GASTO PÚBLICO

¿Estado de bienestar?: Carlos Ernesto González Ramírez

He venido siguiendo con perplejidad el proceso eleccionario en España. Perplejidad porque en un país en el que el gasto público es impagable (un déficit crónico que fue de más de 9% en 2010), una economía que no crece; un desempleo de más del 20% de la población económicamente activa; casi inexistente inversión privada; un mercado inmobiliario en picada; una bolsa que no se recupera; y un costo de financiamiento que es peor del que tenemos algunos países del llamado tercer mundo, el punto político que parece generar mayor consenso es el de mantener el llamado estado de bienestar.

Cuando hablan de “Estado de Bienestar” (sí, así, en mayúscula) no lo definen, pero parece que se refieren al sistema de pensiones, al gasto público en salud y educación, al subsidio por desempleo, al régimen laboral y a una nebulosa de subsidios dirigidos al ciudadano (y pagado por los contribuyentes productivos) desde las distintas administraciones públicas españolas. Por supuesto, todo lo anterior, con la excepción del régimen laboral y parcialmente las pensiones, es lo que alimenta el gasto público desorbitado que los españoles no pueden pagar y que tiene al país postrado. Lo anterior denota una contradicción obvia entre el mensaje político y la realidad del país.

No sé quién es más irresponsable, si el liderazgo político que no habla claro o los ciudadanos que parecen estar enviando el mensaje de que debe mantenerse el supuesto estado de bienestar en el que piensan que viven.

Durante las últimas cinco elecciones, el poder se lo han disputado el Partido Popular y el Partido Socialista Obrero Español. En las dos últimas elecciones, el socialista Rodríguez Zapatero le ganó las elecciones al dirigente del Partido Popular, Mariano Rajoy. En esta elección, la presidencia se la disputan Rajoy y Alfredo Pérez Rubalcaba, socialista que ha sido diputado y ministro de varios gobiernos de su partido (Educación y Ciencia, Presidencia, Interior), siendo actualmente el vicepresidente primero de España.

Por lo anterior, el debate es de un enorme contraste: por un lado una opción socialista que propugna mantener el gasto público para sostener los gastos sociales; y, por el otro, la opción conservadora-liberal proponiendo una reducción del gasto público para impulsar el crecimiento y sanear las finanzas públicas. Sin embargo, en donde no hay debate es si el estado de bienestar se va a mantener o no. Los populares dicen que lo mantendrán, pero reducirán el gasto público. Los socialistas dicen lo mismo. Ambos prometen brujería.

Esa postura de los dos grandes partidos españoles (y de los demás también) se compadece con lo que parece que piensa la población. En efecto, al ver los programas de opinión en las televisiones españolas a las que tenemos acceso desde este lado del Atlántico, todos sostienen la necesidad de mantener el estado de bienestar. Esto para mí es simplemente incomprensible. Aún no puedo entender de qué estado de bienestar están hablando, cuando lo que es obvio para cualquier observador poco enterado, es que el único estado en el que está España, es en un gran Estado de Malestar (sí, con mayúsculas).

En otras palabras, pretender mantener el gasto público en programas sociales, aumentando los impuestos o disminuyendo el gasto público de la administración, es patear la bola hacia adelante. Puede ser que en los próximos años de legislatura permita una ilusión de sostenibilidad, pero el creciente gasto social rápidamente erosionará cualquier balance provisional.

En realidad, por empecinarse a mantener lo que llaman estado de bienestar, los españoles están en el terrible estado de malestar en que se encuentran. Nadie, absolutamente nadie, puede mantener un ritmo de gastos que no puede pagar. Así de sencillo. Y nadie, absolutamente nadie, va a financiar eternamente la insostenibilidad, de allí el golpe de los mercados (que al momento de escribir este artículo están subiendo la prima de riesgo de España, producto del descalabro de Italia por razones similares).

Como una persona que vivió, trabajó y tuvo negocios en ese país, me siento en capacidad de afirmar que si España sigue el camino de fomentar la libertad de empresa, eliminar las cargas a la iniciativa privada y a la competencia (impuestas por regulaciones absurdas, convenciones laborales sectoriales, impuestos impagables y corrupción), el genio español florecerá expandiendo sustancialmente su productividad. Lo que los españoles necesitan es una mayor dosis de fe en sí mismos y menos dádivas arrancadas a los que producen. Lo que necesitan es un estado de productividad.

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