INTEGRIDAD EJEMPLAR

Simplemente Malala: Berna Calvit

Conocí a Malala en 2010, dos años antes de que se viera cara a cara con la muerte. Recuerdo claramente el fortuito encuentro en la internet cuando yo buscaba información para una traducción. Desde entonces empecé a seguirle los pasos, porque supe que Malala, la niña del pegajoso nombre con tres vocales repetidas, era excepcional. En este artículo no quería mencionar a nadie cuyo nombre o apellido empezara con M; nada de Moncada, Martinelli ni de Manuel, presidente colombiano que ni todos los santos que carga impiden que ande bien “salido del tiesto”; ni tampoco otras “emes”. Pero la M de Malala es de otra categoría. Esta niña es un bono de fe en el ser humano; aire fresco contra el ahogo que causan la codicia, la mezquindad; el poner el “yo” siempre por delante. Malala es víctima de la intolerancia y el fanatismo religioso; se sobrepone a su dolor físico y al temor de las amenazas y se lanza a llevar al mundo su mensaje. Malala me recuerda a Mandela, hombre extraordinario cuyo sufrimiento lo vuelca en una lucha incansable por la paz, contra la oprobiosa brecha del apartheid; para llevar su mensaje de que es posible superar un pasado de confrontaciones y odios.

Malala nace en Pakistán en 1997; en 2009 el régimen talibán prohíbe que las niñas reciban educación; en 2010 la rebelde Malala, bajo un seudónimo, crea un blog que describe la vida bajo el régimen talibán. Fue ese año que, gracias a una noticia en The New York Times, supe de la niña que pelea por los derechos de niñas y mujeres a la educación; esto la convierte en el blanco del fundamentalismo que prohíbe a la mujer trabajar fuera de casa, estudiar, mostrar parte de su cuerpo (ni siquiera ojos o nariz), ver televisión, salir de casa sin ser acompañada por un varón de la familia o ser auscultada por médico hombre, tareas a cargo de la aterradora Organización Islámica para la Supresión del Vicio y la Propagación de la Virtud.

En octubre de 2012, un fundamentalista talibán dispara contra Malala dentro del autobús escolar; las balas la hieren en el cuello y la cabeza; otras dos niñas resultan heridas. Líderes políticos, intelectuales y personajes de la farándula le prestan su apoyo; días después Malala es llevada a un hospital en el Reino Unido para cirugías reconstructivas del rostro; se le implanta una placa de titanio y un dispositivo auditivo; un lado de su rostro queda con cierta rigidez. Regresa a clases en una escuela secundaria en Inglaterra, pero sigue siendo blanco de los fundamentalistas talibanes. Meses antes de Malala recibir el premio Nobel de la Paz 2014 vi la entrevista que le hace la periodista Christianne Amanpour; la voz, la serenidad y el peso de las palabras de la niña es tal, que la expresión en el rostro de la periodista y del público es, por decir lo menos, de arrobamiento; yo, frente al televisor, siento una emoción indescriptible. Es memorable su discurso ante la ONU. Esa niña sabia, terca y valiente en ningún momento consideró plegarse a una ley injusta y discriminatoria y apoyada siempre por su familia y su padre, Ziauddin, compañero inseparable, le da al mundo entero una lección en valores y convicciones. Espontánea, sin guion, habla de sus gustos juveniles, de su inclinación por la medicina y la política; sin repetirse se presenta ante importantes foros y medios de comunicación: Naciones Unidas, el Parlamento Europeo, el Commonnwealth, la BBC de Londres, en premiación Convivencia en Valencia, en la Biblioteca de Birmingham, Banco Mundial; en cada ocasión que le permita difundir la importancia de la educación.

El 10 de octubre de 2014 Malala Yousafzai recibe el premio Nobel de la Paz, la ganadora más joven del valioso galardón. También lo recibe el activista y pacifista de la India, Kailash Satyarthi, defensor de los derechos de los niños que combate la explotación del trabajo infantil. No es el Nobel lo que le da valor a Malala, sino sus años de lucha por la educación y la paz pese a las amenazas. Hay frases que dichas por una niña como Malala adquieren más valor. “Si se quiere acabar la guerra con otra guerra nunca se alcanzará la paz. El dinero gastado en tanques, en armas y soldados se debe gastar en libros, lápices, escuelas y profesores” (aquí recuerdo al expresidente Ricardo Martinelli y su exministro José Raúl Mulino). Ante el Banco Mundial, “no queremos políticos que tomen sus decisiones con el único objetivo de imponer sus ideologías; lo que queremos es que escuchen a la gente” (mensaje para el Ejecutivo y los diputados ante la escogencia del Contralor y el Procurador, y “Túrbalos, San Jacinto”).

Pregunté a varios jóvenes estudiantes: ¿Sabes quién es Malala? (cuando murió Mandela hice el mismo ejercicio). “No”, respondieron. Sentí la misma decepción cuando en el documental Invasión preguntan a tres jóvenes panameños sobre la invasión del 20/12/1989 y se quedan en Babia. Pregunto a autoridades y educadores (principalmente), ¿no debería ser Malala conocida por los estudiantes? ¿Cuándo van a sacar de la prisión del silencio los hechos del 20 de diciembre de 1989? Las respuestas de los jóvenes, ¿son muestra de que la rigidez del pénsum corta las alas a la curiosidad intelectual? Creo que sí.

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