La capital de la cultura

Jorge Eduardo Ritter jritter@orbi.net Refundida entre los minuciosos relatos del Carnaval, y las siempre iguales y siempre cursis declaraciones de sus reinas, apareció una noticia que a primera vista me pareció como un relajo de los que abundan por esta época: Panamá festejaba su designación como Capital Americana de la Cultura. La sonrisa por la originalidad de la broma se me convirtió en mueca de estupor cuando me percaté del entusiasmo con que el Gobierno había recibido tamaño galardón, y hasta alcancé a recriminarme por haber interpretado con sorna esa inusual distinción para el país. Porque el asunto, lejos de ser una broma, revestía pompa y circunstancia: en el año 2003 –señala la nota periodística– Panamá será la capital americana de la cultura. Así como suena.

Me vinieron a la mente otros títulos, de lejos más merecidos, que le hubieran podido otorgar a nuestro país. Por razones obvias, “el reino de la corrupción” fue el primero que se me ocurrió. O, para hacerle honor al Carnaval, “el imperio de la vagancia”. Sentía, así no les guste a los chauvinistas criollos, que para ser la capital de la cultura nos faltaban muchas credenciales y nos sobraban algunos incidentes, de cuya existencia preferiría no acordarme.

Hace pocos años, Gabriel García Márquez tuvo que soportar con incredulidad y estoicismo que, a las 12:00 mediodía, le cerraran en sus narices las puertas de una de las pocas librerías que hay en Panamá “porque estaban en inventario”, cuando en París las abren a las 2:00 de las mañana o en Buenos Aires permanecen abiertas hasta el amanecer solo para que él pueda firmar ejemplares de sus libros. Apenas el año pasado a otro escritor colombiano, invitado a la Feria del Libro, lo humillaron de una manera tan insólita como perversa: le asignaron un custodio entre el aeropuerto y ATLAPA para que las autoridades pudieran cerciorarse de que ningún libro suyo habría de ensuciar nuestras calles ni envenenar a nuestra juventud. Y para rematar, de las 229 ferias que se celebraron el año pasado en el país, la del Libro fue la única que la presidenta se negó a inaugurar.

Me resultaba trabajoso explicarme cómo habíamos logrado remontar semejante prontuario cultural como para que a alguien se le hubiera ocurrido declarar a Panamá la capital de la cultura americana. Pero por difícil que me resultara entenderla a la luz de tan dudosos merecimientos, la contentura y el alborozo gubernamentales me indujeron a creer que todos debíamos ufanarnos y tremolar a los cuatro vientos los blasones del más acendrado nacionalismo.

Por si las moscas, antes de ondear desde mi ventana el tricolor nacional –quería manifestar así la emoción que me embargaba– indagué por la procedencia de la proclamación. Resultó que la que acaba de declararnos la capital de la cultura americana es una entidad que lleva por nombre su razón de ser y su misión en la vida: Organización Capital Americana de la Cultura. Confieso que de su existencia no tenía conocimiento: ignorancia de mi parte, porque ya lleva cuatro años repartiendo esa distinción, casi con la misma prodigalidad con la que el alcalde Juan Carlos Navarro obsequia las llaves de la ciudad. Pero fue suficiente para entender que mi emoción había sido exagerada, y que debía refrenar por el momento mi exaltado orgullo patriótico.

Que a Panamá se le declarara capital americana de la cultura por una institución que se llama precisamente Organización Capital Americana de la Cultura, y que en cuatro años la ha otorgado cinco veces –en 2003 Panamá compartirá honores con la ciudad brasileña Curitiba– no podía calificarse de “gran acontecimiento”, como ridículamente había señalado el comunicado oficial del Gobierno. La ufanía resultó efímera y engañosa.

Me imagino que en el exterior debe ser motivo de chacotas y carcajadas que el Gobierno nacional festeje como “gran acontecimiento” la inclusión de Panamá, junto con Mérida, Iquique y Maceio, en la lista de homenajeadas por la Organización Capital Americana de la Cultura. Por suerte, si allende nuestras fronteras se ríen, aquende ya estamos acostumbrados: unos días antes del Carnaval, el Organo Ejecutivo le otorgó la Orden de Vasco Núñez de Balboa a Celia Cruz, y la presidenta se la impuso con solemnidad tal, que ni siquiera la propia condecorada pudo contener la risa. La cantante, a pesar de ser poco ducha en estos menesteres –¿cuántos países le habrán otorgado la misma orden que se les impone a presidentes y embajadores?–, se puso a la altura (o bajura) de la ocasión y se apareció, como ordena el protocolo para estos casos, con una peluca rosada. Lo triste es que nuestro gobierno, tan amigo de la rumba y el jolgorio, creyó de verdad que al condecorar a Celia Cruz realizaba un aporte extraordinario a la cultura latinoamericana. Y de allí a celebrar como “gran acontecimiento” la designación de Panamá como capital americana de la cultura, solo quedaba un paso.

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