MAGNICIDIO

La banalidad del mal: Fernando Gómez Arbeláez

Cincuenta años han pasado desde aquella tarde trágica del magnicidio de Dallas, en la que un entusiasta presidente estadounidense John Fitzgerald Kennedy moría abatido por misteriosas balas homicidas. Las esperanzas de una generación entera resultante de la posguerra, ansiosa de amplias transformaciones políticas, económicas y sociales, tanto dentro como fuera de Estados Unidos (EU), parecieron sucumbir ese día junto al joven Presidente asesinado.

Este hecho sangriento representó la pérdida física de un mandatario que en menos de tres años de gobierno contaba con experiencias únicas de éxitos y frustraciones todavía sin paralelo en Washington. Había favorecido la lucha creciente por el reconocimiento de iguales derechos civiles a todos los ciudadanos, muchos de los cuales vivían bajo discriminación y segregación. Había enfrentado una prolongada guerra fría, el desastre en la bahía de Cochinos, la intervención de EU en la guerra de Vietnam, la infame construcción del Muro de Berlín, la conquista del espacio con el Proyecto Apolo y una inminente guerra nuclear de proporciones incalculables por la descubierta presencia de misiles soviéticos en Cuba.

Para el poco más de millón de panameños de entonces, el magnicidio también representó incertidumbre sobre las prometidas conversaciones bilaterales que Kennedy pronto iniciaría para dar término, por fin, al enclave colonial de EU en la Zona del Canal. Su muerte generó desconfianza e inseguridad hacia Washington, lo que siete semanas después hizo mella en los trágicos sucesos del 9 de enero de 1964.

La maldad criminal del supuesto asesino, quien habría actuado por su cuenta, quizá podría ser analizada y contrastada a la luz de los postulados de una publicación que poco antes apareció en ese año turbulento de 1963. Las motivaciones de quienes provocan la muerte a uno o a millones de seres humanos sin visible remordimiento motivó a una filósofa política alemana-estadounidense, Hannah Arendt (1906-1975), a escribir el libro Eichmann en Jerusalén, un informe sobre la banalidad del mal, con el propósito de examinar desde un punto de vista práctico y filosófico la responsabilidad moral personal. Al igual que hace medio siglo, el contenido de este libro sigue siendo polémico y sujeto de acalorados debates.

Por varios meses de 1961, Arendt estuvo presente como reportera en un proceso excepcional, el juicio en Israel de uno de los criminales nazis con mayor responsabilidad en el Holocausto, Adolf Eichmann (1906-1962). Entre 1942 y 1945, Eichmann, un alto oficial de las SS nazi, estuvo a cargo de los planes de deportación y logística del transporte de millones de judíos hacia campos de exterminio en Polonia y otros puntos de Europa oriental. Escapado a la Argentina, fue capturado en 1960 por agentes de la Mossad israelí y llevado a Jerusalén para ser enjuiciado por crímenes contra la humanidad, luego fue condenado y ejecutado.

En sus observaciones a lo largo de ese proceso, Arendt no encontró en Eichmann indicios de un notorio antisemitismo o de serios problemas psicológicos. “A excepción de una diligencia poco común por hacer todo aquello que pudiese ayudarle a prosperar, [Eichmann] no tenía absolutamente ningún motivo” para formar parte de la maquinaria nazi del Holocausto. No demostraba un odio particular hacia sus perseguidos ni “intención” de cometer genocidio, sino que consideraba sus actuaciones como el “cumplimiento del trabajo encomendado” al obedecer órdenes superiores. Bajo este actuar, innumerables crímenes contra la humanidad fueron llevados a cabo sistemáticamente, de manera tan rutinaria que no provocaban asombro ni repulsa entre muchos involucrados como Eichmann.

Según Arendt, su adhesión a un gobierno y líder autoritario, como el nazi, hizo perder a Eichmann su elemental capacidad de pensar. Su pensamiento individual quedó degradado a hacer cumplir la voluntad de sus superiores. Esta supeditación habría permitido que cualquier tipo de crimen, por más horrendo que fuera, se hiciera banalmente: “su larga carrera de maldad nos ha enseñado la lección de la terrible banalidad del mal, ante la que las palabras y el pensamiento se sienten impotentes”.

Los eventos de hace 50 años ayudan a meditar y poner en contexto qué tan diferente sería el mundo del siglo XXI si Kennedy hubiese sobrevivido al atentado, y sin un Eichmann que hubiera convertido el Holocausto en fatídica realidad. Sin duda, sería un mundo diferente, pero ¿qué tanto la humanidad?

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