RETIRADA

´Ricardo Martinelli, Presidente´: Roberto Alfaro Estripeaut

Me parece una contrariedad, por decir lo menos, que nuestro Presidente termine su mandato echando por la borda el inmenso trabajo que realizó durante su gobierno.

Soy un fiel creyente en que toda inversión en infraestructura es vital para un país en desarrollo, y que a mediano o largo plazo, se repaga con creces. Muchas de estas obras son cuestionables, sobre todo por la forma como se adjudicaron, por su costo-beneficio social o por los sobreprecios. Aun así, conociendo la burocracia que existe en todas las instituciones públicas y la presión que ejercen los intereses privados sobre los megaproyectos, no podemos negar que resulta admirable la cuantía de las realizaciones de este gobierno.

Pero, en el afán de glorificar en extremo los logros obtenidos, se gastaron millones en propaganda y se ridiculizó lo actuado por otras administraciones, lo que tuvo un efecto boomerang. “Más en 4 que en 40” terminó desenmascarando las intenciones politiqueras detrás de dichas realizaciones.

Un gobierno tiene el deber de ejecutar su trabajo y debe esperar a que los ciudadanos se encarguen de darle el mérito que se merezca, no al revés. Endara terminó su mandato con muy baja popularidad, pero hoy en día es reconocido como uno de los mejores estadistas de la historia republicana.

En este aspecto, el pueblo panameño resultó ser más sabio de lo que nunca pensé, pues no entendía cómo este último año el Ejecutivo marcaba una gran popularidad, y que las mismas encuestas lo calificaban en igual proporción como corrupto, intransigente y antidemocrático.

Mi incógnita era si ese pueblo, que parecía deslumbrado por las obras, dádivas y propaganda masiva, al momento de ejercer el sufragio le trasladaría ese mismo peso al candidato del oficialismo.

Por otro lado, tampoco entendía la estrategia del Presidente, pues exaltaba su figura en clara competencia con su propio candidato, al opacarlo con su campaña paralela.

Conocí decenas de encuestas que se realizaron a lo interno en grandes empresas o gremios y en las que el candidato Juan Carlos Varela salía airoso. Yo respondía que no podíamos engañarnos, porque las elecciones en este país se ganan en la 24 de Diciembre, Tocumen, San Miguelito, Arraiján y en La Chorrera. Sin embargo, Pablo Pueblo, ese ciudadano del patio limoso, resultó más vivo e inteligente que los costosos e invictos “marqueteros” extranjeros, que los encuestadores y que los multimillonarios presupuestos para financiar bolsas de comida, campañas y publicidad masiva.

Por supuesto, el 4 de mayo tomó al mandamás y sus seguidores por sorpresa; no lo podían digerir. En lo personal, quedé deslumbrado cuando comenzaron a salir los resultados. Ni siquiera el Tribunal Electoral se atrevía a declarar una tendencia favorable a Varela, ni aun con el 60% de los votos escrutados.

El candidato opositor se alejaba lentamente en todas las provincias, fue algo difícil de aceptar para el mandatario que iba de un lado para otro tratando de buscar una respuesta lógica a la decisión del 70% de sus malagradecidos exadmiradores que lo habían defraudado.

Pero como dijo santa Rafaela María: “¡Qué tontos los hombres que culpan a otros, sin ver que son ellos la propia esencia de sus descalabros!”. Con todo el respeto que me merece, le aconsejo –tal como lo manifestó en la televisión– que recoja a sus heridos y también su orgullo y haga un retiro sabático para así darle un descanso a su familia, a sus copartidarios y a todo un país que desea estar en paz.

Insistir en imponer su extinto poderío no hará otra cosa que empañar más su ya maltrecha imagen, y recibirá a cambio mayores represalias. Como lo expresé al inicio, las obras son muy importantes, pero igual lo es la humildad, el consenso, la dignidad del prójimo, la institucionalidad y la separación de los poderes; cuando nos vamos alejando tanto de estos principios, lo material termina perdiendo valor. Gracias, pueblo panameño, por saber distinguir cuáles son esos valores, y gracias “Ricardo Martinelli, Presidente” por eliminar los “diablos rojos”, y dejarnos los taxis pintados de amarillo, un Metro, autopistas, aeropuertos, hospitales y demás obras de infraestructura.

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