CONSUMIDOR SOBERANO

La oda Uber al libre mercado: John A. Bennett N.

Uber no es una empresa más del libre mercado sino una auténtica revolución del mercado que ha llevado a sus defensores a luchar por su derecho de escoger la forma en que son transportados.

No es el gobierno quien debe imponer cómo deben o pueden ser transportados los ciudadanos, ya que este es un asunto de la total discreción de cada quien. Y ni hablar si entramos a considerar que el tema de los cupos es pura corrupción y violencia liderada por el propio Estado. Para los ciudadanos que hoy usan Uber y les ha cambiado sus vidas, en Panamá y alrededor del mundo, los intentos de gobiernos y grupos de interés por imponer a los carteles tradicionales son detestables. Y más aún si consideramos los ya casi mil taxis, mal llamados “piratas”, que están dando solución, porque el gobierno es incapaz de ello.

Lo más sorprendente del asunto es la calidad de los argumentos que defienden la libertad de los ciudadanos en su modo de transporte; lo que se evidencia claramente en las redes sociales y en otros medios de comunicación. La tónica es una condena tajante a las barreras legales que más que nada pretenden proteger sinecuras y peor… la berraquería del negociado de los cupos, apadrinada por los propios gobiernos. Todo ello constituye clara evidencia a la naturaleza coercitiva del licenciamiento estatal.

¿Y por qué hemos de limitar la diversidad de oferta en los modos de transporte? El argumento típico de muchos voceros estatales es el de alegar que “estamos protegiendo contra la competencia ruinosa”; cuando en realidad protegen intereses ladinos. Más aún, les he escuchado o leído argumentar que lo hacen por la seguridad de los usuarios, cual chiste de mal gusto, porque los controles de Uber para ser chofer y la calidad de los autos jamás las equipara el Estado. Y eso sin entrar a considerar el sistema de retroalimentación que imponen los usuarios, que dan estrellas según el servicio recibido. Y lo otro es la eliminación del “no voy”, que ocurre precisamente por la intromisión estatal que dicta condiciones que hacen no rentable el servicio. Si fuera por las autoridades todavía estaríamos con coches y caballos.

En el fondo lo que vivimos es una revolución de las comunicaciones, que permite una interacción directa entre la gente, que soslaya los anhelados controles de reyes que se afligen ante la pérdida de sus dispositivos de peaje. La tecnología está permitiendo una libre interacción entre extraños, cosa que no tiene parangón en la historia; y lo triste para los centralistas es que les pasa de largo.

La desconfianza que muchos le tienen al libre mercado se puede entender por la confusa complejidad del vasto sistema del libre mercado o comercio; que les lleva a demandar del Estado “controles”, y eso, para los burócratas, estatales es música celestial.

Pero un Uber, que no requiere intervención central, es anatema por ser clarinada del futuro menguante del control estatal sobre la vida ajena. En el nuevo mundo el consumidor es soberano, ya que no solo les permite elegir a quién y cómo compran el servicio de transporte, sino que les permite dar una evaluación inmediata, que afecta de manera real y tangible al transportista; que, dicho sea de paso, no es Uber. Lo único que hace Uber es atar cabos.

En un libre mercado el agua embotellada, las pastillas y el buen trato no vienen por imposición estatal, sino por las reglas naturales del mercado; por el interés propio y egoísta de quienes buscan satisfacer al cliente, porque en ello va la satisfacción propia, tanto económica como personal. Muchos creen que el dinero es el motor, pero eso no más refleja el enfoque de quienes así opinan. La mayoría no es esclava del dinero, sino de las satisfacciones de valor subjetivo.

Esa ley de oferta y demanda, tan mal entendida y vituperada, ahora en Uber toma nueva luz. Nadie obliga a usar Uber, lo utilizan porque se valora el servicio recibido. Y ni entrar a considerar cómo todo esto redunda en beneficios para el resto de los servicios del transporte, que buscarán la manera de mejorar. Y ya veremos lo que ocurre con los nuevos competidores que entran y hacen que se afilen los lápices.

Pero el asunto va mucho más allá. El sistema Uber se está extendiendo a otras áreas y necesidades que aún no hemos visto. En un mundo de tranques, en el que el tiempo es oro, hay muchos otros servicios que pueden ser resueltos por otras vías, tal como ocurre con el fenómeno Uber.

El mundo, amigos, está cambiando de manera acelerada y vertiginosa, y lo triste es ver a tantos gobernantes que, en vez de acogerlo con beneplácito porque ello resuelve, se dedican a impedir o estorbar lo inevitable.

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