EL VATICANO

Vientos de reforma: David Méndez Dutary

El pasado 11 de febrero, el cielo de Roma amaneció oscuro; una tormenta se avecinaba y la atmósfera se sentía pesada. Un fotógrafo registró la caída de un rayo sobre la cúpula de la capilla Sixtina, provocando pánico entre quienes escucharon un estruendo, acompañado de un enceguecedor resplandor, como luz que bajaba del cielo para iluminar la oscuridad que reinaba en el Vaticano.

En los principales medios de comunicación, un portavoz anunció la extraña noticia de la renuncia del papa Benedicto XVI, quien permanecería en el trono de San Pedro hasta el 28 de febrero. ¿Extraña noticia? Sí, pues desde hacía más de 500 años, con la renuncia del papa Gregorio XII, en 1440, que eso no ocurría. Estos acontecimientos hicieron que muchos, de los mil 200 millones de católicos que hay en el mundo, mostraran gran desaliento y una profunda frustración, a pesar de las excusas brindadas a los medios. En la búsqueda de señales que marcan la historia, quise revisar los hechos. Para mi decepción, a pesar de revisar los diarios y revistas especializados, no encontré una respuesta adecuada, producto del análisis profundo de esta situación; solo vagas interpretaciones. La excusa de Benedicto XVI fue la falta de condiciones físicas y salud para seguir en el cargo. Algo no considerado por Juan Pablo II y más de 260 sucesores a los que solo la muerte despojó de su cargo.

Luego vinieron nuevos comentarios de parte del mismo Papa, sobre una Iglesia dividida, llena de conflictos y problemas por resolver. En mi entender esos hechos fueron una intervención de Dios. Y es que con la renuncia papal surge la inquietud sobre el dogma (verdad) de la infalibilidad del Papa y lo que representa. Para los católicos esta figura representa a Pedro, apóstol y piedra angular de la iglesia de Cristo. En Mateo 16, versículo 18, Jesús le dice a Pedro: “Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella”. Se interpreta a Pedro y sus sucesores como piedra fundamental de la Iglesia. Asunto no aceptado y muy debatido por las iglesias cristianas reformistas, que nacen para la época en que renunció Gregorio XII, y alegan que este pasaje bíblico ha sido mal interpretado, al relacionar roca fundamental (petra) con el nombre de Petro o piedra.

Según interpretaciones reformistas solo Cristo es la piedra fundamental a partir de la que se debe construir la Iglesia. Verdad que recordó Jesús a sus discípulos al revelarle su identidad, en varias ocasiones, recordando las antiguas escrituras, específicamente el Salmo 118 que dice: “La piedra (petra) que desecharon los edificadores, ha venido a ser cabeza del ángulo”. Jesús fue el desechado por el mundo y solo él es la piedra fundamental, la cabeza del ángulo. En mi concepto Benedicto XVI, honestamente reconoció su incapacidad de seguir. ¿Cuántos papas, debilitados física y espiritualmente, por temor a renunciar se habrán equivocado, llevando a la Iglesia católica por oscuros rumbos al no aceptar sus incapacidades?

El 12 de marzo, 11 días después de la inesperada renuncia de Benedicto XVI, un nuevo pontífice fue escogido en la cumbre de cardenales, el papa Francisco. ¿Dónde vive? En Roma. Los primeros informes mencionan su humildad. Habla perfectamente el italiano y su apellido es del mismo origen. ¿Dónde nació? En Argentina. No quiere ceremonias presuntuosas ni que besen su anillo. Prefiere una Iglesia menos preocupada por lo material y más enfocada en los pobres. No desea capas de telas bordadas con hilos de oro; aspira ser el sucesor de Pedro (un hombre común que podía equivocarse), no busca igualarse a Cristo que sí es infalible y no tiene sucesor. Pretende cambiar los conceptos practicados durante siglos; parece que quiere lograr cambios profundos que dirijan a la Iglesia católica por nuevos y mejores rumbos y rescatar a una organización en decadencia. Es importante que el guía de los mil 200 millones de católicos cumpla su función de pastor, dirigido por el mismo espíritu que guió a Jesús en la Iglesia cristiana primitiva. Los tiempos son complicados, pero los corazones están listos para la siembra y la cosecha. Mientras tanto, los que confiamos no en el hombre, si no en aquel que dio su vida por amor, seguiremos esperando su segunda venida diciendo: ven Señor Jesús. Porque está escrito que Jesús ha de regresar, ya no como el cordero del sacrificio, pero sí como el león de justicia.

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