¡ENTREN QUE CABEN CIEN!

La perniciosa aglomeración: Carlos Eduardo Galán Ponce

Los catastróficos efectos del aumento de la población son problemas con los que tendrán que lidiar las autoridades de todos aquellos países que quieran velar, con responsabilidad, por la tranquilidad de sus poblaciones y la supervivencia de su entorno natural. Todo indica que ese no es el caso de los caballeros a quienes les ha tocado regir los destinos de nuestro país durante estos cinco años.

Ya no se sabe ni cuántos vivimos aquí, cada día llega de todo, buenos y malos, ricos y pobres, profesionales y buhoneros. Da lo mismo. Incluso, al que no sabe que puede venir, lo van a buscar. En el caso de algunos países privilegiados, los que vienen pueden radicarse, igual que si hubiesen nacido en Gualaca. Hay visas que otorga el Presidente a su criterio. A eso súmele un canciller tan irresponsable que grita eufórico “¡Que vengan todos a compartir nuestro éxito!”. Debiera adoptar a unos cuantos menesterosos para que compartieran con él “su” éxito.

Y los cuentos para esto son varios. “Que viene a invertir”. ¡Mentira!, llegan en su mayoría a comprar las empresas que ya estaban hechas. Llegan al campo desplazando de sus tierras a los hombres que vivieron allí por generaciones, que ceden ante las abultadas sumas de dinero procedentes de economías mucho mayores o de origen dudoso.

“Que generan empleos”, otra mentira a medias. Traen a empleados de sus propios países, a la par de un séquito de parientes que se llevan los sueldos más altos. Pero en el sistema, al final, resulta que primero traemos a los “dizque inversionistas” a generar empleo y luego importamos gente para llenar esas plazas de trabajo. ¿Y qué nos queda? Solo una vida más cara. La bandera y el escudo nacional no los venden porque ese es el “instrumento” para negociar... Hasta que algún colombiano los reclame para sí, en esta nueva conquista.

En lo regional, el problema es parecido. Las ciudades capitales absorben todo y concentran allí a los jóvenes del interior del país, porque les restringen las oportunidades de labrarse un futuro digno en sus lugares de origen, como ocurría antes. Ahora pasa lo contrario, las grandes cadenas de comercios de esa capital insaciable y otras extranjeras se van a las provincias y adquieren –gracias a su enorme capacidad económica– los negocios regionales que, con tanto esfuerzo, levantaron nuestros progenitores y que nos proveían de todo lo necesario.

No abaratan nada; sus monopolios encarecen todo. Los únicos beneficiados con estas aglomeraciones y concentraciones en los negocios son los comerciantes que disponen de una masa mayor a quien venderle, barriendo con cualquier competencia. Prefieren los bienes importados, porque los precios de compra y venta carecen de referencias para el consumidor.

En Chiriquí, por ejemplo, con excepción de una gasolinera de capital panameño, el suministro de combustible al detal está en manos de extranjeros; salvo una cadena de supermercados local, las empresas capitalinas se han apoderado del negocio; una reconocida tienda (igualmente originaria de esa provincia) sobrevive al monopolio capitalino de la venta de materiales de construcción, y hasta la empresa láctea, pionera de la leche UHT, quedó en manos extranjeras... y para qué seguir.

Han dejado a la deriva al sector agropecuario, concentrando las inversiones donde está el lucro. La estrategia parece ser: “traer más gente a comer más de lo que, localmente, cada vez hay menos, para importar más, y construir lo que sea a precios abultados para repartirse las ganancias entre todos ellos”. Y, ante la indiferencia de las autoridades, son los medios de comunicación los que investigan y sacan a la luz todos los escándalos. Pero esos que estafan los fondos públicos cuentan con otra gran ventaja, como cada día sale un escándalo nuevo, el de ellos pasa al olvido.

Es un mero asunto de falta de espacio en la prensa.

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