VERDAD

Vendedor de ilusiones: Miguel A. Boloboski Ferreira

El populismo (del latín populus “pueblo”) es un término político que identifica a los que afirman representar, encarnar y personificar los intereses del pueblo. De manera resumida, simbolizan el yo del pueblo (o más bien, “yo el pueblo”).

Su aparición como fenómeno social está inexorablemente ligada a los pseudo procesos de rápida modernización o cambios; mercadeándose como la sola alternativa ante los distintos grados de desigualdad y conflictos de la sociedad. Aunque en algunos casos se le identifica erróneamente con la demagogia y la charlatanería, ambas resultan ser los medios del populista para alcanzar su propósito: el poder.

Por ende, todo aquel que promete y embarca a toda una nación a sabiendas de que no puede cumplir, es cuando menos un demagogo, charlatán y populista; vendedor de ilusiones que bien podría ser juzgado por estafa agravada. Y aun cuando la esperanza es lo último que muere, pudiéramos además encausarlos por el homicidio calificado de la fe depositada.

La historia del mundo está repleta de políticos embaucadores, vendedores de ilusiones. El caso más reciente lo ubicamos en Italia. La Italia de Silvio Berlusconi. Su llegada a la política se produjo con un discurso del que se recuerda sobre todo una frase: “Italia es un país que amo”. Hablaba de su padre, del hombre hecho a sí mismo, del esfuerzo de los emprendedores, del éxito que había logrado con sus empresas y de la necesidad que tenía el país de él, de sus conocimientos como administrador, y por sobre todo de su capacidad, al igual que el mitológico rey Midas de convertir en oro todo lo que tocaba.

Como buen vendedor de ilusiones, una buena parte del electorado italiano, hastiado del ambiente viciado de la política tradicional (tanto, que ni de asomo se percataron del peligro que se les venía encima) terminan por comprar la propuesta. El gran demagogo y charlatán desarrolló y coronó al populista que llevaba por dentro. Ya en palacio se olvida de sus promesas insignia (bajar los impuestos, favorecer a los pequeños empresarios, subir las pensiones mínimas), y en cambio saca a relucir sus verdaderas intenciones. “Millonario desde los 30 años gracias al negocio inmobiliario, a la televisión y al intercambio de favores con políticos en el poder (de cualquier partido), don Silvio no tenía necesidad alguna de complicarse la vida por Italia. Salvo que esa complicación fuese en realidad la manera de blindar a sus empresas, ahorrarse cientos de millones en multas, y gracias a las ventajas del cargo y a un sinfín de leyes confeccionadas a la carta, evitar la cárcel”.

La propuesta resultó ser falsa. Berlusconi no se ocupó en absoluto de arreglar Italia; los datos, por el contrario, tienen a la bella Italia al borde del colapso, suplicando por un rescate que los saque de la letrina moral y económica en que la sepultó quien estuvo llamado a servir y no a servirse. La verdad, aunque dura y tortuosa, resulta ser siempre faro de luz que ilumina el camino.

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