SALUD PÚBLICA

El Seguro da dolor: Efraín Hallax

La locura ocurre por diferentes razones. Una de ellas es cuando nuestra mente no soporta más el peso infinito del dolor. Muy contrariamente a la física tradicional, el dolor puede ser pesado en lágrimas, juzgado por la cantidad de uñas comidas, o ser cuantificado por gotas de sudor frío, en mililitros. El dolor es algo profundo y sofisticado. Una máquina del tiempo compleja y amanerada que puede viajar al pasado en una millonésima de segundo y recrear el mismo momento del dolor. Se puede regresar con arbitrariedad artesanal a la esquina del dolor.

Panamá es un lugar de muchos contrastes: belleza, billones de dólares, restaurantes lindos y... muchos dolores. Una paradoja cuántica diferente a cualquier sistema lógico que circule actualmente.

Con la cantidad de billones que gastamos en Seguro Social podríamos tener el mejor sistema médico del mundo, con capacidad para brindarles a sus “beneficiarios” un sistema de retiro que sea la envidia de nuestra galaxia. La razón de que esto no se haya hecho es uno de los misterios peor guardados de nuestra patria.

Todo ser pensante, asegurado y no asegurado, sabe y entiende que el Seguro Social fue un sistema diseñado por visionarios, manejado actualmente por extraterrestres que, a sabiendas de que el sistema se puede mejorar, deciden cerrar los ojos ante cualquier solución lógica y sonreírles a las cámaras.

El Seguro Social no funciona; eso ya lo sabemos. Que el 40% de la población que cotiza no lo usa, también lo sabemos. Que nunca hay las medicinas que te pueden salvar la vida también es algo familiar. El grado de corrupción que asalta sus recursos desde siempre solo es comparable con las luchas que tienen que librar sus usuarios para poder ser atendidos a cualquier nivel.

El dolor proviene del saber que estamos mal y que no podemos hacer nada; solo podemos mirar un sistema ineficiente y rendirnos ante la maldita mediocridad. El descuento del Seguro Social es quincenal, pero el rumor y las promesas de que el sistema de atención y la eficiencia de la institución serán mejoradas para satisfacer las aspiraciones de los asegurados se produce cada cinco años.

Miles de panameños han sido salvados por el Seguro Social. Doctores trabajando turnos de hasta 16 horas, enfermeras y trabajadores mal pagados haciendo un trabajo extraordinario. No me malentiendas. Muy a pesar de estos héroes, el sistema hace rato dejó de funcionar.

Bajo el lema de la solidaridad hacia los más necesitados, la clase media de Panamá carga con este mamotreto como si todos aceptásemos voluntariamente, por cuna y convicción eclesiástica, pertenecer a la orden de la madre Teresa de Calcuta. Todos atrapados en un caos que bien pudiera tener muchas salidas decorosas. Desgraciadamente, los cuatreros son inteligentes, así que el sistema le prohíbe al mismo sistema poder ser mejorado (¡wao!). El Seguro es un negociado y como negociado tiene que seguir existiendo tal cual funciona para poder seguir siendo ordeñado por sus depredadores legendarios.

Ningún empleado panameño que cotiza sobre los 3 mil dólares y paga su cuota de retiro basado en ese ingreso recibe, como en otros países, una jubilación digna que corresponda al capital invertido, sino que se le condena a una miseria permanente después de jubilarse. Cobra, pero no devuelve lo justo.

La excusa es que a quienes más ganan se les quita más para así poder ayudar a los que ganan poco; es surrealista, ya que todos queremos ser bien atendidos y jubilados acorde con nuestros aportes. No solo los desamparados, ¡todos!

La teoría de que vivimos en un país capitalista termina en el Seguro Social; allí nos transformamos, automáticamente, en comunistas. Pero una vez abandonas el Seguro Social, en la próxima cuadra te conviertes en capitalista. Regresas y automáticamente te aplican el truco del “transformer”. El dolor da paso a la locura y ya colectivamente llegamos a ella. El Seguro Social se revuelca, y desde el autobús que pasa por la vía Transístmica nadie mira a los huelguistas ni a los jubilados que protestan; ya no importa, ya nos acostumbramos al dolor.

El concepto de solidaridad es noble y engrandece, pero cuando el sistema sirve para que cuatro bellacos se queden con el fruto de una generación, da dolor y el dolor produce rabia. Ningún asegurado debiese estar mendigando una aspirina en las farmacias del Seguro o suplicando una cita. La única razón de que todos estemos disconformes y hastiados de la Caja de Seguro Social es porque el sistema no funciona.

Médicos mal pagados, personal trabajando a desgano, apatía administrativa, envenenamientos masivos; todas serían causales en cualquier empresa privada para forzar a una reorganización general del sistema. Desgraciadamente, el egoísmo de los chupacabras que viven del dolor no lo permitirá. Estamos condenados a un purgatorio eterno, donde la mediocridad es el rey y el dolor es lo único que podemos esperar. Como diría Dante Alighieri, todos los que entran aquí, pierdan toda esperanza.

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