INTERÉS POLÍTICO

Vicepresidentes: Carlos Guevara Mann

Ya definidas las candidaturas presidenciales, crece la avidez por el puesto de vicepresidente, sobre todo en el oficialismo. El ejercicio del cargo no implica mayores responsabilidades, pero tiene potencial y confiere influencia política a quien lo desempeña. Por ello, a lo largo de nuestra historia republicana la posición ha concitado el interés del sector político.

En los inicios de la República, las faltas accidentales o absolutas del presidente eran llenadas por los designados, de los cuales había tres. Eran elegidos por la Asamblea Nacional por un bienio. Hubo, en consecuencia, 19 elecciones de designados cada dos años entre 1904 y 1940.

Siete de ellos alcanzaron la silla presidencial por ausencia absoluta del presidente: Carlos A. Mendoza (1910), Pablo Arosemena (1910), Ciro L. Urriola (1918), Belisario Porras (1918), Ernesto T. Lefevre (1920), Ricardo J. Alfaro (1931) y Augusto S. Boyd (1939).

En 1941, la Corte Suprema de Justicia declaró acéfala la Presidencia de la República debido a la ausencia “inesperada” del presidente Arnulfo Arias del territorio nacional. Como los golpistas de ese año habían encarcelado al primer designado, José Pezet, la Corte declaró que “no había sido posible” dar con su paradero, por lo que juramentó al segundo designado, Ernesto Jaén Guardia, como presidente.

Tras nombrar su gabinete, Jaén Guardia renunció. Al tercer designado, Aníbal Ríos, ministro (embajador) de Panamá en el Perú, se le advirtió que sería detenido si regresaba al país.

La Corte Suprema de Justicia aplicó el Art. 116 de la Constitución de 1941, según el cual cuando “las faltas del presidente no pudieren ser llenadas por los designados, ejercerá la Presidencia de la República uno de los ministros de Estado elegido por estos por mayoría de votos”. Así entró Ricardo A. de La Guardia en la casa presidencial, donde permaneció hasta 1945, cuando la Convención Nacional Constituyente lo destituyó del cargo que había usurpado.

La Constitución de 1946 dispuso la elección de dos vicepresidentes junto con el presidente de la República. De tal suerte, entre 1948 y 1968 hubo seis elecciones de presidente y vicepresidentes. Cinco vicepresidentes asumieron la Presidencia por ausencia absoluta del presidente: Daniel Chanis (1949), Roberto F. Chiari (1949), Alcibíades Arosemena (1951), José R. Guizado (1955) y Ricardo Arias Espinosa (1955).

El 24 de marzo de 1968, la Asamblea Nacional destituyó al presidente Marco A. Robles por interferir en el proceso electoral y llamó al primer vicepresidente, Max Delvalle, a asumir la Presidencia de la República. La Guardia Nacional, sin embargo, impidió que el vicepresidente Delvalle tomara posesión del cargo y, posteriormente, el poder judicial invalidó la destitución hecha por la Asamblea.

En 1972, el régimen militar dispuso la elección del presidente y un vicepresidente de la República por la Asamblea Nacional de Representantes de Corregimientos, pero tras la reforma de 1983, se reintrodujo el escogimiento del presidente y dos vicepresidentes mediante votación popular directa.

Luego de las elecciones fraudulentas de 1984 y el derrocamiento de Nicolás Ardito Barletta en 1985, el primer vicepresidente Eric Delvalle asumió la primera magistratura. En 1988 fue despedido por la Asamblea Legislativa a órdenes del dictador Noriega, quien también dispuso la destitución del segundo vicepresidente, Roderick Esquivel, por lo que el ministro de Educación, Manuel Solís Palma, elegido por sus pares (en realidad, designado por Noriega), accedió a la primera magistratura.

Durante el período democrático hubo dos vicepresidentes hasta 2009, cuando en virtud de la reforma constitucional de 2004 se eliminó el cargo de segundo vicepresidente. Nueve individuos han ejercido el cargo; algunos han sido ministros de Estado (Ricardo Arias Calderón, Guillermo Ford, Samuel Lewis Navarro, Rubén Arosemena y Juan Carlos Varela), pero ninguno ha asumido permanentemente la jefatura del Estado.

Según la Constitución (Art. 185), el vicepresidente reemplaza al presidente en caso de faltas temporales o absolutas; asesora al primer mandatario en las materias que este determine; y representa al jefe del Ejecutivo en las actividades y misiones que este le encomiende.

La más sustancial de sus funciones es “asistir con voz, pero sin voto” a las sesiones del Consejo de Gabinete, organismo que tiene atribuciones importantes (Art. 200). Por eso, aunque no llegue a sustituir al presidente, conviene tener en la posición de vicepresidente a un individuo sensato, experimentado e íntegro, cualidades que escasean en nuestro ámbito político.

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