ciudadano y de la democracia liberal que rige y enriquece nuestro sistema republicano de gobierno. Por eso, merece el rechazo de la ciudadanía todo aquello que fomente un sistema de prohibiciones y autorizaciones arbitrarias, expresas o implícitas (con represión y censura) y cree una burocracia de prelados y jueces, conformados en un tribunal de la ortodoxia para dictar dogmas e intolerancia en estos temas.

En cambio, quien alumbre la imaginación ciudadana con inteligencia; desarrolle una mayor percepción de la belleza, en cualquiera de sus formas; nos haga más conscientes de quiénes somos, y nos dé mayor riqueza interior e intelectual, amerita nuestro apoyo solidario.

¿Qué tiene que ver esta libertad y creatividad, parte de la estética panameña y de sus valores ciudadanos, con una reglamentación de los símbolos patrios?

Pongamos, como ejemplo, el himno nacional. La Ley 34 de 1949 (modificada por la Ley 2 de 2012) en su breve capítulo III (solo consta de tres artículos) cubre aspectos protocolares del himno y confiere al Ministerio de Gobierno la propiedad intelectual de su texto, partitura y particellas instrumentales. Los capítulos VI y VII dictan medidas sobre prohibiciones y sanciones en el uso de los tres símbolos de la nación, reglamentándolos en actos oficiales.

Si bien la partitura del himno nacional es un código de anotaciones musicales, lo cierto es que esos signos abstractos están vacíos de significado y sonido hasta que una banda o artista los interprete con energía creativa. Solo así las notas clave, tonalidades y el tempo del himno crean un diálogo con el público, reinventándolo con cada interpretación.

Los placeres y sorpresas que nos depara su ejecución nunca pueden coincidir a plenitud con el código impuesto por la gama de sus notas musicales, ni debe ser adscrito en un manual reglamentario.

Por eso, al redactar dicho manual existe el peligro de que esa ejecución libre y creativa del himno lleve a la Comisión Nacional de Símbolos Patrios a verlo solo como una reliquia histórica y sacrosanta; vestigio de un pasado petrificado, cuya interpretación requiere la supervisión de doctrinarios intolerantes con poder para castigar transgresiones.

Olvidar que el Himno Nacional es un lenguaje vivo para comunicarnos, que su música es una virtud moral y enriquecedora capaz de excitar o calmar las pasiones colectivas, sería socavar la consciencia artística nacional y negarnos el ejercicio de nuestra libertad y creatividad.

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