BIOGRAFÍA

‘El cerrador’: I. Roberto Eisenmann, Jr.

Hemos tenido el privilegio de leer la biografía de Mariano Rivera titulada El cerrador, escrito por Mariano y Wayne Colby.

Para los que somos fanáticos del beis y –sobre todo– si en algún momento jugamos pelota, es difícil dejar de leer el libro, porque, además su lado humano, es interesantísimo, incluso para quienes nunca sintieron atracción por el juego.

En mi caso produjo especiales sentimientos, porque en mis años de secundaria jugué pelota y fui lanzador. Sé lo que se siente cuando se está en el montículo... el peso de la responsabilidad primaria. El orgullo que se siente cuando ponchas, abanicando, a un buen bateador; la presión de una cuenta 3 a 2, con hombres en base; el sentimiento de fracaso cuando sale el mánager a sustituirte porque perdiste el control; la gran satisfacción que se siente cuando se produce el último out, en un juego en el que tu equipo gana.

El beis, como todo, ha cambiado. En mis tiempos teníamos en el equipo lanzadores. Todos abríamos y todos lanzábamos hasta cansarnos y/o perder el control y la efectividad, medida por los batazos que te daban. No había tal cosa como un lanzador cerrador.

Mariano, un humilde muchacho de Puerto Caimito, dedicado –como su padre– a la pesca, con ilusión de ser futbolista, llega al beis casi por accidente. Él se inició como jardinero y siempre se sintió jardinero. Nuevamente, por accidente le piden que vaya a lanzar, cosa que nunca había hecho. Por esta razón, se inicia con una sola bola en su menú: la recta.

Enseguida se distingue por una sola cosa: su absoluto control de poner la bola, siempre donde se la pedía el receptor.

El buscador de talentos Herb Raybourne (de mi generación) se impresiona con el muchacho y logra firmarlo con los Yankees de Nueva York, por 2 mil dólares. Así comienza en las Ligas Menores de los Yankees y va escalando, poco a poco, hasta llegar a la carpa grande. Allí le sale de repente un día (también por accidente) un lanzamiento nuevo: su famoso cutter. Así toda su carrera la hace con solo dos lanzamientos: la recta y el cutter. Su más ponderosa arma: el control.

Sin duda su disciplina y control provienen de su familia (se casó con su novia de siempre en Puerto Caimito), por su preparación diaria y –sobre todo– por su superior fe religiosa. Siempre pensó que el señor lo puso allí y lo protegía siempre.

Describe Mariano sus derrotas y éxitos, sus vítores y abucheos. Lo difícil del trabajo era que casi todos los días estaba montado en un avión para ir a jugar en otro estadio, y lejos de su familia en fechas importantes para sus hijos; la grave lesión que sufrió, en una práctica de bateo en la que hacía de jardinero (posición en la que se sentía cómodo) lo apartó del juego por muchos meses; su trabajo para recuperarse; su tragedia familiar cuando dos de sus familiares mueren electrocutados en la piscina de su casa, en Puerto Caimito, y cómo, después del emotivo entierro, volvió a Nueva York y trabajó el juego, a pesar de estar destruido por dentro.

Finalmente, cómo decidió retirarse y las emocionantes despedidas que le hicieron en Nueva York y en otros estadios, como el Fenway, en Boston, la casa de sus eternos contrincantes.

Es una vida –primero de valores y luego de talentosísimo éxito– que debe ser ejemplo y orgullo para todos los que hemos tenido el privilegio de nacer en esta tierra... la misma que vio nacer a Mariano Rivera.

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