SIMILITUDES

¿Estamos en el ambiente político de antes de 1968?: Bertilo Mejía Ortega

Hay quienes dicen que la atmósfera política que nos rodea emite los aires enrarecidos de antes de 1968. A mediados de aquella época Panamá contaba con un gobierno liberal señalado de fraudulento por la mayoría opositora. En el gobierno, presidido por el señor Marco Aurelio Robles Méndez (q.e.p.d.), la corrupción alcanzó niveles escandalosos. Cierto, la radio, los medios escritos y las televisoras estaban plagadas de programas y cuñas denigrantes contra los disidentes. Como corolario, el torneo electoral de 1968, en el que el Ing. David Samudio Ávila (candidato oficial-Liberal) se enfrentaba a un fuerte rival, el Dr. Arnulfo Arias (candidato opositor), fue de lo más sucio, deshonesto y aberrante. Con una Guardia Nacional descaradamente parcializada y una persecución implacable contra la oposición, aquella contienda se caracterizó por la utilización de recursos del Estado a favor del aspirante del oficialismo. Circulaban las volantes ofensivas y vulgares; pseudoperiodistas dirigían programas de radio en los que el lenguaje hiriente, irresponsable y degradante era la tónica. Incluso, los editoriales de las pantallas televisivas se convirtieron en barrio de patio limoso dentro de cada hogar panameño. Y qué decir de los discursos de algunos candidatos a la presidencia, cuyo contenido no era otro que la demagogia, la falacia, la ignominia y la visible desesperación.

El oficialismo llegó a tal punto de desesperación por retener el poder que recurrió a la estrategia de entregar a cada elector el voto en mano. Con ello pretendía asegurarse de que un voto comprado o coaccionado tuviera “venturoso” destino. Los jefes distritales de cedulación, hoy direcciones del Tribunal Electoral, retenían las cédulas de cuanto opositor conocieran, anticipando medidas fraudulentas.

El día electoral no tenía mayores incidentes, pero a la hora del escrutinio la cosa se ponía color de hormiga, como decimos en buen panameño. Los centros destinados para ese propósito eran fuertemente custodiados por uniformados visiblemente inclinados a la facción oficial. Las actas llegaban alteradas en detrimento de la oposición; otras eran robadas y desaparecidas, y otras impugnadas con aviesos propósitos. El Tribunal Electoral, en sus oficinas centrales, era prácticamente tomado por la Guardia Nacional, y los magistrados de la época, todos de corte progubernamental, dilataban el conteo de actas hasta por varias semanas.

La bribonada gubernamental alcanzó insanos objetivos en 1964, pero en 1968, año del golpe militar orquestado por el entonces mayor Boris Martínez y heredado por el Tte. Coronel Omar Torrijos, no prosperó, debido a que parte de la dirigencia que había acompañado al gobierno de Robles se pasó a las filas de la oposición que apoyaba a Arias, enquistados en los partidos Liberal (una fracción), Republicano, Tercer Partido Nacionalista y Acción Democrática, lo que aniquiló electoralmente al gobierno con intenciones reeleccionistas.

Las maniobras fraudulentas fracasaron y el Tribunal Electoral se vio en la obligación de reconocer al expresidente Arias Madrid como el triunfador en la elección de mayo de 1968. El nuevo Presidente asumió el 1 de octubre de aquel año, y fue destronado por una fuerza armada hostil el 11 de octubre de 1968. Los militares no alcanzaron el apoyo popular que algunos ignorantes de la verdad refieren. Por el contrario, en las montañas de Chiriquí se repelió el golpe y la inquietud popular fue generalizada, porque aquel “remedio” resultó peor que la enfermedad.

Se canceló toda libertad individual y colectiva; se disolvió el Parlamento; la Corte Suprema de Justicia se hizo a la medida del dictador, igual que la Procuraduría y demás instituciones del Estado. Se desató una persecución despiadada contra la oposición, que desembocó en encarcelamientos, tortura, expatriación y muertes. Prometieron elecciones libres en seis meses, pero se quedaron por 21 años en el poder hasta perderlo por un estado de putrefacción que rebasó las fronteras de la Patria e inspiró la lucha popular más amplia, valiente y decidida que haya registrado la historia. El último dictador aún guarda cárcel por graves delitos de lesa humanidad que alcanzaron hasta a sus propios compañeros de armas.

El resultado, una experiencia terrible, auspiciada por políticos inescrupulosos (algunos todavía respiran) y una pandilla militar con vocación cleptómana y autodestructiva. Las circunstancias hoy son otras y muy distintas, por lo que la reflexión debe anidar en la conciencia de gobernantes y gobernados, para evitar la repetición de capítulos nefastos en el devenir histórico de la nación panameña. ¡Ni un fraude más!

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