EL MALCONTENTO

La arquitectura del desastre: Paco Gómez Nadal

Con los años, se empieza a prestar más atención a las estructuras y menos a la epidermis. No es importante lo que se ve, sino lo que sostiene el armazón de lo visible. Son las estructuras lo que nos limita o nos potencia, son las estructuras las que garantizan la solidez de nuestras derrotas y la liquidez de nuestras pequeñas victorias.

Este principio es aplicable a casi todo en la vida. Es indiferente si alguien tiene más o menos títulos, sino cómo es su arquitectura mental y de qué están rellenos los cimientos de su espíritu. De nada vale una piel hermosa, tersa y sin molestos granos si por dentro los huesos no aguantan un paseo o si las vísceras que los activan están corroídas por los nervios.

Igual pasa con lo social. Aunque las personas son importantes, ¡vaya si lo son!, si las estructuras están podridas las aguas sucias siempre terminan por aflorar. El sistema electoral y de partidos de Panamá está podrido –como el de buena parte del mundo occidental– y, partiendo de esa realidad, es poco relevante qué candidato se presenta para qué puesto.

En Panamá, el clientelismo, las maquinarias partidarias herederas del gamonal, la lucha por el poder sin contenido y la ausencia de contenidos de aquellos que buscan el poder son algunos de los elementos estructurales que pervierten cualquier buena intención, si la hubiere.

El PRD sufre de males crónicos en su estructura. Un partido que, durante su historia, optó por el totalitarismo, que perdió sus raíces a cambio de poder político y económico, que olvidó su sentido para sentirse una fábrica de votos... un partido al que han imitado otros, incluido el CD de Martinelli & Cia... Por eso, a mí, no me sorprenden ni grabaciones vergonzosas, ni renuncias a destiempo. No me parece extraño que un alcalde que no gobernó la ciudad pretenda gobernar el país; no me escandaliza que una candidata derrotada por goleada se empeñe en luchar otra vez en la arena electoral... Nada de lo que ocurre en el PRD tiene que ver con propuestas ni con sentido de Estado. Tampoco ocurre nada de eso en el angurriento CD, en el amnésico panameñismo o en los partidillos satélite como el Popular o el Molirena.

El sistema de partidos y, por tanto, el electoral, se sostiene sobre una arquitectura putrefacta basada en la codicia y en los beneficios de la mafiocracia de la élite (la que pocas veces da la cara) a la que esas agrupaciones para delinquir dan servicio.

Ahora que estamos de lleno en el clima electoral no escucharemos ni una sola propuesta, o al menos ni una sola propuesta concreta, medible y fiscalizable. Para Panamá solo aguarda un destino triste de un “país en venta” y unos ciudadanos-empleados que darán (ya lo dan) servicio a los compradores. Ese es el destino estructural que los señores del dinero decidieron para Panamá.

La estructura debe alimentarse permanentemente: grandes obras de infraestructura; mensajes tópicos sobre el crecimiento económico; nuevos casinos para que la aparente fiesta no pare; nacionalismo populista y, por tanto, simplista; naturalización de la injusticia, y demonización de la crítica. Bueno, y algunas cosas más: como la firma acelerada y descabezada de acuerdos de comercio (que de “libres” no tienen nada) con los países del eje del bien (del bien-portados con Washington) que se está conformando en el Pacífico. Es decir: el eje que está armando Estados Unidos, con el alegre empujón de Canadá y España, para garantizar el control del acceso al Pacífico para que sea franco para sus empresas e intereses estratégicos.

Panamá, estructuralmente, será una pieza más de este entramado de territorios coloniales al servicio de intereses mayores. Pro Mundi Beneficio, ya saben. Ese fue un “buen” cambio en el escudo nacional. Las autoridades de la naciente e hipotecada república eliminaron algunos elementos molestos del diseño de escudo que presentó Nicanor Villalaz (la hoz, el machete, la pala y el azadón desaparecieron para dejar sentado que Panamá no sería autosuficiente; se cambiaron flores y guineos por monedas de oro, para que la estructura del rentismo de nuestras élites quedara grabada en piedra; y se cambió el lema original –Paz, Libertad, Unión y Progreso– porque estructuralmente Panamá se diseñaba para dar servicios a terceros, no para pensar en sueños tan espurios).

Para cambiar el rumbo del país, hay que cambiar las estructuras que nos abocan al desastre permanente. Sobre el país no pesa una maldición, así que se puede cambiar y se debe hacerlo, pero en la estructura, no en la epidermis. De cosmética política, los panameños ya están saturados.

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