PLANIFICACIÓN URBANA

Reinventar las aceras en Panamá: Álvaro Uribe

Los últimos 40 años han visto la transformación de la ciudad de Panamá, de una ciudad monocéntrica, con el comercio y las oficinas en la Av. Central/vía España/calle 50, y con casi 2 millones de personas. ¿Es esto un problema? No, en realidad son varios y los vemos todos los días.

No se necesita ser un médico de ciudades para darse cuenta de que, por ejemplo, tenemos dolores de tránsito, drenaje y basura. De que la indigestión automovilística desafía todos los by-passes y de que, como buenos supersticiosos, nos hemos limitado a creer, esperar milagros y tocar madera. ¿Qué hacemos? Bueno, para empezar, pensemos. Uno de los principales errores que hemos estado cometiendo desde la época postinvasión (1990 en adelante), es haber dejado hacer, dejado pasar, sin pensar. Apoyados en la idea religiosa de que el mercado se encarga misteriosamente, que el agregado de buenos negocios privados redunda en beneficios para la colectividad, cambiamos densidades, zonificaciones y usos en el centro, y construimos un millón de barriecitos cerrados o semicerrados, desconectados entre sí, en todas las periferias y condenamos a la ciudadanía a vivir entre un carro. O peor, entre un bus. Y el aislamiento del auto o el apelmazamiento del bus (en la diabólica versión roja), nos maleducaron.

El buen trato, la cortesía, la solidaridad, no existen cuando estamos peleando por un espacio entre el bus o un metro de avance entre el carro. Y ese comportamiento tiende a quedarse en nosotros cuando nos bajamos de ambos. Porque, ¿a dónde nos bajamos? A garajes, playas de estacionamiento o calles donde, pobres peatones que naturalmente somos todos, tenemos que interactuar, en terrible desventaja, con más automotores (la amabilidad entre vehículos y peatones solo existe cuando los carros están en un ambiente peatonal, no viceversa).

Esto tiene que cambiar. La ciudad del futuro, en 20 años, tiene que ser claustrofóbica. Debe tenerle terror a los espacios cerrados y desconectados, huir de ellos y evitarlos como la fiebre amarilla o el dengue. Para esto se necesita un mecanismo colectivo, que, afortunadamente, sí existe y que se llama transporte... colectivo. Pero no en la versión artesanal y arcaica que teníamos, que era más un acarreo masivo que otra cosa, sino en la del Metro y el Metro Bus, que, conjuntamente, tienen que producir espacios de circulación a pie, alrededor de las estaciones y paradas -y entre ellas-, espacios donde el peatón manda.

Además, en esta gestión (que tiene visos de gesta), no están solos: la creación de la Senadis (Secretaría Nacional de Discapacidad) en 2006, le da una consideración adicional al diseño del espacio publico, porque lo colectivo también incorpora a la gente con discapacidades. Y esto significa áreas libres de paso adecuadas (anchas, con rampas), en vez de los caminos de arrieras que, cuando existen, son nuestras aceras.

La interacción entre seres humanos, cara a cara, lado a lado, en una acera amplia, va a hacer maravillas por nuestra educación (se llama urbanidad). Ya empezamos con la línea 1 del Metro, luego con las rutas del Metro Bus y luego, vámonos a la periferia a desinventar la rueda y a reinventar la acera. Y a quien no le guste, que se baje del carro, si se atreve, y no actúe, piense, y después hable.

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