EL RESCATE DE 33 MINEROS

Setenta días de noche: Carlos Guevara Mann

Un año atrás, el encierro de 33 mineros en una galería de la mina de San José, cerca de Copiapó, al norte de Chile, cautivó la atención mundial. La cobertura noticiosa permitió dar seguimiento, a lo largo y ancho del planeta, a los detalles –unos alarmantes, otros estremecedores– de aquel encierro que tuvo a la humanidad en vilo entre el 5 de agosto y el 13 de octubre de 2010.

Alrededor de este episodio, mi culta amiga y colega de la Universidad de Nevada, la Dra. Emma Sepúlveda, ha publicado, recientemente, Setenta días de noche –33 mineros atrapados: historia oculta de un rescate (Santiago: Catalonia Ltda., 2010). Más allá de los detalles del cautiverio, el libro narra, simultáneamente, varias historias cuya lectura provee lecciones que ayudan a comprender no solo las razones específicas detrás de aquel confinamiento, sino –además– otras dimensiones insospechadas del incidente.

Emma fue testigo presencial de los acontecimientos, ya que apenas ocurrió la catástrofe se trasladó al campamento “Esperanza”, el asentamiento informal de tiendas de campaña y viviendas temporales que los familiares de los mineros atrapados erigieron en las inmediaciones de la mina. El libro es el resultado de sus observaciones, conversaciones y entrevistas a los familiares –especialmente a las mujeres del grupo– con quienes convivió durante varias semanas de angustia y expectación.

“San José” es una mina de oro y cobre que se extraen de las entrañas de la tierra por mineros que laboran bajo circunstancias lejos de ser óptimas, para satisfacer una insaciable demanda internacional de minerales. El desastre ocurrió por las malas condiciones de la mina, evidentes para todos los implicados en las actividades que allí tenían lugar.

En sus cartas y declaraciones, muchos mineros y familiares hablaron de sus temores por la manifiesta inseguridad del yacimiento. Aunque meses antes esta misma característica había motivado su clausura, al poco rato la mina fue reabierta por las autoridades, a petición de la empresa propietaria, sin que hubiese evidencia de que los problemas de seguridad habían sido debidamente atendidos.

El accidente, destaca la autora, ocurrió por falta de adecuado mantenimiento por parte de una empresa más interesada en maximizar sus ganancias que en garantizar la seguridad de sus trabajadores. Hacia ese objetivo, contó con el apoyo de algunas autoridades incapaces de ejercer, cabalmente, su función fiscalizadora.

El mensaje es claro y relevante no solo a lo que manifiesta la autora, sino –además– a otros ámbitos: el concubinato entre empresarios inescrupulosos y funcionarios corruptos puede tener consecuencias sumamente lamentables. En este contexto, no es necesario un ejercicio mental arduo para relacionar los sucesos de la mina de San José con las muertes ocurridas en nuestro medio como resultado de la falta de medidas de seguridad en la construcción de edificios, el transporte terrestre y los servicios de salud, sin que hasta la fecha se hayan aplicado las medidas necesarias para evitar la recurrencia de estos eventos o se haya reparado adecuadamente a las víctimas de tales infortunios.

Si el culpable del desastre es el contubernio señalado, los héroes de la historia son –además de los mineros atrapados, quienes mostraron extraordinaria fortaleza y resistencia– sus familiares, en particular las mujeres: las madres, hermanas, hijas y, sobre todo, las parejas de los cautivos, quienes tan pronto tuvieron conocimiento del accidente se movilizaron para exigir el rescate de sus seres queridos y proveerles el sustento material y emocional que requerían para sobrevivir su espeluznante reclusión. Frente a la falta de transparencia de la empresa propietaria –cuyos dirigentes inicialmente ocultaron la noticia del desastre mientras decidían, con sus consejeros legales, cómo protegerse de las demandas que recibirían– y ante la indiferencia o incompetencia de algunos funcionarios, los familiares de los mineros reclamaron –y obtuvieron– acciones concretas y decididas para salvar a sus seres queridos.

En Setenta días de noche, la autora se refiere también a la manipulación mediática para beneficio de algunos sectores, quienes intentaron usar las labores de rescate para promover sus agendas personales. Este tipo de manipulación –que se conoce también en otras latitudes– encubrió con su superficialidad y malas intenciones la historia que la Dra. Sepúlveda rescata para el mundo hispanohablante: una historia de amor, de entrega y sacrificio sin límites como antídoto contra la codicia, la ineptitud y la maldad.

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