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Un Estado que actúa de forma improvisada: Abdiel Barranco C.

Un Estado que actúa de forma improvisada: Abdiel Barranco C. Un Estado que actúa de forma improvisada: Abdiel Barranco C.
Un Estado que actúa de forma improvisada: Abdiel Barranco C.

Ú ltimamente he tenido la sensación de que algo está pasando en Panamá, pero lo más curioso de esto es que los altos centros del conocimiento, llámense universidades, partidos políticos o grupos culturales, no están interesados en abrir la caja de Pandora que implica descifrar la actitud de poco importa de la mayoría de los nacidos en esta tierra.

Para mi entender, el ADN panameño fue creado con un 30% de fiesta, 20% de tolerancia, 5% de creatividad, 10% de sangre mezclada (originarios, afros, españoles, franceses, gringos, chinos, italianos y otras nacionalidades), 15% de capacidades gastronómicas, 7% de patriotismo, 10% religiosidad y un creciente 3% de tontos o brutos…

Sí, esto último nadie lo podrá negar, luego de explicarme con un par de casos. Ya sea con la tajada de sandía, en 1856, o por tener en nuestra incipiente historia patria un tratado como el Hay-Bunau Varilla de 1903. Esto nos hizo “hervir” el nacionalismo por decenas de años.

Mientras nos rasgábamos las vestiduras, el imperialismo yanqui hizo de las riberas del Canal un paraíso apto solo para su gente. Ligado a esto, y más cercano a este nuevo siglo, recibimos el Canal, cientos de instalaciones militares y civiles, y hasta el edificio de la Embajada de Estados Unidos. ¿Y qué hemos hecho con esto?

Aclarado este 3% y leyendo a los sabiondos desde el Twitter, no es difícil entender que nuestra gran causa (el Canal de Panamá) fue el único motivo por el que valía la pena luchar, dando hasta la vida si fuese necesario. Y eso fue así, porque en nuestra infancia como nación, los más patriotas sembraron la semilla –casi extremista– de que los gringos nos estaban quitando lo nuestro, cuando en realidad nos daban era un ejemplo de lo que se podía hacer, con un poco de orden y colaboración conjunta. Sí, estas dos últimas palabras –orden y colaboración– es lo que nunca hemos querido aprender ni aplicar en este tropical país de Dios, en donde lo tenemos todo, siempre y cuando me lo dé el Estado y ¡sea gratis!

Esto lo tiene grabado en su conciencia el panameño de a pie, que vive tanto en cerro Guacamaya en el oriente chiricano, como el capitalino de barrio y vereda; ese que vive sin agua potable constante, que manda a sus hijos a una escuela de bloque y techo de zinc, para que sigan recibiendo la misma enseñanza desfasada de la década de 1960. Por ende, poco le podemos exigir a una sociedad mal acostumbrada que ya no tiene motivo para luchar.

Para ellos es más importante el “resolver” su día a día, que preocuparse por la justicia, la criminalidad, la buena educación –cosa que no saben para qué sirve– o el futuro y más si contamos con la martillada producción televisiva, radial, periodística y digitalizada, que hace enormes esfuerzos, para aumentar ese 3% a su máxima expresión.

Por esto, de antivalores están llenos los tres poderes del Estado, a pesar de que la sociedad civil lucha a contracorriente para tratar de adecentar lo poco que nos queda de civilidad. Es triste que se tenga que luchar contra el sistema, para hacerles entender que una verdadera educación es lo que se necesita en el país para refundarlo desde su base, aun cuando, gobierno tras gobierno, estos inviertan millones en la educación de concreto y planilla, logrando desde hace más de 40 años el mismo resultado: panameños sin sentido de pertenencia.

Mientras tanto, los que de alguna u otra manera intentamos hacer algo positivo, luchamos contra la apatía, el costumbrismo, la lentitud, el poco importa y toda esa carga negativa que impregna la realidad colectiva y desmotiva cualquier tipo de liderazgo, lo que se convierte en una prueba y aprendizaje más para cualquiera que intente organizar su vida, negocio o colectivo.

En fin, sé que desahogarme no cambiará en nada la conciencia de los que me lean, pero a quien se vea reflejado en mi sentir, claro le quedará que tenemos un Estado hecho a la carrera, haciendo acto de mucha improvisación y oportunismo para figurar, cual caudillo banal que solo intenta mantenerse a expensas de aquellos a los que les resuelve el hoy, en vez de potencializar la colectividad del mañana.

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