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PRUEBAS

En busca de sentido: J. Enrique Cáceres-Arrieta

Corre el año 1942. Tropas nazis irrumpen con violencia en el Departamento de Neurología del hospital hebreo Rothschild, en Viena, y detienen a su director, el neurólogo y siquiatra, Viktor Emil Frankl, de origen hebreo. Árboles otoñales son testigos de que Frankl, su mujer y sus padres son conducidos al campo de concentración de Theresienstadt.

En 1944, Frankl es trasladado a Auschwitz y luego a Kaufering y Türkheim, hasta que es liberado el 27 de abril de 1945 por el ejército estadounidense. Sobrevive el Holocausto, mas su esposa y sus padres perecen en los campos de concentración. Tras su liberación, Frankl escribe El hombre en busca de sentido, donde describe sus vivencias como el prisionero número 119,104, pero desde la perspectiva de un psiquiatra.

Allí, Frankl aclara que no estuvo en los campos como psiquiatra, ni siquiera como médico, sino que la mayor parte del tiempo estuvo cavando y tendiendo traviesas para el ferrocarril. A la verdad, lo que Frankl comparte no es ni sombra de lo padecido. Fue una de las experiencias más traumáticas que un humano pudiera experimentar.

Entre las peculiaridades resalta que solo dos temas son importantes para los presos: la política y la religión. La política porque los rumores sobre la terminación de la guerra que llegan a oídos de los presos corren como pólvora encendida, e informes contradictorios son seguidos por revolturas emocionales.

La religión porque las inquietudes religiosas de los prisioneros son las más sinceras que uno pueda imaginar, y, con frecuencia, el recién llegado queda boquiabierto por la profundidad e ímpetu de tales creencias.

Lo más impactante son las oraciones o cultos improvisados. “A pesar del primitivismo físico y mental imperantes a la fuerza, en la vida del campo de concentración aún era posible desarrollar una profunda vida espiritual. No cabe duda que las personas sensibles acostumbradas a una vida intelectual rica sufrieron muchísimo (su constitución era a menudo endeble), pero el daño causado a su ser íntimo fue menor: eran capaces de aislarse del terrible entorno retrotrayéndose a una vida de riqueza interior y libertad espiritual.

Solo de esta forma puede uno explicarse la paradoja aparente de que algunos prisioneros, a menudo los menos fornidos, parecían soportar mejor la vida del campo que los de naturaleza más fornida”.

Contrario a lo creído por John Watson, Frankl asegura que el ser humano no es determinado por el entorno, sino que tiene libertad para decidir. Pone como ejemplo que aun en los campos de concentración el prisionero tenía la facultad de elegir.

Se nos puede arrebatar todo, salvo una cosa: “la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias para decidir nuestro camino”. Karl Menninger, otro psiquiatra, reafirma: “La actitud es más importante que los hechos”.

La actitud correcta es vital, pues impele aceptar dificultades de la vida como manera de forjar nuestra fortaleza interior, en lugar de vivir quejándonos, conmiserándonos y victimizándonos. Con actitud incorrecta se cierran los ojos y se vive en el pasado. Así, la vida no tiene sentido y el resultado es conductas destructivas, conscientes o inconscientes, o el suicidio.

Frankl sostiene que el humano tiene la peculiaridad de no poder vivir si no mira el futuro. Por consiguiente, quien pierde la fe en el futuro –en su futuro– se condena, como lo está un preso en campos de concentración o un secuestrado en la selva o en territorio enemigo. Fíjate que, en general, los prisioneros en campos de concentración y secuestrados que no pierden la esperanza salen más religiosos y fortalecidos de carácter. Al perder la esperanza o fe en el futuro, pierden el sostén espiritual, se abandonan, decaen y se convierten en sujetos aniquilados física, mental y emocionalmente.

No hay peor sufrimiento que la pérdida de las ganas de vivir. Vivir significa, para Frankl, “asumir la responsabilidad de encontrar la respuesta correcta a los problemas que ello plantea y cumplir las tareas que la vida asigna continuamente a cada individuo”. El sol que ablanda la brea también la endurece. Las circunstancias son buenas o malas conforme a la fuerza de nuestro espíritu.

Hechos de la vida real acaecidos a millones de infortunados seres humanos han demostrado que en los momentos más extremos y en el túnel más tenebroso y profundo la mayor parte de nosotros mira para arriba o hace una pequeña oración salida de lo más sensible del ser.

Tal vez la mayoría no sepa orar, pero el fervor con que hace tal súplica emerge de un alma necesitada y con ansias de ser rescatada y puesta a salvo. Negar nuestra inherente religiosidad o necesidad de creer en alguien superior a nosotros, es querer tapar el Sol con un dedo. Intentar extirpar tal inclinación de creer en Dios, es golpear al aire.

Que uno o dos puñados de nuestros semejantes opte por diferentes creencias y/o fetiches no desvirtúa la verdad: somos seres religiosos y morales.

“¿Qué es en sí el hombre?”, pregunta Frankl, y responde: “Es el ser que siempre decide lo que es. Es el ser que ha inventado las cámaras de gas, pero asimismo es el ser que ha entrado en ellas con paso firme musitando una oración”.

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