ADMINISTRACIÓN

La caja feliz...: Álvaro Lasso Lokee

La caja feliz no es una oferta ni publicidad de comida rápida, es una historia que se contaba en los medios sobre la Caja de Seguro Social (CSS). La administración saliente envió el mensaje de que todo estaba súper bien. Parecía el país de las maravillas. Sin embargo, las quejas por la falta de insumos y medicinas eran notorias. El director amenazaba a quien se atreviera a decir algo. Era su excusa perfecta para hacer despidos, y así lo hizo con varios dirigentes de gremios.

Su administración desconoció las buenas relaciones con los gremios y, según dijo un asesor cercano, debía controlarlos, al punto de que persiguió a varios dirigentes. La comunicación fue pésima y nunca supo negociar sobre ningún tema. Su único idioma fue la imposición. Blindó el edificio con una seguridad parecida a la de la Casa Blanca, con cámaras y una tarjeta de control de movimientos, algo fuera de todo sentido.

Llegó con un equipo privilegiado que, de un plumazo, recibió un jugoso aumento de dos mil dólares, sin embargo muchos abandonaron sus puestos. No sabemos si recibieron mejores ofertas o si trabajar con Billy era un desafío, por sus caprichos. Por cierto, el incremento a sus allegados lo hizo sin consultar a la junta directiva, a su estilo. Lo curioso es que había una mesa de negociación que, de forma arbitraria, cerró y después llevó su plan que, según él, era lo mejor para todos los funcionarios.

Al inicio de su gestión llevaba consigo el video de motivación, La milla extra, basado en la película Un domingo cualquiera, de Al Pacino, que todos los funcionarios debían ver, pero su papel, más que de motivador parecía de controlador, porque solo él hablaba y no dejaba que nadie saliera.

Su obra principal, la Ciudad Hospitalaria, a un costo de $600 millones en infraestructura (un un proyecto llave en mano), que irónicamente está lejos de la ciudad y es poco accesible al transporte, lo tomó de los planes de sus antecesores. Lejos de la política de descentralizar los servicios y distribuir la atención en distintos puntos del país, tal como recomiendan las nuevas corrientes en administración, su gestión se caracterizó por concentrar el mayor número de profesionales y equipos en la ciudad. Decisión que no responde a las necesidades de los asegurados.

Otro hecho criticable fue la compra excesiva de televisores de pantalla plana, en los que se pasaba información sobre la gestión de la CSS, pero más bien era un culto a la personalidad del director. Volvió al pasado al concentrar toda la información y sistemas en la sede de la Dirección General, un hecho típico de quien desea controlar todo, práctica en desuso desde hace mucho tiempo en las empresas. Los gastos en publicidad fueron millonarios, y bien se pudo invertir ese dinero en la compra de insumos o medicinas.

Los llamados calls center para “aliviar las filas” no sabemos si realmente cumplieron con ese objetivo, pero la espera de meses para ver a un especialista siguió igual. La llamada “transparencia” en su gestión es dudosa, porque no presentó un detalle de los gastos de sus viajes. Además, cuando se iba a aprobar el último presupuesto de la CSS llegó más temprano a la Asamblea Nacional (para evitar los cuestionamientos de los diputados) y logró que se lo aprobaran en 15 minutos, a pesar de que era el más alto de las instituciones.

Impuso la “externalización” de los servicios, que no es permitida, por lo que recibió críticas, y trató de incluir otros servicios, pagando más caro y cargando el trabajo a los empleados de la CSS. Por fortuna, esto no se pudo aplicar en otras dependencias porque hubo presión de los empleados y gremios. Y ni hablar del jugoso contrato (por 15 años) que preparaba para la administración de la Ciudad Hospitalaria.

En un quinquenio arrinconó a los gremios e hizo lo que quiso, sin que nadie lo criticara. Impuso un estilo arbitrario, por lo que opinar era un delito grave. Por eso, despidió a varios dirigentes y médicos que se atrevieron a expresar sus ideas.

Las compras de software y equipos de computadoras, por $100 millones, no mejoraron el servicio de la CSS. Esto lo hizo sin un plan previo que reflejara las necesidades ni las prioridades, dejando huecos en renglones del presupuesto que pudieron dar más respuesta en el servicio. Sería bueno investigar los gastos en tecnología, verificar el costo real de los equipos y ver si no se trata tecnología devaluada por extemporánea. De haber administrado una empresa privada con ese estilo, dificulto que hubiera permanecido un mes en ese puesto, sobre todo por su manejo conflictivo y gastos excesivos de la institución en renglones secundarios.

La CSS requiere un director respetuoso y franco con sus colaboradores; que no utilice las redes internas para enviar mensajes centrados en su persona; que consulte con el personal de experiencia y no persiga a nadie que se atreva a opinar; que nombre a los jefes por concurso y evite a los “dictadores de escritorio”; que no incurra en gastos excesivos en equipos que no dan resultado; que se dedique a abastecer con medicamentos las farmacias y que no eche cuento practicando “buenas relaciones” con los gremios. El director se dedicó a hacer una campaña de publicidad para tapar su ineficiencia, no trató bien a los jubilados y su estilo autoritario le hizo perder la brújula.

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