MONOPOLIOS Y POPULISMO

Ricos y pobres sin filosofía explícita: Mauro Zúñiga Saavedra

Ricos y pobres sin filosofía explícita: Mauro Zúñiga Saavedra Ricos y pobres sin filosofía explícita: Mauro Zúñiga Saavedra
Ricos y pobres sin filosofía explícita: Mauro Zúñiga Saavedra

El multimillonario Carlos Slim ha amasado una fortuna, y no tanto por ser un genio en los negocios, sino porque sus empresas de telefonía e internet consiguieron un dominio monopólico que le ha costado a los mexicanos, en promedio, el 2.2% del producto interno bruto cada año en la última década, en comparación con una situación en la que hubiera existido libre competencia, según un detallado análisis de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico de 2012.

Una de las características de los monopolios es que pueden fijar el precio al no contar con competencia, funcionando como un impuesto, cuyo ingreso (sobreprecio) no va a parar precisamente a las arcas estatales, sino al bolsillo del capitalista saqueador. Entre 2005 y 2009, los usuarios mexicanos pagaron 130 mil millones de dólares por los servicios de Telmex y Telcel, cantidad equivalente al gasto anual del Gobierno en la educación pública del país de preescolar hasta secundaria, o el presupuesto de una década entera de la Universidad Nacional Autónoma de México.

En tanto, los costos del populismo afectan a la actividad económica general. Las obras en Panamá están casi paralizadas y a la espera de auditorías como consecuencia del despilfarro del quinquenio pasado. También tienden a deprimir los salarios reales, como ocurrió con el régimen sandinista entre 1980-1989, Perú en la década de 1980, y Venezuela desde el gobierno de Carlos Andrés Pérez hasta hoy.

¿Cómo acabar con los monopolios coercitivos y el populismo? ¿Bajo qué estándar se basan para acumular unas fortunas alejadas de la libre competencia, y los burócratas, para redistribuir la riqueza? ¿Vinculan capitalismo con riqueza sin considerar los medios para lograrlo, y populismo con benevolencia con el pueblo? ¿Ricos inocentes y pobres sacrificados?

No creo que no sea de otra forma que mediante principios y valores, y ser tratados en consecuencia, como la humanidad podrá superar sus diferencias. Slim tiene un sentido de vida particular, pero le hace falta una filosofía explícita como a la mayoría de las personas, ignorando las diferencias de ocupación, educación, raza o clase. Tiene una apreciación subconscientemente integrada y emocional de la existencia, hace elecciones, forma juicios de valor y adquiere una cierta visión de la vida implícita. Obviamente, para él, esa visión implica una versión maquiavélica de la existencia: “el fin justifica los medios”. No importa cómo lo logres, en un mundo donde “todo vale”, gobernado por la corriente dominante del nihilismo, el fin último es tener dinero, fama y poder. Es eso lo importante para Slim, y muchos otros que piensan igual. ¿Dónde quedan sus valores y virtudes?

El valor es obtener algo que es importante para la persona. No hay nada malo en construir negocios para lograr riqueza. Slim falla estrepitosamente al confundir los conceptos de virtud y vicio. La acción emprendida para obtener su fortuna, en su caso, no constituye una virtud, es un vicio, un atajo.

Ahora, cómo funciona para el burócrata de turno. Bajo la influencia del código del sacrificio, el altruismo, el burócrata impone nuevos tributos al pueblo para la supuesta inversión social, que realmente es un gasto social. Detrás de toda esa retórica, el capitalista saqueador aparece y se lleva las arcas estatales, no dándole otra alternativa al pobre que conservar la esperanza que la próxima será mejor, que esta vez sí dará resultado y valdrá la pena sacrificar lo mejor de cada uno de nosotros por el interés común, pero pregúntese, caro lector, ¿quiénes se benefician y quiénes se perjudican en este ciclo vicioso?

De contar con una filosofía explícita, consciente y racional, no serían nuestras emociones, intuiciones o contactos con los políticos los que dirigirían nuestras vidas, sino los juicios de valor como producto de nuestro propio código racional. Si para Slim y el burócrata de turno, la fama, el dinero y el poder están por encima de cualquier otra consideración, no es de extrañar que sus psico-epistemología, el método para alcanzarlo, sea irracional (Slim afecta a los usuarios que tienen que pagar sobreprecios por estar alejado de la esencia del capitalismo: la libre competencia, y el burócrata deprime sus salarios reales con sus políticas populistas).

Slim es un egoísta tradicional, no un individualista, persona que reconoce los derechos individuales inalienables del hombre, los suyos y los de los demás, principio que deliberadamente no admite, y tampoco el burócrata de turno que, por ley, impide entrar a la competencia en ese mercado. Una filosofía explícita implica que la mente y las emociones de un hombre estén en armonía, su sentido de vida coincide con sus convicciones y una visión definida y consistente. No puedes competir y, a la vez, lograr monopolios, eludiendo el libre mercado. No puedes exigir sacrificios al pueblo, al tiempo que te enriqueces ilícitamente. Esto denota inconsistencia e incoherencia en los actos, y violación al principio de identidad. Ser racional o irracional, esa es la elección, y sobre esa crucial decisión serás tratado en consecuencia.

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