ESTADOS UNIDOS

El 2016 podría ser una batalla entre dinastías: Betty Brannan Jaén

NUEVA YORK. –En mi última columna, publicada a fines de octubre, pocos días antes de la elección presidencial en Estados Unidos, cité a un analista norteamericano –Samuel Popkin–, quien pronosticaba que Barack Obama resultaría triunfador en el Colegio Electoral. Eso no solamente resultó ser correcto, sino que Obama también ganó el voto popular; al mismo tiempo, la derrota de Mitt Romney reveló debilidad grave en el Partido Republicano, que se ha quedado como un partido de “viejos hombres blancos” en un país donde otros grupos demográficos –mujeres, hispanos, negros, gais– están adquiriendo más y más fuerza electoral.

Mientras esa debilidad de los republicanos se analiza desde todos los ángulos posibles, hay quienes dicen que la campaña de 2016 ya comenzó. Del lado demócrata, se especula insistentemente que Hillary Clinton volverá a postularse. Incluso se rumora que su esposo, Bill Clinton, apoyó tan elocuentemente a Obama en esta vuelta porque se tenía un pacto tras bastidores; según esa tesis, el pacto era que los Clinton apoyarían a Obama si este daba realce inmediato a la imagen de Hillary (por ejemplo, llevándola a Asia en el viaje de esta semana) y le prometía apoyo sin límites en 2016.

Por otro lado, yo personalmente creo que a Hillary ya se le venció la oportunidad de ganar la Casa Blanca. Al no haber aceptado la presidencia del Banco Mundial, ella se quedará sin tarima de proyección política cuando deje su cargo de secretaria de Estado en los próximos meses. Además, es detestada por los republicanos y su edad es una desventaja; ella tendrá 68 años en 2016 y es casi seguro que todos los demás candidatos serán bastante más jóvenes. Sin embargo, los demócratas no parecen tener otros precandidatos de suficiente estatura.

Del lado republicano, mientras tanto, se habla insistentemente de buscar un candidato más atractivo para los hispanos. Una posibilidad es el senador Marco Rubio, de Florida, quien es de origen cubano, es de la derecha dura, y tiene apenas 41 años. Otra posibilidad es Jeb Bush, que es más centrista y fue gobernador de Florida; Jeb tiene simpatía entre los hispanos porque habla español y tiene una esposa de origen mexicano. Jeb tiene 59 años de edad.

Pero una contienda de Hillary contra Jeb, sería, muy lamentablemente, una nueva ronda de batalla entre dos dinastías políticas que ya han batallado anteriormente. En 1992, fue precisamente Bill Clinton quien le arrebató la Presidencia a Bush padre y después –en 2000– tuvo que entregarle la Presidencia a Bush hijo (George W., hermano de Jeb). Si Jeb ganara en 2016, Estados Unidos estaría en la posición de haber tenido tres presidentes Bush en menos de 25 años, una sucesión dinástica que encuentro absolutamente inaceptable en un país de más de 200 millones de ciudadanos. Tener dos presidentes Clinton en el mismo período de tiempo no sería menos objetable.

Es que un sistema democrático necesita más apertura, más igualdad de oportunidades, y más meritocracia en la escogencia de sus líderes. En la política panameña, me opuse por eso mismo a las candidaturas de los herederos de Arnulfo Arias y Omar Torrijos; pensé que tanto Mireya como Martín eran meramente candidatos “simbólicos” (representando dos difuntos) y que el país, por lo tanto, se hubiera beneficiado si enterraba esa vieja rivalidad Arias–Torrijos y buscaba presidentes con méritos propios.

En Estados Unidos, la rivalidad Clinton–Bush es mucho menos tóxica, obviamente, pero sigue siendo inquietante que esas dos dinastías dominen la política de un país tan grande, tan poderoso y tan diverso. Bill Clinton, en su momento, fue una cara fresca, así como lo fue Barack Obama en la campaña de 2008. El triunfo de candidatos así es esperanzador mientras que reciclar dinastías en 2016 indicaría estancamiento –quizás hasta parálisis– en la política estadounidense. A mi juicio, democracia y dinastía son incompatibles.

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