EL MANEJO DEL CANAL

El amo chocolate: Mario Velásquez Chizmar

Después de 96 años, se fueron. O mejor dicho, tuvieron que irse, porque el matrimonio entre gringos y panameños estaba “irremediablemente roto”. Y su disolución formal se selló el 7 de septiembre de 1977. No negociaron por voluntad propia. Lo hicieron a regañadientes, con derecho a arrepentimiento. Pero Panamá tenía razón. Haber introducido el interés patrio en el manejo y control del Canal, así como las virtudes del desarrollo en las áreas revertidas, fue vital para nuestro crecimiento, soberanía e identidad nacional. La sentencia de divorcio: los Tratados Torrijos-Carter. Herramienta esencial que enterró el neocolonialismo de las bases militares, la Zona del Canal y la administración estadounidense.

Pero el endémico virus gringo parece haber mudado. El Canal es parte del mapa geopolítico del coloso del norte. Sus manos ya no mueven las esclusas. Pero su espíritu vive aún en la cima de la ACP. Sentimos orgullo porque en seis años de administración panameña superamos, con creces, los aportes de 86 años de tutela estadounidense. El interés de ellos era militar y geopolítico. Un Canal en curvas, cadenas para detectar submarinos y garita de observación al fondo de las esclusas de Gatún. Nuestro interés sí es comercial. Grande y eterno es el compromiso con la comunidad internacional. ¿Y con nuestro pueblo?

No se trata de traslado de poblaciones. Todos valoramos el progreso que experimentan las áreas revertidas. Todos queremos estructuras canaleras funcionales, modernas y seguras. Pero es innegable que los frutos deben apuntar a las necesidades populares. El caparazón constitucional lo protege de los vaivenes políticos, pero la meta de sus utilidades no fue delimitada bajo la lupa popular. Como nación, no hay queja. Pero los actuales niveles de pobreza y desigualdad, prueban que la tarea no se ha cumplido del todo. Que a los relevos generacionales presentes falta perfeccionar la soberanía alcanzada con participación e inclusión popular mediante su conquista económica. La proyección internacional de la ACP es de primera. A lo interno no es igual. ¿Una pequeña república dentro de otra? Los gringos tuvieron 23 años para sembrar sus semillas en la administración de ese bien nacional. Catorce años pasaron para que el administrador surgiera de ese sembradío. Seguirán depositándose en Puerto Rico, los dineros producidos por el funcionamiento del Canal. Es probable que la empresa estadounidense CH2MHILL, de Texas, actual asesora en la ampliación, a la que le han pagado alrededor de 75 millones de dólares, sea la prevista para terminar esa magna obra, en caso de que Grupo Unidos Por el Canal falle.

Trabajar en el Canal de Panamá no es un asunto de genialidad. La eficiencia también deberá medirse con respecto al destino de sus aportes. Las fiestas elitistas no son errores. Responden a una concepción neocolonial con tinte criollo de muy mal gusto. Con ministros del Canal complacientes, no veladores de los intereses populares. Dirigir la vía no es solo un problema técnico. Es un gran reto político. Falta un ingrediente popular en la junta directiva. Omar Torrijos lo advirtió: Cuidado con cambiar el “amo rubio por el amo chocolate”.

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