CASO FIFA

De fútbol y buenos ejemplos: Dicky Reynolds O’Riley

Hay episodios de la historia que parecen de fantasía, por ejemplo, aquellos tiempos de Roma cuando el pueblo se sentaba en un palco para ver la lucha de gladiadores entre sí y contra las fieras. La muerte campeaba y era el trofeo de los vencedores, sórdido panorama.

Luego empezamos a civilizarnos y no era aceptable matar al contrincante. Cada pueblo se ejercitaba por medio de actividades lúdicas que pasaron a ser competencias regionales y derivaron en actos demostrativos de honor y poder. El deporte, en principio, promovió unidad, solidaridad y salud. Surgieron las olimpiadas, los entrenadores de cada disciplina y, por ende, sus dirigentes que no hacían el gasto físico, pero que dictaban las reglas del juego y fueron propiciadores del pecado original en esta actividad, las primeras trampas.

Estas actividades distraían al pueblo y aliviaban la carga política de los regentes del Estado, pues el ocio no haría pensar a los ciudadanos en sus vicisitudes. Así se institucionalizó el deporte.

Ahora toca hablar de la FIFA, organización creada en tiempos bélicos, que maneja el fútbol, el deporte más masificado del mundo y al que más de un blasfemo cataloga como religión por su efecto catalizador de las frustraciones humanas y puerta de escape a paupérrimas realidades terrenales.

El fútbol concita la simpatía universal y en no pocas ocasiones ayuda a Estados a punto de sucumbir por la presión de su pueblo. Esa relación es la que permite que la FIFA tenga el trato y prerrogativas de ente diplomático, con los honores y privilegios inherentes, pues sus dirigentes son cómplices de encubrir y distraer a la población.

La corrupción que se le achaca no es nueva, pero por lo hermético de su estructura no se filtra. Para todos los que acuden a sus conciliábulos hay participación en ese negocio, que dejó de ser el juego que apasiona y envicia, por tanto, no se denuncia. Los Estados no tienen inherencia en este organismo, y esa es la regla número uno para convertirse en socios y ayudantes recíprocos.

Hubo que hacer operativos encubiertos para desenmarañar la trata de sobornos, trampas y latrocinios, sin listar otro sinnúmero de vicios o entuertos que subyacen en sus estructuras, pero que se ocultaban de manera cosmética tras la fachada de ser “pacificadores del mundo y paladines de la sensibilidad humana”. Por lo visto, ahora, la organización se regía más bien según el código de conducta de la mafia o los carteles.

No decepciona pensar que los millones de seguidores del fútbol somos inocentes por confiar en la hidalguía de 22 jugadores que se congregan alrededor de un balón, entregándose en alma, vida y corazón para alcanzar su gloria y hacernos felices. Pero sí decepciona conocer toda esa trama y que se haya mancillado al deporte, por la codicia y el engaño de aquellos en quienes pusimos nuestra fe, pero resultaron mercaderes de falsas ilusiones, amparados bajo oscuros cánones que matizaban con campañas dirigidas para su beneficio y lucro sectario, no de la humanidad, como pregonaron en sus postulados de creación, casi como un credo. Solo falta preguntar: ¿Y Panamá, qué rol tiene ante este escenario?

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