UNA VISITA AL SEGURO SOCIAL

No hay camas para tanta gente: Dicky Reynolds O´Riley

Cada uno tendrá su historia inédita y de antología tras haber asistido a las instalaciones de la Caja de Seguro Social (CSS), que no es ni seguro ni social; y si no la tiene debe saber alguna por referencia. Juan Pérez, como siempre, es uno de los que ha pasado por esa tragedia que es cotidiana y que nos acostumbra a entenderla como normal y parte del libreto de nuestra vida conformista.

Los que llegan en procura de mejorar su condición de salud entran a ese umbral sanitario con todos sus temores; con miedo a que un resfriado común se les convierta en bronconeumonía; agarrados de la mano de todos los santos para que no se equivoquen de cuadrícula y que, en vez de operarle un juanete, le amputen un pie o, peor aún, con terror a salir en un vestido de madera.

Es un miedo solo comparable al “cuco” con el que nos aconductaban cuando éramos pequeños y que, poco a poco, se fue desvaneciendo cuando crecimos, pero este sí es real, no una leyenda urbana. Es latente, tiene vigencia.

Al grano con la crónica. En el cuarto de urgencias del Complejo Metropolitano de la CSS se atienden tantos casos que algunos requieren de una observación que sobrepasa el tiempo de permanencia regular, por tanto, se admiten a estos pacientes de forma “transitoria”. El problema estriba en que no se dan abasto para atender a esos pacientes. En una visita reciente conté por lo menos a 66 personas apretujadas, una al lado de la otra, en sillas, camillas y de pie. Y errabundos dentro de ese panal, muchos hasta se extravían. No hay ningún médico capaz de explicarte cuál es la dolencia de tu familiar, la típica respuesta es: “estamos estudiando su caso”. Si no es que te miran, con su blancura fantasmal, aérea, como el incómodo chicle pegado a la suela de los zapatos.

El que llega solo a ese recinto se queda esperando que ocurra el milagro de la atención oportuna y de calidad. Tanto es la espera que las arañas tejen su tela en ella. Suena trágico, pero muchos mueren sentados, traicionados por las estampitas de los santos que no hicieron el milagro de no dejarlos pisar las instalaciones del Seguro Social; una penitencia que no le gustaría pagar como sacrificio o manda a ningún mortal.

Los vendedores de servicios funerarios acechan en las esquinas, cual buitres, algunos con la solidaridad disimulada de un abrazo, solo en espera del desenlace fatal. El trato dispensado a los familiares del paciente es hosco y silvestre, quizás por la impotencia del funcionario que no atina a entender que la vida es el primer bien que se nos da.

Como sociedad, no hemos sido proactivos en exigir que el Seguro Social, un ente que pregona y se promociona como el que vela por la salud, deje de transgredir las normas sanitarias. Cómo entender que envenenaran con su elixir mortal no a cientos sino a miles de personas. Por desgracia, los contabilizados son los que valen, pero ni siquiera en atención a esa cadena de infortunios se han reformulado los planes de atención humana del asegurado. De ñapa tenemos la bacteria nosocomial que se pasea y hospeda en sus instalaciones en busca de víctimas, mientras esta entidad ofrece conferencias justificando sus desatinos en la atención hospitalaria, con mera información cosmética. Pareciera que solo les interesamos como cuentahabientes para capitalizar su trágico banco con el pago de las cuotas que más parecen un peaje para satisfacción de sus gustos que de nuestras necesidades.

Al parecer no hay fórmula capaz de acabar con el latrocinio y la negligencia en la atención, que raya en lo inhumano e insensible y que se justifica con la verborrea de los tecnócratas que nos marean con sus peroratas de cómo hacer un mundo ideal en esta institución para, al final, decirnos que lo que falta son recursos, traducido en panameño, plata.

Otra letanía más para nuestro muro de los lamentos.

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