MILLONARIOS POBRES

La aglomeración provocada: Carlos Eduardo Galán Ponce

En las escuelas de mi época se enseñaba que un país era como ver una serie de círculos concéntricos. Que se iniciaba con la familia y se iba ampliando, para constituirse en comunidades y luego en distritos, provincias, etc. Hasta finalmente formarse en una República regida por leyes provenientes tanto de las normativas como de las costumbres de sus primeros ciudadanos.

Cada familia velaba, entonces, por su sustento. No había políticos sinvergüenzas llevándoles a su puerta la comida de un día ni el jamón del año, para horadar su conciencia cívica. Un diputado ganaba $750.00 mensuales y eso era todo. No se regalaban mochilas escolares, surtidas por unos bribones a 10 veces su valor. Cada madre proveía la de sus hijos, aunque tuviera que coserla ella misma.

El hombre del campo se sostenía haciendo producir su propia tierra, que pasaba de generación en generación. Había comida para todos. No se veía a limosneros ni a indígenas viviendo en las aceras. El delito mayor era robarse una gallina, un puerco o hacer “bereco” en el juego infantil de “cuajaos”.

La población crecía al ritmo normal del balance entre la descendencia familiar y las defunciones. Como crecen todas las familias. La inmigración era la razonable de esforzados individuos, no las avalanchas de ahora. Pero no veo que ninguno de estos gamonales que lucran con el tal “crisol de razas” adopte a un extraño para incorporarlo a su propio hogar. Me recuerda a Díaz Herrera y las visas de los cubanos. Solo que legalizado y más sofisticado.

Y de repente caemos en manos de gobernantes–comerciantes que deciden atiborrar al país de cuanto espécimen se mete aquí. Legal o ilegalmente. Lo que total es igual, porque las leyes las hacen a su medida los mismos promotores de la aglomeración. Pero resulta que ya “no hay cama para tanta gente”. Hay tantos de esos que, por primera vez, el Censo de la Contraloría no pudo o no quiso contarlos.

No hay agua para todos. Tantos producen tanta basura. No cabrán los carros, por más calles que se construyan. Además, destruyen u obligan con leyes tributarias a vender las residencias de los barrios históricos para elevar moles de cemento y “taquearlas” de gente. Para darle luz y energía a tantos, están saqueando los ríos del interior del país. Y ya importamos la mitad de la comida.

Recuerdo cuando Panamá y Costa Rica eran dos países en donde imperaba una clase media que vivía holgadamente. En contraste con la vergonzosa brecha social y económica que había en todos los demás países de América Latina. Allá se vendían las fincas con “los peones adentro”. Y pequeños grupitos eran los dueños de todo. El resto era una peonada menesterosa. Y, claro, allá la vida valía muy poco y los crímenes estaban a la orden del día. Maleantes y autoridades solo se diferenciaban en la calificación que recibían sus crímenes. Las clases económicas poderosas, perpetuadas en simbiosis con el poder político, veían impávidas correr la sangre en su suelo patrio. Solo por el dinero.

Y cuando todo aquello acabó, ¿adónde crees que vinieron a dar muchas de esas fortunas producto de aquellas injusticias sociales? Llegaron aquí. Y recuerda que “perro que come huevo, aunque le quemen el hocico”. Sus prácticas no han de variar. Y menos cuando ven a los gobernantes locales hacerles la venia. O al acecho de lo que les puedan “morder”. Solo viaja a las provincias para que veas lo déspotas que se muestran con nuestros verdaderos hombres del campo. Con su abundante dinero adquieren tierras, agobiadas por la planificada política gubernamental de estrangular el agro para robustecer las importaciones. Para ellos esas fincas son un pasatiempo que los aleja de la violencia que ayudaron a hacer surgir en sus lugares de origen.

Vivíamos felices cuando éramos menos, antes de ser un “país rico”. Porque de acuerdo a ese famoso PIB, si un multimillonario se mudara a vivir a un pequeño poblado local, de forma automática, todos los residentes de ese poblado estadísticamente se convierten en millonarios. Aunque ninguno tenga qué comer.

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