EL MALCONTENTO

Más allá de dos dólares: Paco Gómez Nadal

/deploy/DATA/laprensa/BBTFile/0/2014/12/05/0_20141205UMyEGG.jpg /deploy/DATA/laprensa/BBTFile/0/2014/12/05/0_20141205UMyEGG.jpg
/deploy/DATA/laprensa/BBTFile/0/2014/12/05/0_20141205UMyEGG.jpg

Es una buena noticia que Panamá haya logrado cumplir de sobra con uno de los retos de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, que animaba a reducir a la mitad la pobreza extrema en el país antes de 2015. Todos aplaudimos que si en 1991 el 29.2% de la población vivía con menos de un dólar al día, en 2012 “solo” fuera un 9.7%. Las estadísticas logran un efecto tranquilizador gracias a su barniz discursivo economicista que nos hace “confiar” de los “científicos” sociales que nos cuentan cómo somos.

En realidad, ese baremo de la pobreza extrema (de un dólar al día) y el de pobreza general (dos dólares al día) es el que el Banco Mundial ha impuesto a los diferentes organismos internacionales y que la mayoría de periodistas y científicos sociales aceptan sin pestañear. El premio Nobel de Economía Amartya Sen nunca ha estado de acuerdo con este método porque reduce la pobreza a un asunto de acceso a bienes, cuando él siempre ha defendido una aproximación desde la óptica de las capacidades. Es decir, si una persona no puede poner en juego sus capacidades para transformar sus derechos teóricos en libertades reales... entonces sigue siendo pobre.

La economista argentina Sara Caputo también se hace preguntas sobre esta obsesión por el dólar del Banco Mundial, de Naciones Unidas y de otros organismos internacionales: “¿Este mínimo se refiere a una cuestión simplemente material? ¿Es posible separar en cuanto a la satisfacción de las necesidades del hombre lo material de lo no material? Desde muy temprano, bienes como salud y educación, que no son estrictamente materiales, han sido considerados como bienes básicos para garantizar al ciudadano el ejercicio de sus derechos, pero, ¿cómo se tratan los bienes tales como la libertad, la autoestima, la conciencia de la propia dignidad?”.

Tal y como empecé, insisto en que es motivo de alegría que Panamá haya reducido la pobreza material de sus habitantes, al menos en el papel, pero... ¿realmente es Panamá un país menos pobre en estos momentos?

En los países que se supone son desarrollados se ha demostrado que el acceso a bienes materiales o, incluso, a los servicios públicos a los que hace referencia Caputo (Salud, educación, transporte, etcétera) no era garantía de enriquecimiento de la sociedad. Cuando ha llegado la crisis económica, la ciudadanía se ha enfrentado a ciertas carestías, nunca comparables a la de un “pobre latinoamericano”, desde la absoluta imposibilidad de entender qué le estaba pasando, desde la indolencia y desde una parálisis social que se traduce en la incapacidad de transformar derechos en libertades. De algún modo, podríamos concluir que la pobreza social supera el estricto marco de lo material.

Es evidente que desde donde sí que es imposible desarrollar capacidades es desde la pobreza extrema. Sin duda. Pero tampoco es una posición esperanzadora la del ciudadano o ciudadana que puede alimentarse, que tiene una vivienda con agua corriente y saneamiento, que puede llevar a sus hijos a un precario colegio público y que tiene acceso a un centro de salud para cuando se abre la cabeza. La vida es algo más.

Siento que hay una posición condescendiente de aquellos que sí tienen la posibilidad de desarrollar sus capacidades y desde los “técnicos del desarrollo” que, desde sus oficinas térmicamente acondicionadas, consideran que lo que los pueblos necesitan es –“solo” –sobrevivir. Se olvidan que también quieren vivir... desde la dignidad, la autoestima, la participación en las decisiones políticas que le afectan, la confianza en un sistema jurídico que los ampare cuando sea necesario, la posibilidad de una vejez enriquecedora, la opción de elegir qué ser o de qué vivir, la posibilidad de leer un buen libro o de desarrollar su creatividad, la libertad de vivir y convivir de acuerdo a su identidad de género o su orientación sexual, la libertad de tránsito o la libertad de expresión, entre otras.

Confundir la pobreza con el acceso a dos dólares diarios es tan falaz como hablar de pleno empleo cuando el 38.6% de los y las trabajadores lo hacen en la informalidad, sin derechos ni coberturas; es tan maniqueo como la intencional confusión provocada desde los organismos internacionales entre crecimiento del PIB y desarrollo; es tan doloroso como pedirle a la mayoría de la ciudadanía panameña que se contente con comer en lugar de existir; es tan terrible como confundir cemento con cultura.

Panamá ha mejorado sus cifras... qué bueno. Pero ahora le toca mejorar la realidad. Las crisis en Estados Unidos o en Europa, o el crecimiento esclavizante de China deberían enseñarnos que el PIB y el ingreso per cápita son trampas discursivas y que la pobreza puede quedar instalada en un territorio aunque se produzca un maná económico que bañe de oro los televisores de plasma. Si nuestros objetivos se conforman con tener más de dos dólares al día, la realidad seguirá siendo tan pobre como nuestro futuro.

Comentarios

Los comentarios son responsabilidad de cada autor que expresa libremente su opinión y no de Editorial por la Democracia, S.A.

Por si te lo perdiste

FONDOS Banda musical hace recolecta para viajar a Pasadena

La banda está integrada por 250 estudiantes.
Especial para La Prensa/Vielka Corro Ríos

Última hora

Pon este widget en tu web

Configura tu widget

Copia el código

Directorio de Comercios

Loteria nacional

19 Nov 2017

Primer premio

8 0 5 6

CCAA

Serie: 13 Folio: 12

2o premio

9078

3er premio

3785

Pon este widget en tu web

Configura tu widget

Copia el código

Caricaturas

Pon este widget en tu web

Configura tu widget

Copia el código