COMUNIDAD

Unidos... sí, pero organizados: Javier Barrios D.

En tiempos del general Omar Torrijos se crearon diversas organizaciones comunitarias (juntas comunales y locales, comités de salud, sindicatos, asentamientos campesinos, cooperativas, etc.) y la Dirección General para el Desarrollo de la Comunidad (Digedecom); todas con muy buenos y claros objetivos, pero, se trató de hacer tanto en casi todos los campos del acontecer nacional, que en algunos casos se perdió la capacidad de seguimiento y se agotaron los recursos necesarios para darle continuidad.

Los comités de salud fueron los más efectivos. Una vez desaparecido Torrijos, como dice la canción “todo se derrumbó”... lo que sigue ya es historia.

La última edición de la revista centroamericana El Economista, destaca que Nicaragua es uno de los países más seguros de la región, con todo y el lastre de pobreza (la cual están reduciendo) y siendo vecino de uno de los países con el mayor índice de criminalidad e inseguro a nivel mundial (Honduras) y de El Salvador, no muy distante; lo cual, reconoce la revista, es producto del efectivo trabajo de los comités de barrio (parecidos a los de Cuba).

Este tema siempre me ha fascinado, tanto es así que estuvo entre los primeros para mi tesis de grado de licenciatura. Creo, sin duda alguna, que una comunidad organizada es la clave, la mejor herramienta a la cual pueden echar mano estas y los gobiernos para impulsar su desarrollo y el del país. Pero es harto conocido que, o los gobernantes lo ignoran o le tienen, no temor, sino pavor a una comunidad organizada. Igual le ocurre a las empresas con los sindicatos que, despectivamente, denominan “rojos”, no así con los “amarillos”.

La mala costumbre de los gobiernos es imponer a las comunidades acciones y proyectos, incluso empleando modelos mal plagiados, sin la más mínima participación, consulta y consenso con estas; sin tener la menor idea, la mayoría de las veces, de cuáles son los verdaderos problemas que confrontan y sus causas, de cuáles son las necesidades sentidas y las necesidades reales de la población y cuáles podrían ser las soluciones más efectivas. Además, la población ya está hastiada de mentiras y engaños, pues desde tiempos remotos los gamonales, los mal llamados “caciques” y los políticos inescrupulosos, un día decidieron que era suficiente con aparecerse en las comunidades cada cuatro o cinco años a comprar conciencias, a repartir migajas y a hacer promesas jamás cumplidas. Mala práctica que subsiste, cuya última muestra –descarada y comprobada– fue la del ya internacional, El Bebedero.

El programa vecinos vigilantes no ha tenido el éxito esperado (¿fracasó?), sencillamente porque, por más que inicialmente sus promotores reunieron a las comunidades para “venderles” la idea, erróneamente la implementación del mismo se dejó a la suerte de iniciativas y decisiones estrictamente individuales y, como es usual, no se le dio, a mi juicio, el debido seguimiento. Si en un tema tan serio y preocupante, como indudablemente lo es la inseguridad, se dan estas situaciones, ¡qué puede esperarse de los demás que aquejan a la población! Muy distinto hubieran sido las cosas si su promoción, ejecución y seguimiento se le hubieran encomendado a un comité de la comunidad.

Entre los gobiernos de corte democrático, el actual, en un arrebato por superar en obras a todos los que le precedieron, es el campeón de las imposiciones y arbitrariedades, no solo con acciones, leyes (léase Bocas, San Félix y Colón) y proyectos puntuales con incidencia directa en determinados grupos o ciudades, sino con megaproyectos, como el Metro, hospitales y varios proyectos viales en esta ciudad, cuya construcción, como dice el Sr. Presidente, “a la misma vez”, terminará enloqueciéndonos a todos; además, a unos costos astronómicos, consecuencia de decisiones impensadas y de contratos llave en mano, a lo que habría que agregar los costos indirectos de estos atropellos en la ciudad, que, según un semanario financiero local, ascienden a B/.25 millones mensuales (B/.300 millones anuales), sin considerar imponderables, como el valor del tiempo, muertes, efectos nocivos del estrés, etc.

Las comunidades, sobre todo las más pobres, donde no permea el crecimiento económico del cual hacemos tanto alarde, no tienen otro camino que organizarse, prestas a identificar sus problemas, necesidades, su potencial y las soluciones; exigir participación, consulta y consenso, y enseñarle a los gobernantes, aunque no lo entiendan, como el actual, que la era de las imposiciones y las arbitrariedades pasó a la historia.

El pregón, “un pueblo unido, jamás será vencido”, no basta, menos empleado esporádicamente (en las protestas)... urge, aunque a los gobiernos les aterre, organizarse.

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