MANEJO ESTATAL

República de Panamá, S.A.

Para Somoza, Nicaragua era su finca. Buscaba la renta que él, por derecho celestial o imaginado, creía poder obtener de sus tierras. Nicaragua resultó ser una finca muy complicada de manejar.

Así como Nicaragua era imaginada la finca personal de los Somoza, ha existido y dudo que deje de existir la idea de manejar la República de Panamá como los ejecutivos manejan una sociedad anónima. ¿Por qué mentir? Es una bonita analogía. Los accionistas o ciudadanos delegan el poder en las manos de sabios ejecutivos. Éstos, por su potencia intelectual y sabiduría infinita, nos disparan hacia la eficiencia económica y el bienestar general. Una especie de director (o junta directiva) benevolente.

Somoza no entendió que Nicaragua no era una finca y que él no era terrateniente. Panamá no es una sociedad anónima y no hay junta directiva que la pueda dirigir como una empresa.

Lo malo de estos Estados democráticos y de ciudadanos libres es que existen unos que otros factores molestosos: el parlamento, el sistema judicial, la opinión pública, los medios de prensa, los cerradores de calles compulsivos, los sindicatos, la sociedad civil (que es la no militar en un país sin militares), las leyes económicas e, incluso, algo así como una oposición política. En fin, la simple gama de actores es espeluznante. Eso del manejo de un Estado es muy diferente al menester de un hacendado o al de un director ejecutivo.

No quiero decir que algo de eficiencia económica en la burocracia estatal estuviera de más o que una mejor atención al cliente-ciudadano fuese el camino equivocado. Lo que quiero decir es que la finalidad de un Estado no es la de maximizar las ganancias, fin justo y necesario en la empresa privada, sino la de crear ese bien público tan olvidado e importante: la paz social. El fin no justifica realmente los medios, más bien los condiciona.

El manejo del Estado es un arte que muchos creen dominar. Se equivocan. Ejercer poder es algo que hasta medianas mentes como la de Hugo Chávez pueden hacer. Pero del individuo con poder, al hombre o mujer de Estado hay un profundo y difícil paso. Las auto-creadas leyendas heroicas de las propias capacidades y pasados y futuros logros, son algo que siempre, sin excepción histórica alguna, han defraudado.

Un sistema democrático, por más que lo deseen muchos, no se logra interponiendo a toda costa ideas propias al de por sí complicado proceso de buscar mayorías y de lograr consensos.

La democracia es dialogar, negociar, dialogar de nuevo y negociar de nuevo. Es algo largo y arduo. Para algunos espíritus impacientes, tal vez algo demasiado arduo y largo.

En algún lado leí: “En democracia la forma da esencia a las cosas”. Que mala esencia daría a nuestro Estado la forma de una S.A.

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