CLAMOR DE JUSTICIA

El país que cambió su madre por un Ferrari: Efraín Hallax

El país que cambió su madre por un Ferrari: Efraín Hallax El país que cambió su madre por un Ferrari: Efraín Hallax
El país que cambió su madre por un Ferrari: Efraín Hallax

Después del golpe militar de 1968, justicia fue la palabra favorita de sus perpetradores. La principal razón que adujeron para “justificar” su abominable acto fue la falta de esta, por la oligarquía que dominaba el poder político (léase los bellacos de siempre). Los militares prometieron justicia, y las masas se tragaron el cuento. Igual que hoy, toda una nación sufría por las ansias de justicia. Y es que esta palabra tiene cuerpo, vida, espíritu y hambre, mucha hambre.

La justicia jamás llegó con los militares; ni siquiera intentaron acercarse a ella o acariciar su toga. Cual prostituta callejera quedó relegada en un cuartel militar, para ser abusada y desmembrada al antojo de los coroneles y los impostores de generales. Toda una revolución con desfiles, tambores, muertes, ñángaras a tutiplén y retórica kafkiana. Nuevamente, cuando la revolución goriloide de Torrijos y sus secuaces entró en crisis, exigimos un sistema democrático y nos lanzamos a las calles para reclamarla. Ese fue el grito de guerra de los panameños de la Cruzada Civilista contra la tiranía. “Justicia”. No pedimos carreteras ni metro buses ni 100 a los 70 ni nada. Cientos morirían por esta idea. Fuimos una nación con dos millones de almas y un solo fin en común. Pero la historia permaneció inmutable.

Ahora clamamos por lo mismo, pero aunque los vientos parecen soplar a favor, si acaso llegará a medias. No soy pesimista ni optimista, sino realista. La justicia bien llevada es la bendición de un pueblo. Para juzgar a un diputado se necesitan casi todos los votos de la Corte Suprema de Justicia (CSJ). Para juzgar a un miembro de esta ocurre igual. El sistema está diseñado a la medida para que unos y otros puedan robar a su antojo. Muchos jueces están para cobrarles a los maleantes de cuello blanco comisiones por sus fallos. Entre los más notables figura Adolfo Mejía, quien con toda naturalidad y diligencia absolvió a todos los bellacos encargados del tráfico de chinos; para él, nada pasó. Al exprocurador Guisseppe Bonissi tampoco le importó un rábano ni al Órgano Judicial. De allí surge mi realismo histórico.

Pero el sueño no muere. Este comienza a tornarse en rabia y el pueblo empieza a despertar de su letargo y entiende que la justicia no se le otorgará porque estemos en el país más feliz del planeta. Hay que exigírsela a los políticos y tomarla, inclusive a la fuerza si fuese necesario. Leo que el juez Quesada Vallespi deja libre al exdirector de supervisión del Mercado de Valores con el argumento de que “el delito investigado no reviste de peligrosidad” (La Prensa, 4/3/2015). Aparte de graves acusaciones en el ejercicio de su cargo también enfrenta el de homicidio, por lo que creo “que sí existe peligrosidad”. Tampoco podría confiar en un juez que fue destituido de la CSJ por liberar a los imputados en la operación Buenaventura contra el narcotráfico. ¿Por qué los bellacos son los que casi siempre ganan? La respuesta es simple: el sistema hay que cambiarlo, pues está corrupto hasta la médula. Nuestros sueños de un Panamá decente son solo quimera si el sistema no cambia. Con desfachatez, un exmagistrado de la CSJ se declaró confeso de corrupción, y se le permite hacer tratos satánicos y quedarse con varios millones de dólares.

Las pandillas saben que los de arriba roban y, consecuentemente, también ellos quieren su pedazo del pastel. A los de arriba se les permite hacerlo, pero quienes no tienen conexiones van para la cárcel.

La vía ideal para cambiar el sistema es la de una constituyente que incluya un mecanismo apolítico para la escogencia de los magistrados y establezca sanciones ejemplares para quienes violen la Constitución. La CSJ podría reivindicarse si declara inconstitucional la Ley 55 de blindaje de los diputados. También sería justo que el voto de los diputados sea público, cuando deciden temas de interés nacional. El voto secreto solo sirve para ocultar la identidad de quienes reciben coimas.

Justicia es una palabra bella; es la ilusión de Panamá. Si no corregimos el rumbo, terminaremos trabajando para los corruptos. He luchado toda mi vida por conseguir este sueño. Nunca me rendiré; seguiré con mi realidad. Temo que si esto no se endereza, las nuevas generaciones, los jóvenes que nunca han luchado por nada que valga la pena, crean que justicia es solo una palabra, o tal vez el nombre de un cuento. Una prostituta ciega que desapareció en los manglares, junto a los loros y al bosque.

La investigación que forzó a un magistrado a declararse culpable de corrupción hay que acreditársela a la sociedad civil, encabezada por el Colegio Nacional de Abogados, y a la actitud responsable de un grupo de diputados. Pero este triunfo no debe obnubilarnos. Si no atacamos la raíz del problema, terminaré esta historia de cómo la de una nación que fue capaz de robar, vender, traicionar, y matar con tal de tener un Ferrari… o dos penthouses.

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