CORRUPTOS

¿Quiénes asesinan a mi pueblo?: Victoriano Rodríguez Santos

La corrupción galopa. Los panameños hemos aprendido a verla venir, saludarla, a conversar con ella y dejar que nos arrastre. Casi llegamos al límite de perder la vergüenza. Quienes la combatimos, vemos que alcanza los más altos niveles y catapulta a Panamá como “paraíso fiscal”.

Propios y extraños son acomodados en entidades públicas. Así hay extranjeros con rango de ministros, y no de los que pudieran ser ejemplo de honestidad y transparencia. Esto nos arrastra al fango del cinismo y la impunidad, y solo es comparable a lo que ocurre en países en los que sus dirigentes abusaron del poder y se refugian aquí para esconder sus crímenes. Nuestra mayor vergüenza es que intelectuales, con título en derecho, que surgen de la clase media, de la clase baja y algunos, quizás, de la paupérrima, y que sufrieron los avatares de maleantes de cuello blanco, que asesinan al pueblo, robando la salud, educación y los alimentos, ahora los defiendan como si tales malhechores fueran ángeles.

Vivimos en el país de la inequidad, el “juega vivo”, la corrupción y la justicia selectiva. Inclusive, algunos miembros de la propia Corte Suprema de Justicia (CSJ) han hablado de la venta de fallos. Sin entrar en detalles, hay un exmagistrado preso con insignificante condena y quizás en un resort (todo incluido), otro renunciado y se espera más. De la CSJ han surgido fallos ambivalentes en materia humanitaria y de derechos humanos. Pareciera que se pasan la pelota y al final pesa más el apellido del demandante, el bufete que los representa o los billetes.

Al parecer, en la administración de justicia hay menos personas decentes y serias de las que debería. Algunos quieren hacer justicia rápida y transparente, pero otros se prestan a los malabares, reciben ordenes, amenazas y quizás hasta son renunciados, para que la justicia sea tuerta, tartamuda y selectiva, a conveniencia.

En todas partes se cuecen habas, mucho se criticó el sobrecosto del Metro y hasta se comparó con el construido en República Dominicana, pero la obra se mantuvo y al frente está la misma persona que nombró Martinelli.

¿Qué sucedió con las irregularidades en la oficina de Pasaportes, turismo, las universidades y la Superintendencia de Bancos, entre otras? ¿Será que en esos casos hubo olvido, descuido, encubrimiento, falta de personal o sencillamente pesó más el parentesco (no necesariamente consanguíneo) de los señalados? ¿Será solo el dinero lo que mueve a sus abogados a tan magistrales y engañosas defensas? ¿Acaso a esos ilustres defensores les interesa la agonía del pueblo, mientras interpretan en forma acomodadiza las leyes, para defender a los confesos?

Quizás en esto pensó Gaspar Octavio Hernández cuando escribió el Canto a la bandera, y expresó: ¡Bandera de la patria! Sube..., sube /hasta perderte en el azul... Y luego /de flotar en la patria del querube; /de flotar junto al velo de la nube, /si ves que el hado ciego /en los istmeños puso cobardía, /desciende al istmo convertida en fuego /y extingue con febril desasosiego /¡a los que amaron tu esplendor un día!

¡Dios te salve, Panamá!

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