EL MALCONTENTO

La ‘cementocracia’: Paco Gómez Nadal

Recuerdo cuando pisé por primera vez Panamá. Recorrí el país con la emoción de ver un lugar en el mundo (occidental) aún no destrozado por los piratas del cemento y el vidrio, de pisar playas en las que todavía quedaban pescadores y de recorrer kilómetros de costa con una densidad humana más que sostenible. Manglares, fauna viva, cierta soledad solo rota por los locales, que cumplían sus rituales vitales en cierta precariedad económica, pero con un paso calmo y un ánimo saludable.

Viví el inicio del boom de la construcción, me tocó explicar a algunos visitantes, en el camino entre Tocumen y la ciudad, que miraran detrás de los edificios, que no era vidrio todo lo que parecía relucir, que había gente “normal”, que habitaba a ras de tierra, que respiraba y sonreía, que amaba y dudaba, que sufría y resistía. Costaba traspasar ese muro de supuesto desarrollo. Poco a poco, al ir más allá, las playas, los cerros, se fueron llenando de setas de cemento.

Primero eran los jubilados rosados que buscaban el “mejor destino” del mundo, para vivir como en sus países de origen no se lo podían permitir. Después los venezolanos y colombianos de plata (esos a los que no se odia) que compraban apartamentos a pares y los dejaban vacíos en urbanizaciones fantasma de límpida piscina y golf rasurado. Finalmente, cuando regresé a Panamá unos años después, islas y costas estaban tomadas por extraños, los pescadores eran una especie en extinción y la gente normal, la que respira y sonríe, la que ama y duda, la que sufre y resiste, seguía viviendo en la precariedad, pero ahora sí con un ánimo de derrota íntima, arrinconados, viviendo en la segunda línea del paraíso porque la primera, la que siempre fue suya, fue usurpada.

Ahora, algunos de los que compraron apartamentos o casas en los fantasmagóricos “desarrollos” urbanísticos en primera línea de mar se asustan de las quiebras, de los fraudes, de las pésimas calidades con las que se levantó el paraíso panameño. No entiendo por qué. Todos los que se embarcaron el duodécimo piso de un PH, de supuesto lujo, vigilado por pobres vestidos de policías privados sabían a qué estaban jugando. Ahora, las grietas de la cementocracia comenzarán a abrirse bajo sus pies, porque cuando la especulación es tan burda la obsolescencia más que programada está garantizada.

No ocurrió este boom de la noche a la mañana. No. Varios gobiernos, muchos empresarios y decenas de irresponsables funcionarios mediaron en el tiempo. Fue con Martín Torrijos que “celebramos” el inestimable aporte del Banco Mundial para titular tierras de forma masiva, como paso previo a la desposesión de los nadie. No nos servía el derecho posesorio ni la propiedad consuetudinaria para el negocio que queríamos hacer. Primero llegaban los funcionarios del Programa Nacional de Administración de Tierras, días después, el abogado intermediario. Al final, el pescador o el campesino había vendido la tierra a cambio de papelitos que él juraba que eran infinitos y que terminaban escapándose de entre las manos en tabernas, casinos o prostíbulos… Familias rotas, familias hacinadas en la casa de aquel que no pudo, no supo o no quiso vender; familias desarraigadas porque cuando lo único que se tiene es la tierra vivir del aire se hace imposible. En su lugar, cemento. Edificios y conjuntos residenciales para quien los pudiera pagar. Para que el “milagro” panameño (con su PIB reluciente que no ha servido a las mayorías y su postal de cemento para fomentar el shopping y el tonting) fuera posible tuvieron que cerrar los ojos o participar, con descaro, funcionarios de la otrora Autoridad Nacional del Ambiente y de varios ministerios encargados, en teoría, por velar por la integridad del territorio y por el cumplimiento de las leyes. También participaron medios de comunicación (que engordaban su cuenta de resultados gracias a la publicidad inmobiliaria) y empresarios locales que fueron los cómplices necesarios de esa cantidad de especuladores y seudoconstructores de varias partes del planeta que llegaron al país en busca de El Dorado. Ya nadie se acuerda de la estafa especulativa con el edificio más alto de Latinoamérica que se iba construir en Avenida Balboa, ya nadie parece preocupado por el desastre ambiental en las costas del país o por la imposibilidad de que el archipiélago de Bocas del Toro asuma la densidad turística y residencial, sin infraestructuras básicas siquiera para la población local.

La cementocracia ha llegado a ser tan poderosa que se quedó hasta con el tercer juego de esclusas del Canal y las grietas, las grietas de las burbujas del capitalismo especulativo. También han encontrado su espacio en las relucientes paredes de la obra faraónica de la que ya nadie espera el maná prometido (al menos, se prometió para que los panameños cerraran los ojos y votaran sí en el referendo sin hacer muchas preguntas). La corrupción en Panamá no ha sido cosa solo de Martinelli & Cia. El sector privado especulativo, algún día, debería pasar por el banquillo.

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