UN AUTÉNTICO ESTADO DE DERECHO

El cambio que necesitamos: Adolfo E. Linares Franco

En el mundo de hoy, las palabras parecieran tener un significado diferente al que le da el diccionario de la lengua o la ciencia política. Hoy se hacen llamar patriotas a quienes ceden ante los intereses foráneos firmando acuerdos o tratados lesivos a los intereses nacionales, demócratas a quienes intentan acabar con la institucionalidad democrática y la libertad de expresión, honorables a quienes alegremente saltan de un partido a otro por prebendas presupuestarias y empresarios a quienes se han enriquecido en el ejercicio del poder o al amparo del mismo. Ser buen ciudadano es servir al gobierno de turno, independientemente de sus intentos por eternizarse en el poder, concentrar el mismo en una sola persona y utilizarlo como arma política contra sus detractores. En el mundo de hoy el interés, el rendimiento y el lucro se han convertido en la fuerza propulsora de toda actividad, tanto política como económica. Y como las circunstancias pueden alterar la velocidad de esa fuerza propulsora, el hombre de hoy ha terminado por condicionar su conducta a las circunstancias.

En nuestro medio no es frecuente encontrar personas que consideren la política un servicio desinteresado y patriótico que exige, de los que se dedican a ella, competencia, sacrificio y sobre todo honorabilidad y esto es una triste realidad nacional que se refleja fielmente en la clase política que nos ha venido gobernando en el período posinvasión, con la excepción del gobierno del presidente Guillermo Endara (1989-1994). Aunque los que pensemos diferente seamos más raros que cualquier especie en peligro de extinción, la política debe verse como un deber cívico y no como un negocio lucrativo. La democracia, ya lo sabemos, es el gobierno del pueblo. Pero no siendo posible en el Estado moderno la intervención directa de los ciudadanos en el gobierno, esto es, la democracia pura como sucedía en Atenas, el Gobierno tiene que estar constituido por los representantes legítimos del pueblo y como tales deben ser sus actuaciones.

Panamá clama a gritos un cambio. Pero no un cambio hueco prometido bajo el estupor de una campaña presidencial sino aquel que haga que el pueblo, quien al final es el que manda, exija de nuestros gobernantes la capacidad, el sacrifico y sobre todo la honorabilidad que se requiere para ejercer cualquier puesto público. Pero el cambio debe venir de nosotros y no de aquellos que nos gobiernan puesto que, de darse de parte de ellos, este será –lo más seguro– para su beneficio muy particular. Debemos promover el cambio para que en Panamá exista un auténtico estado de derecho. Donde todas las normas que integran el ordenamiento jurídico panameño respondan al principio de justicia y persigan la paz y la seguridad de todos. Apelemos, por consiguiente, al buen sentido nacional para que resolvamos nuestras diferencias en paz, con el auxilio de nuestras leyes y de nuestros propios sentimientos de equidad, porque no hay hombre ni partido político que en la balanza de la justicia eterna valga o pese lo que valen y pesan el honor y la existencia de la nación misma. Todo panameño debe esforzarse en rechazar cualquier intento de debilitar nuestra ya endeble democracia y exigir el fortalecimiento en Panamá de un auténtico estado de derecho, es decir un Estado regido por leyes y no por hombres. Tengamos siempre presente que el Estado regido por hombres conduce indefectiblemente al atropello del derecho y el atropello no puede fundar nada estable, porque hoy somos los atropelladores pero mañana podremos ser los atropellados. Nada más veamos lo sucedido en Túnez, Egipto y más recientemente en Libia.

No todo está perdido. Tenues y todavía confusos rayos de esperanzas parecen anunciar el nacimiento de una nueva aurora. Aunemos, por lo tanto, nuestros esfuerzos, a fin de que esos rayos lleguen a constituir la chispa que, con gran intensidad, habrá de iluminar el camino que nos lleve por los senderos de una verdadera democracia, una justicia imparcial y la equidad social. Pero para lograrlo es indispensable que cada uno de nosotros exprese su insatisfacción. Pecado mortal cometen aquellos que por oportunismo, indiferencia o cobardía guardan silencio cómplice, adoptan posturas complacientes o tienen la cínica osadía de defender lo que debe ser objeto de condenación por cuanto ellos son los que hacen posible que se peque contra la patria.

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