ENTRE LO REVOCABLE Y LO IRREVOCABLE

Con alfabeto manual: Berna Calvitl

Creí que era “caso cerrado”, como dice la jueza Ana María Polo, en su popular programa de televisión. Y me equivoqué. Aún faltaban capítulos en lo que, da pena decirlo, parece un “teleculebrón”: las diferencias entre el ministro de Seguridad, José Raúl Mulino, y el exjefe de la Policía Nacional (PN), Gustavo Pérez, hoy jefe del Consejo de Seguridad. Solo faltó oír decir “No se pierda el próximo capítulo. ¿Renunciará de verdad José Raúl a su amado ministerio? ¿Será Gustavo el que pierda en este forcejeo por el poder? ¿Los castigará el patrón, don Ricardo? ¡Mañana lo sabrá!”. El proyecto de ley que originó este embrollo (Sistema de Administración de Justicia Disciplinaria para la Policía Nacional, Servicio Nacional Aeronaval, Servicio Nacional de Fronteras, etc.), fue sustentado y aprobado en Resolución de Gabinete No. 20 de 28 de febrero de 2012. ¿Por qué Pérez esperó hasta el 8 de marzo para hacer público su rechazo (¡y de qué manera!) con el argumento de que “solo policía juzga policía”?; ¿se discutió sin poner en su conocimiento un proyecto directamente relacionado con su autoridad? ¿Cuáles son las verdaderas razones para que el ministro Mulino revocara su irrevocable renuncia? Hay demasiada oscuridad en este asunto como para que uno pueda irse a dormir tranquilo preguntándose si en verdad algunos miembros de la policía le “enseñaron los colmillos” al ministro Mulino, y si algún día podrían hacer algo más que enseñarlos. Como dije, creí que con el “no me voy nada” de Mulino, y la defenestración de Pérez como jefe de la policía, con boleto de ida al búnker del espionaje oficial, en el cerro Ancón, el asunto terminaba. Pero la denuncia, renuncia y ruidosa “reculada” de Mulino tenía otras colas. A Ayú Prado, tímido procurador general de la Nación, no le quedó otra que investigar lo que al ministro le pareció amenaza del subdirector de la Policía Nacional, Eduardo Serracín y de la jefa de Responsabilidad Profesional de la PN. La respuesta de Mulino al cuestionario de Ayú, de que Serracín “estuvo silente” en la tormentosa reunión, me llevó a preguntarme si sería que la amenaza que sintió, o imaginó sentir, la hizo Serracín usando el alfabeto manual que usan los mudos para comunicarse.

Este enredo me causó un tranque mental como los que se forman cuando hay cierres de calles y carreteras por el sinfín de injusticias y carencias básicas que no se resuelven con archimillonarios proyectos gubernamentales. Como no tengo el admirable estoicismo de la cacica Silvia Carrera, mi perturbación se agravó al enterarme de que el Gobierno está por vender nuestras acciones en C&W y nuestras tierras en la Zona Libre de Colón (que sabe, son suyas y mías). De remate, con inexpresivo rostro, el singular Moncada Luna, magistrado presidente de la Corte Suprema de Justicia, presenta un proyecto de ley categoría “guillotina”; y, dadivoso, el Gobierno aprueba indemnizar con casi $9 millones al Vaticano, un Estado con inmensas riquezas y le cede de “ñapa” un terreno en Clayton. Pero no hay dinero para crear más centros de atención infantil; según estadísticas 2011 de la Contraloría, 340 mil mujeres mayores de 15 años no podrán ingresar al mercado laboral por no tener con quién dejar a sus hijos; menos del 2%, es decir, solo 4 mil 500 de los 387 mil niños menores de cinco años que viven en Panamá son atendidos en centros de orientación infantil gubernamentales (La Prensa 19/3/2012).

Creo que fue pensando en esos niños que recordé una niñería de mi hijo cuando tenía casi cuatro años de edad. Enojado porque no lo dejaba golpear la pelota contra una puerta fue a su cuarto, buscó un calzoncillo y un pequeño avión de madera y en la cocina cogió un cartucho y un guineo; metió en la bolsa sus tres símbolos libertarios, se paró frente a mí y me dijo con gran seriedad, casi como de ministro dimitente: “Me voy de la casa”. Muy seguro de sí mismo salió y tomó rumbo a la izquierda; lo seguí con la mirada y vi que se sentaba en un muro tres casas más allá abrazando el cartucho que le aseguraba alimento y libertad. Desde donde lo espiaba me preguntaba, algo divertida por la situación, en qué estaría pensando el hijo rebelde; si ya habría olvidado su declaración de independencia; si estaría distraído mirando los changos que estaban en la rama de un árbol, o pensando en los lápices de colores que le regaló Ita, la abuela consentidora; 15 o 20 minutos después lo vi comerse el guineo y al ratito se levantó y regresó a casa. Cumplió su amenaza de irse, pero lo que no dijo antes de abandonar el hogar era que su decisión, tomada porque el yugo maternal no le dejaba hacer lo que él quería, era irrevocable. En ningún momento se me ocurrió convocar un consejo familiar por la partida de mi irreemplazable hijo; arranques así son comprensibles en los niños (nada más en los niños), que aún no distinguen, creo, la diferencia entre lo definitivo y lo temporal. Entre lo revocable y lo irrevocable. Veo que me desvié del bochornoso tema inicial, pero es que a veces las evocaciones llegan cuando uno menos las espera. Y también por otras razones.

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