RIQUEZA Y DESIGUALDADES

El estado del bienestar: César A. Ruiloba

Allí está el dilema; los moradores del distrito de San Miguelito han denunciado públicamente –y así lo han corroborado distintos medios de comunicación social– una crisis respecto a la recolección de la basura. La cobertura mediática hizo que los responsables de la prestación del servicio anunciaran, como mecanismo de defensa, un faltante de más de 20 millones de dólares en sus arcas, debido a la morosidad que mantienen los beneficiarios del servicio. Este es uno de los muchos ejemplos en el que se pone en perspectiva la función del Estado frente a las necesidades vitales de sus asociados.

De un lado, las ideologías socialistas en todos sus espectros marcan la pauta en el estado del bienestar como un correctivo esencial para los efectos injustos y socialmente divisivos de las fuerzas del mercado, es decir, se constituye en un baluarte contra la iniquidad y la explotación, que serían consecuencia de un capitalismo sin control. En ese orden, el estado del bienestar debe proporcionar seguridad económica y social a la población entera; estos beneficios se traducen en salarios, en caso de desempleos y enfermedad, pensiones, sanidad gratuita, vivienda y transporte público subvencionados, etc.

De otra parte, los gobiernos neoliberales de Ronald Reagan, en Estados Unidos, y Margaret Thatcher, en Gran Bretaña, defensores del libre mercado y, por ende, adversos a la cultura de la dependencia, plantearon en sus discursos políticos que de no limitarse el estado del bienestar interferiría en el funcionamiento del mercado, introduciendo comportamientos ineficaces, paralizando la iniciativa y eliminando los incentivos para trabajar. La consecuencia, afirmaron, era un Estado niñera, una cultura de dependencia que desanima a los receptores de esos beneficios sociales a asumir la responsabilidad de sus propias vidas.

Precisamente, la crisis de la basura, el agua y, sobre todo, de la extrema pobreza en nuestro país, invita a los regentes de la agenda política y a los actores con veto, para que cuanto antes articulen verdaderos escenarios de diálogo nacional que permitan abordar estos y otros temas vitales para el Panamá del siglo XXI.

Señores todos, estamos agobiados de la demagogia entre tirios y troyanos. La intolerancia y la descalificación en el discurso político –el pan de cada día– ya no “vende” ni mucho menos proyecta a un candidato para un puesto de elección popular; la crítica superficial y sesgada es señal inequívoca de ignorancia y mala fe.

En esencia, sin menoscabo de otros factores que también consideramos importantes, nuestro escenario vital advierte los siguientes fenómenos:

1. En lo económico, el país crece con índices mayores al 10%, siendo que las perspectivas a futuro se tornan positivas como consecuencia del grado de inversiones y obras en materia de infraestructura.

2. En lo social, la perversa distribución de las riquezas convierte al crecimiento económico en un fantasma vinculado con números y estadísticas que tan solo entienden y manejan los tecnócratas gubernamentales, de tal suerte que resulta ilógico e incomprensible que un país de semejante crecimiento, padezca de tales marasmos en materia social.

¿Y la política? Ahora es cuando debe jugar su rol, se requieren más debates de orden ideológico y menos discursos y críticas chabacanas. Estamos a la espera de saber cuál es la oferta y el proyecto de nación que nos pretenden ofrecer los partidos políticos y los independientes. ¿Acaso es viable el estado del bienestar? ¿Por qué? ¿Cómo, estructuralmente, venceremos la iniquidad social en un país de bonanza económica?

Los residentes de San Miguelito, Colón, nuestras comarcas indígenas, el hombre del campo, nuestros trabajadores, pero también la clase media profesional, los ejecutivos e inversionistas nacionales y foráneos están a la expectativa de conocer tales soluciones.

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