EL MALCONTENTO

Seguimos siendo mujeres: Paco Gómez Nadal

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Seguimos siendo mujeres: Paco Gómez Nadal

Los seres humanos necesitamos días especiales para recordarnos lo que tendemos a engavetar. Los derechos humanos, el amor, el derecho al trabajo… tantas cosas con fechas y tan pocos días de tarea para realizarlas. La mujer trabajadora (una redundancia como otra cualquiera) también tiene el suyo y acaba de pasar.

Pero hoy, martes 10 de marzo, seguimos siendo mujeres. No para que nos regalen flores (que no somos floreros) ni para que nos inviten a comer (que tenemos sencillo para el menú del día), sino para que nos miren de frente y nos reconozcan como equivalentes.

Estos días estuvo alborotado el patio local hablando de los piropos (síntoma externo de una podredumbre estructural) y se corre el peligro de desviar la atención sobre lo realmente importante.

A nosotras se nos excluyó hace siglos de la historia. Da igual lo que hagamos socialmente, será considerado como anecdótico. Las mujeres servimos para parir, para criar hasta que el niño ya no lo es y para cuidar a maridos, padres, madres, tías, niños con necesidades especiales, vecinos… La economía del cuidado no es tenida en cuenta porque no se considera economía. Cuando necesitaron más mano de obra nos dejaron incorporar al mercado laboral, pero siempre ganando menos, siempre bajo la presión de imitar a los hombres, siempre relegadas a los puestos medios, nunca con las mismas oportunidades en función de nuestras capacidades.

Estamos deseando que se compute el valor de nuestro trabajo en la casa, en la crianza, en el cuidado de los otros. El PIB se iría al carajo y yo podría reírme de los que no nos dan valor porque aún no saben el precio de nuestro sudor.

El 8 de marzo es un día reivindicativo. Un día para visibilizar lo que molesta y para seguir luchando por nuestros derechos. Los que tenemos como seres humanos. Ni uno más, pero ni uno menos.

El sistema patriarcal, cocinado lentamente en la leña de la historia, ha llenado de contenido el término “mujer” y nos empuja a hacer que nuestros comportamientos coincidan con esa flácida descripción en la que solo somos importantes cuando otros (así, en masculino) lo determinan. Un útero no más, una limpiadora quizá, una madre a la que celebrar sin reconocer, una puta cuando les da por abandonar sus propios traumas y les apetece cumplir fantasías, las más de las veces un cuerpo al que juzgar y una mente a la que ignorar.

Se equivocan. Las mujeres hemos luchado desde la noche de los tiempos, desde la sombra impuesta, contra la sombra impuesta. Hemos dado pasos de gigante, pero aún nos falta un mundo. Tenemos todo en contra: los púlpitos y las escuelas fomentan el sexismo barato y el machismo trasnochado; los centros comerciales nos pintan de rosa en lugar de morado, y los gobiernos tratan de impedir que decidamos sobre nuestros cuerpos, sobre nuestra sexualidad o sobre nuestra forma de vestir.

Imaginen el mundo al revés por un minuto. Los maridos cuidando de suegras, bebés y casas, las mujeres tejiendo una vida social; los hombres dedicando tiempo y dinero a estar hermosos para luego ser el objeto del deseo de mujeres que se pasean por las calles con tiempo para su ocio y vestidas como les venga en gana; presidentas de compañías y de gobiernos que no tienen que demostrar hombría y obreros que entienden las órdenes de sus jefas; prostitutos sin empleo, proxenetas jubilados; mujeres heterosexuales emancipadas, mujeres lesbianas emancipadas, mujeres que son mujeres y que no tienen que ser las mujeres que otros quieren. Un mundo al revés tan digno como alejado de nuestra realidad.

El día que no tengamos que leer reportajes sobre las mujeres inteligentes en el día de la mujer será tan extravagante como cuando celebremos el día del hombre trabajador, algo que no nos parece una excepción. Ambos serán improbables. Lo primero porque los medios de comunicación siguen controlados por hombres o por mujeres que se comportan como hombres; lo segundo, porque los hombres que no tienen empleo no trabajan, mientras que las mujeres sin salario trabajan desde que aprenden a caminar hasta que son enterradas.

Hoy seguimos siendo mujeres y seguimos luchando por el espacio que es nuestro. Hoy escribo en femenino porque la caracterización del atributo de género es tan subjetivo como impuesto. Hoy escribo en femenino buscando una radicalidad filosófica y provocativa tan contundente como las de los revolucionarios haitianos, que en su Constitución de 1805 consignaron el célebre artículo 14: “Todos los ciudadanos, de aquí en adelante, serán conocidos por la denominación genérica de ‘negros”. Hoy escribo en femenino para declarar el primer artículo de mi nueva Carta Magna: “Todas las personas, de aquí en adelante, serán denominadas genéricamente como ‘mujeres”.

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