CONCIENCIA CIUDADANA

Nuestras acciones de cara a la pérdida de credibilidad: Gilza Córdoba

En las peores crisis económicas de la historia mundial, la codicia ha desempeñado un rol protagónico. La corrupción, hija de la codicia, ha sido una fatal amenaza para las sociedades que la han afrontado.

En el caso de nuestro Panamá, hemos sido testigos de una serie continua de acciones por parte de las autoridades, que han minado nuestra credibilidad en aquellos que deberían ser los fieles custodios de la confianza que les fue otorgada.

Son estos tiempos en los que los panameños dudamos no solo de las personas, sino también de las instituciones, a tal punto que los efectos de la corrupción generalizada nos ha llevado a un paso de definir nuestra sociedad actual como una sociedad nihilista. El alcance de la corrupción en nuestro país vulnera la democracia y es un impedimento para que los beneficios de la prosperidad económica de la que algunos son partícipes lleguen a todos los estratos de nuestra sociedad. Las instituciones responsables de salvaguardar la justicia y frenar el avance de la corrupción han sido, también, hondamente penetradas por ella misma. Es así que muchos panameños nos sentimos burlados.

Muchos esperamos un compromiso auténtico y acciones claras de parte de nuestras autoridades para afrontar esta problemática y que, en vez de ofrecer al pueblo “pan y circo” o cotilleos sobre política, atiendan su llamado de hacerle frente a la corrupción como un reto central de su gobierno, de modo que puedan garantizar la estabilidad de la democracia y el desarrollo sostenido de nuestra economía.

Generar las reformas necesarias que nos permitan percibir el resultado de las estrategias adoptadas para frenar la corrupción exige de una visión y compromiso a largo plazo. Sin embargo, enjuiciar y sancionar debidamente a los funcionarios del sector público que infrinjan nuestras leyes es una medida cuyos efectos podríamos percibir en el ánimo de la ciudadanía en un plazo más corto. Afortunadamente, la conciencia ciudadana sobre el tema de la corrupción ha ido en aumento en los últimos años. La labor informativa de los medios de comunicación ha jugado un papel trascendental para lograr esta concienciación, al divulgar y examinar los actos de corrupción. La población no está dispuesta a tolerar este fenómeno como algo cultural, y nuestros gobernantes se han visto obligados continuamente a abordar el tema, aunque lo han hecho con ambigüedad, sin precisar con claridad un plan de las acciones a seguir para lograr una reforma eficaz y aprovechan el circo de los escándalos sobre corrupción, como un arma para confundir y manipular la visión de su pueblo.

En medio de estas circunstancias que merman nuestra credibilidad en las autoridades, tenemos la responsabilidad individual y colectiva, con nuestro país y con las futuras generaciones, de repudiar y denunciar los actos de corrupción. En el papel que desempeñamos, como padres o maestros, es preciso perseverar en transmitir valores como la integridad y la capacidad de discernir. Ser el ejemplo a seguir, de manera que nuestras acciones hablen más que nuestras palabras.

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