CLIENTELISMO POLÍTICO

La carrera hacia el fondo: Carlos Ernesto González Ramírez

Cuando se debatió la Constitución de Estados Unidos, un grupo de los constituyentes era contrario o receloso de establecer una democracia. Tenían miedo del autoritarismo del que habían salido de manos del monarca inglés. Pensaban que si una mayoría, representada por un hombre, podía disponer de la libertad o bienes de un ciudadano, era volver al autoritarismo.

Para aplacar su recelo, los constituyentes que defendían la democracia propusieron balancear los poderes del Ejecutivo y del Legislativo, de manera que hubiese formas de limitaciones del poder. Sin embargo, no incluyeron normas que estableciesen los derechos individuales como soberanos y no sujetos a violación por las mayorías. Esto hizo que algunos delegados se opusieran a la aprobación de la Constitución.

A la larga, el tiempo les dio la razón, y se reformó la Constitución para incluir los derechos individuales soberanos, de forma tal que el Estado no pudiese tomar medidas que afectaran estos derechos fundamentales de los seres humanos.

En Panamá, estos derechos se establecieron (parcialmente) en la Constitución de 1904. Luego, en las sucesivas reformas al marco constitucional, se han venido erosionando, a la vez que se han ido eliminando los balances de poder necesarios para no caer en autoritarismo.

Por esto, hoy es posible que un solo hombre decida sobre la libertad y los bienes de los asociados. O que sucedan cosas como la que vivimos con el régimen de cambio fiscal, en donde no hubo siquiera debate del tema y todo fue iniciativa de un personaje que no ha sido electo por nadie y que ha estado abusando constantemente de su poder.

La falta de estos límites incentiva la piñata regalona, mediante la cual se obtiene el beneplácito de mayorías, en detrimento de los derechos individuales. Así se desarrolla en grado extremo el clientelismo político, donde solo es posible triunfar en democracia si se entra en este juego. Es la fábula de tres lobos y un cordero votando para ver a quién se van a comer.

Hemos visto como los subsidios se han disparado a niveles insostenibles. Se subsidia el gas, la electricidad, el transporte, la educación, a los mayores de 70 años, a los pobres extremos, al agro, a la familia de los diputados, a los amigos del poder para que se hagan “by pass” gástrico y a cuanta persona que pueda representar una ganancia política. Es natural que un político se comporte de esta forma porque el sistema político así está diseñado.

Según la Constitución Política la Asamblea Nacional puede aprobar leyes sin límite de temas y ocurrencias. El Presidente puede usar los recursos públicos, legalmente, como le apetezca, una vez los incluya en el presupuesto. El presupuesto lo hace el Ejecutivo y con ello controla a los demás órganos e instituciones del Estado. Por eso, en esta carrera hacia el fondo, no está solo el gobierno. Los dos principales candidatos de oposición están en las mismas. Uno propone regular precios (propuesta demagógica completamente desenfocada de nuestra realidad económica), a lo que le suma una constituyente (supuestamente para resolver los problemas antes señalados, pero que nadie sabe qué puede salir de ella), todo lo cual va a parar la economía. El otro ha sentido que no puede quedarse atrás y ha salido con una subida de pensiones, lo que nos costará la friolera de $300 millones el primer año, sin saberse a cuánto irá ascendiendo progresivamente y de dónde se sacarán estos fondos.

A todo lo anterior, hay promesas interminables de infraestructuras sin sentido productivo, pero sí muchos costos. Allí están los aeropuertos sin aviones o las cintas a ninguna parte.

Por supuesto, alguien tiene que pagar la fiesta. Hay que buscar dónde podemos exprimir más. De allí la idea de la renta mundial. Si aquí parquea su plata medio mundo o ponen las holdings compañías internacionales, por qué no meterles un mordisco. Claro, esa lógica no se sustenta. La plata está aquí porque no le ponen impuestos. Si se los ponen, se van. Igual las holdings. Al final, lo único que esto iba a significar era un descalabro económico de marca mayor. El fin de nuestro modelo económico.

Para parar la locura que ha atacado a todos nuestros políticos, se requiere reformar el sistema de poderes de nuestra Constitución para limitar el poder del Estado. Para parar la carrera hacia el fondo.

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