EL MALCONTENTO

De la caridad al respeto: Paco Gómez Nadal

Uno de los síntomas de la debilidad democrática se detecta en el tipo de relación que los estados establecen con sus ciudadanos. Primero, porque ya desde el momento que Estado y ciudadanía no se sienten equivalentes se establecen jerarquías, monopolios de las decisiones, cooptación de los discursos. Segundo, porque la relación es perversa y poco democrática si el Estado no entiende que debe “mandar obedeciendo” y respetando a cada ciudadano o ciudadana como si fuera único.

Esta relación viciada se da con muchos colectivos, especialmente con los vulnerables, con los minoritarios o con los “revoltosos”. Pero hay una parte de la sociedad especialmente afectada por este tipo de relaciones de subordinación respecto al Estado, son los adultos mayores. Panamá es un ejemplo terrible del trato humillante y caritativo del Estado hacia los adultos mayores y el “bendito” programa 100 a los 70, uno de los caballitos de batalla electoral, es el síntoma más lamentable que se puede imaginar.

Las personas adultas mayores tienen derecho a un envejecimiento digno, creativo, productivo (aunque no en plusvalías), enriquecedor. Para eso es necesario un sistema legal y administrativo que tenga en cuenta todas las etapas de la vida del ciudadano para que cuando se llegue a la vejez no haya que improvisar bonos de caridad para solventar las necesidades básicas de este colectivo.

Un sistema de seguridad social avanzado y eficiente, unas pensiones bien gestionadas, un tejido empresarial que cotice al sistema de manera regular y justa, una red de apoyo a las situaciones de dependencia en las que viven algunos adultos mayores... estos son algunos elementos de una política pública bien diseñada y pensada para que los ciudadanos de un país envejezcan con dignidad y con sus derechos reconocidos. Es más... un Estado democrático y avanzado aprovecha las capacidades de las personas adultas mayores quienes, además de poseer el imprescindible acervo de la memoria, son dueñas de una sabiduría y una experiencia de gran valor para nuestras sociedades.

Es más fácil 100 a los 70, claro. Y más populista. Y más clientelar, pero no es ni justo ni democrático ni viable a largo plazo. Tampoco mejora las condiciones reales de este colectivo, obligar a trabajar de forma muchas veces informal hasta altísimas edades para seguir aportando a las maltrechas economías familiares o para cuidar de los nietos, de esa familia extensiva que en Panamá, como en muchos lugares, siempre se articula alrededor de las abuelas o los abuelos.

Quiero hablar de este colectivo y de la grave vulneración de sus derechos por varias razones. La excusa es el V Congreso de la Federación Iberoamericana de Asociaciones de Personas Adultas Mayores, que hoy concluye en la ciudad de Panamá: un evento que me parece importante porque debería servir para que el Gobierno de Panamá reflexione sobre la ausencia total de políticas públicas respetuosas y que consideren al adulto mayor como un sujeto activo (en lugar de como objeto de caridad). Pero también porque siento que en países con una media de edad tan joven como Panamá tendemos a la amnesia, a la desmemoria y quizá es el momento de recurrir a los adultos mayores para que nos refresquen conceptos como “militarismo”, “dictadura”, “nepotismo” u “oligarquías”.

Las nuevas generaciones tenemos tendencia a sufrir el denominado como “complejo de Adán”, es decir: pensar que la historia de nuestros pueblos comienza con nosotros. En el país están ocurriendo demasiadas cosas. Los últimos 30 años han sido vertiginosos y peligrosamente cambiantes. Por ello, tendemos a olvidar y a desconectar los hechos, una práctica que muestra las acciones como sucesos aislados, cuando todo es parte de una dialéctica histórica compleja.

Hay que recuperar esa memoria, atesorada por los adultos mayores y por algunos que ya no están pero que consignaron la suya por escrito. Si no se hace, seremos pasto como sociedad de las mentiras históricas –como las que se multiplican sin fin durante las fiestas patrias–, de los chantajes políticos y de la pobreza intelectual.

Por eso, en realidad, garantizar la dignidad y el reconocimiento para nuestros adultos mayores es una política no negociable, una apuesta segura para construir sociedades en las que el diálogo intergeneracional en el presente ayude a construir un futuro mejor.

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