EL MALCONTENTO

Tiempos de oscuridad: Paco Gómez Nadal

Una de las paradojas de nuestro tiempo es que contamos con más medios de información y comunicación de los que jamás generación alguna hubiera soñado, pero habitamos en una nueva oscuridad “neomedieval” que sataniza las diferencias, pone de moda las creencias sobrenaturales y convierte todo lo que toca –incluso la ciencia– en auto de fe.

No estoy descubriendo el agua helada, pero sí quiero advertir de que nos acercamos al abismo con cada nuevo acto de oscurantismo público, de demonización en nombre de la patria, los valores o la decencia de cartón piedra.

Lo vemos en Oriente Medio y en todo el cúmulo de mentiras para justificar cruzadas que, tras valores como libertad, democracia o verdad, ocultan proyectos imperiales donde la economía se mantiene en la zona de sombra y los argumentos públicos se sitúan en lo telúrico, en lo emocional. Lo vivimos en el entorno personal, donde cada vez más gente busca en la invocación a los ángeles, en la ecuación perfecta de los chacras o en la tutela de dioses absolutos y castigadores lo que es incapaz de conseguir en la relación con los otros o en la serena reflexión sobre uno mismo.

Panamá no es ajena a este momento. Lo individual podría interpretarse como un reflejo de lo colectivo, como resultado directo de los discursos mesiánicos plagados de cuatro verdades facilonas y cientos de mentiras bien elaboradas. La intolerancia, la incapacidad de aguantar el disenso, la negación de las otras verdades se radicaliza al extremo para atacar con saña cualquier rastro de racionalidad, de libertad de pensamiento, de autodeterminación personal o colectiva.

Yo lo suelo vivir semanalmente. El pasado martes no fue excepción. La mayor virulencia coincide siempre con la crítica a valores o personajes religiosos (de cualquier confesión mayoritaria) o a discursos o personajes que tratan de convertir a sus seguidores en fanáticos y a sus programas de gobierno en textos sagrados. Pero ni soy el único ni los insultos que recibo son lo más preocupante.

Miren si no lo que ocurrió en la pasada Feria del Libro de Panamá. Lo que debería ser una fiesta de la razón, de la diversidad de pensamiento y de la bibliodiversidad cada vez se cierra más y solo permite que la literatura o el ensayo racional ocupen un espacio marginal en ese mercado mesiánico donde la autoayuda, la religión y los fútiles bebedizos copan espacios, organización y alma.

Tanto es así que en esta edición se censuró la libertad de expresión y de creación de tal forma que debería haberse abierto un debate nacional donde, en realidad, lo que se hizo fue extender el reinado de la oscuridad. A priori, cualquier mente pensante entendería que se pueda hacer crítica al surrealista proyecto de la megavirgen mutante de la bahía y sus 32 costosísimos metros que insultan al Dios de los cristianos y a la inteligencia de los humanos. Pero la organización de la feria, fiel reflejo de los tiempos que vivimos, consideró una amenaza a una mujer enjuta, actriz y librepensadora, que se paseaba por tan sagrados pasillos ataviada como la representación virginal de los templos y con un lema tan sencillo como contundente: “Las mentes pequeñas necesitan estatuas grandes”. Podía haber sido mucho más agresiva, pero la sutileza de esa frase hirió a los dueños de la sombra en lo más profundo de su vacuidad. Fue expulsada y reprimida. Su silencio es la prueba de la vergüenza y la indolencia nacional en la que se está instalando el país.

La modernidad o el desarrollo, esas dos palabras que tanto gustan a nuestros gobernantes, no se miden en toneladas de cemento, en vagones de Metro o en kilómetros de cinta costera. Ya dan cuenta de esto en Arabia Saudita o en Dubai: jeques del oscurantismo del islam más medieval que viajan en aviones supersónicos y construyen pistas de esquí en el tórrido desierto. El desarrollo o es social, cultural, mental... o solo es decorado inútil que termina derrumbándose.

En estos nuevos tiempos de oscuridad, además, nos enfrentamos a ideas absolutas, sin aristas, aparentemente sin brechas ni máculas. Es lo que pasa con la fe, que al no tener que ser demostrada es incuestionable.

A mí, personalmente, cada vez me aterroriza más el tono de la censura y las críticas en el país. Empieza todo por el Presidente de la República, que insulta y descalifica de manera absoluta todo aquello que no encaja en su religión–política; sigue por los altos representantes de Dios en la Tierra –o así se consideran ellos–; continúa por una mayoría de la población abducida por mensajes fáciles y un pírrico materialismo insuficiente; y termina en el pogromo de gais, ñángaras, ateos y fariseos varios. Que Dios nos agarre confesados...

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