GUERRA ESPIRITUAL

Yihadismo ‘hipermoralista’: Ruling Barragán

Los recientes ataques terroristas en París han desencadenado una inmediata serie de medidas de orden político, diplomático, militar y policial que busca castigar al Estado Islámico (EI) y proteger a los habitantes (no necesariamente ciudadanos) franceses y de otras nacionalidades, previniendo así futuros ataques en Francia y más allá de sus fronteras.

Si bien estas medidas son pertinentes, tienen un grave inconveniente. La guerra contra el terrorismo islamista (no “islámico”) del EI es una de tipo “no convencional”, y en cuanto tal, ninguna de las señaladas medidas resultará satisfactoria a mediano y, menos aún, a largo plazo.

El terrorismo islamista del EI –al que llamaré aquí (por brevedad y mayor precisión), yihadismo– puede ser entendido como una forma político–religiosa de “hipermoralismo”. Este concepto, acuñado por el filósofo alemán A. Gehlen, suele utilizarse en el contexto de la filosofía moral y las ciencias políticas para significar un excesivo celo o fanatismo por la adopción y cumplimiento de exigentes principios y convicciones morales.

El adjetivo “excesivo” es clave aquí. Un hipermoralista se indigna excesivamente cuando los principios morales que fundamentan su existencia o forma de vida se ven amenazados. Y esta indignación suele manifestarse en odio y violencia de variados grados y modalidades. Toda tendencia ultraconservadora en política, y ultraortodoxa en religión, es hipermoralista.

El hipermoralismo suele manifestarse históricamente en revoluciones e instituciones políticas y religiosas, a menudo impulsadas por singulares figuras. En la historia moderna de Occidente podemos encontrar instancias de hipermoralismo en personajes como Torquemada (la Inquisición española), Calvino (la Reforma en Ginebra), Cromwell (el Puritanismo inglés), así como Robespierre (la revolución francesa), solo para mencionar algunos.

Hay quien, ingeniosamente, condensa el hipermoralismo en la frase “ser más papistas que el Papa”. Para no ser tan coloquial, opto por decir que el hipermoralista antepone siempre la rectitud, justicia o dignidad a la compasión, el amor o el perdón hacia los demás. El Summum bonum del hipermoralista es constituido por el primer grupo de valores, que realizará“a sangre y fuego” siempre que pueda.

Contrario a lo que equivocadamente piensa la mayoría (influenciados por lo que dicen y repiten muchos políticos y periodistas), los yihadistas del EI no son “psicópatas”, aunque sus actos bien pueden considerarse propios de enajenados. Deben ser tratados como “hipermoralistas”, según trato de argüir aquí.

De hecho, los yihadistas exhiben mucha más coherencia entre sus principios y su conducta que la exhibida por Occidente y sus democracias, casi siempre vinculadas a una “doble moral”, tanto nacional como internacionalmente.

En la teocracia que pretende implantar EI al mundo, no hay espacio para tal moral. Sin embargo, la experiencia histórica occidental enseña a sus Estados y democracias que, en este mundo, es preferible un gobierno imperfecto de hombres que el gobierno perfecto de Dios. Los yihadistas creen que una “política perfectamente moral” no es solo realizable, sino indispensable (y con urgencia). Occidente sabe que tal creencia no es solo impracticable, sino que inevitablemente abre la puerta a los infiernos.

El odio y violencia del yihadista no debe encontrarse en una psicopatía. El sentimiento dominante y detonante en las ejecuciones y ataques que realiza el yihadista es la indignación hipermoral. O, si el lector prefiere recurrir a los personajes antes mencionados, el EI es el Torquemada, Calvino, Cromwell y Robespierre del mundo árabe, pero con armas mucho más poderosas y otras no menos, YouTube, Twitter y Facebook.

Entender el yihadismo como hipermoralismo exige un análisis psicológico de aquellos grandes personajes que han configurado la historia política y religiosa de Europa. Combatir la yihad de EI supondrá comprender la mente de quienes forjaron Occidente, no solo vencer en el plano militar a los terroristas, pues esta guerra es más del espíritu que del cuerpo. Vencer al enemigo implica conocerse a sí mismo.

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