Voces y recuerdos

Sus recuerdos no son diferentes a los míos. Son parte del Panamá que se fue y que añoramos con una nostalgia escondida que afloró al leer su escrito

En esos tiempos a todo el mundo le ponían calificativos de animales y otras cosas. Así, en el Parque Bolívar tuve amigos con apodos como Lagartija, un mulato flaco y perfilado; Bamby, quien llegó a ser un alto funcionario de una institución estatal; Conejo, un boxeador amateur que nunca conquistó títulos nacionales y menos internacionales, pero que el solo ser amigo suyo infundía respeto a los más grandes que querían agredirnos; Realito y Centavito, dos hermanos que vivían a un costado del Teatro Nacional y cuyo apodo imagino se debía a la diferencia en su estatura física; Una Mano, un flaco alto a quien le faltaba un brazo pero era capaz de desbaratarle la existencia a cualquiera con el otro.

Eran los tiempos en que hacíamos ahorros para, con menos de 50 centavos de balboa, comprarnos en el mercado público un patín de ruedas de hierro de esa época, ocho clavos, seis pedazos de madera y un cuarto de yarda de plástico, con los cuales construíamos el patín, adornado con flecos plásticos, un vehículo impulsado a punta de pie y que disfrutábamos haciendo carreras por el parque y la Avenida B, especialmente los domingos cuando el tráfico era casi nulo.

Y los fines de semana, si había marea llena, nos poníamos a pescar congos y tamboriles en el Malecón, a un costado de lo que fue el colegio La Salle, usando como carnada un real de camarones que costaban en esos tiempos la suma de 15 centavos la libra; y si la marea estaba seca, jugábamos frontón en la pared frontal de la Iglesia de San Francisco de Asís, de muy gratos recuerdos, ya que en ella, los domingos, la gente adinerada bautizaba a sus hijos y al salir nos disparaban cañonazos de monedas que iban desde los cinco centavos a los 25 que nos disputábamos a puño y patadas. Mi estrategia para recoger las monedas más grandes consistía en invertir medio real, lo que valía un chicle Bouble Gum, y bien mascado pegarlo a las monedas una por un lado y la otra por el otro y salir huyendo con mi tesoro metido en la boca para que no me lo arrebataran.

Eran tiempos en que por pocos centavos nos íbamos al Teatro Amador a ver dos películas, episodios de Superman y noticias internacionales. Y si nos faltaba un real, la alternativa era el Teatro Ancón, donde por algo menos ofrecía igual menú cinematográfico.

Eran los tiempos de Pata de Loro, personaje central de la dilecta cronista, quien con su destartalada carretilla cambiaba frutas por botellas pregonando su oferta mediante una voz que clamaba, "cambio maaaangos, maaangos, maaangos por botellas". Quizá no era Pata de Loro quien yo recuerdo, pero igual que él, hacía su comercio en forma similar.

Otra voz que recuerdo es la del vendedor de maní en el Estadio Nacional en los juegos de pelota. "Voy, voy, voy, maní campeón", clamaba mientras se paseaba por las escaleras del estadio. La gente que quería comprar le gritaba, "Aquí, maní campeón", y él acudía respondiendo, " voy, voy, voy, maní campeón". No sé cómo acabó su vida, pero cada vez que paso por esos rumbos viene a mi mente su imagen.

Y el último que recuerdo era un negro de estatura impresionante que se paseaba por los barrios ricos y humildes, cargando sobre sus hombros una enorme cesta de mimbre y pregonaba: "Paaaan, pan de duuulce, pan de huevo". Nunca supe quiénes hacían el pan de dulce y el pan de huevo, pero eran de una textura y sabor inimitables. Quizás Aristóloga los probó, y de ser así debería dedicarle una crónica gastronómica. Sería un homenaje tardío a ese Coloso de Rhodas, quien me llenó la panza con los mejores confites apanados que he probado en mi vida.

Y chupones de naranja también tiré, no desde donde vivía ya que era la planta baja de esas vetustas casas de un solo alto y baño comunal, y hacerlo a un carretillero hubiera significado que me pusieran la carretilla de sombrero. Lo hacía desde el gallinero del Teatro Variedades, hasta que los dueños se hartaron de tanto vandalismo juvenil y nos registraban antes de entrar para ver si cargábamos naranjas de destrucción masiva.

Eso fue el Panamá de mi infancia y la infancia de todos los que la vivimos. Y aquellos que tengan otros recuerdos, que los escriban. De otra forma esa historia de anécdotas y vivencias se perderá, desvaneciéndose inexorablemente en el vacío del olvido.

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